Chapter Text
"...Todos los días de mi edad esperaré, hasta que venga mi liberación. "
Job 14:14
Otra noche de insomnio.
La letra de A Forest se reproducía una y otra vez en mi cabeza, mezclándose con el zumbido del ventilador y el crujido ocasional de la madera.
Me levanté varias veces durante la noche y caminé por mi cuarto, dando vueltas sin rumbo. A veces me detenía frente a la ventana, otras frente al tocadiscos apagado, como si esperara que algo cambiara si lo miraba suficiente tiempo.
Abrí y cerré la ventana más veces de las que podía contar. El aire entraba frío y húmedo, moviendo apenas las cortinas, pero después de unos minutos el cuarto volvía a sentirse sofocante.
Me cambié la pijama tres veces. La tela terminaba pegándose a la piel de todas formas.
Afuera, los insectos seguían sonando sin descanso. El bosque tampoco dormía.
Terminé acostándome en el suelo al menos cinco veces, buscando el frío de la madera contra mi espalda.
El sol todavía no aparecía, pero yo ya estaba listo para ducharme y salir.
Mi cama se veía deshecha, hundida en el lado donde Will había estado. La sábana seguía marcada por tierra seca.
Intenté volver a acostarme por última vez.
La cama se sentía incómoda.
Justo antes de levantarme tuve la sensación de que quería tragarme. Como si el colchón siguiera hundiéndose debajo de mi cuerpo, poco a poco.
No podía soportarla
Me duché con agua fría.
Me caló hasta los huesos, dejó mis manos temblando, pero despejó mi mente. Durante unos minutos solo fui capaz de sentir el frío recorriéndome el cuerpo. Unas gotas se pegaron al espejo del baño y convirtió mi reflejo en una mancha borrosa.
Me puse una franela de cuadros azules, gastada por los años y el trabajo. Algunos hilos sobresalían de los puños. La tela todavía conservaba el calor del sol y olía apenas a detergente. También busque una chaqueta de mezclilla gastada.
Afuera aún no amanecía del todo. La casa estaba silenciosa, apenas interrumpida por el zumbido lejano del refrigerador y las tuberías crujiendo dentro de las paredes.
Estaba intentando acomodarme el cabello frente al espejo empañado cuando mamá pasó por el pasillo con la pijama puesta.
Se sorprendió al verme despierto.
-Chance, cariño, aún es muy temprano. ¿Por qué estás levantado?
-Quedé de verme con Will. ¿Puedo ir?
-Claro, cariño, pero no creo que Will esté despierto a esta hora.
-Él dijo temprano.
-¿Por qué no vuelves y te das una siesta? Te despertaré cuando esté listo el desayuno.
-No, mamá. Incluso si no veo a Will, necesito aire. Saldré a caminar.
Ella me miró preocupada. Sabía lo que estaba pensando.
-No me meteré al bosque.
Ella suspiró, pero su expresión se suavizó. La había convencido.
-Vuelve rápido. Y solo sigue el camino, Chance. Nada de atajos.
La vi regresar a su habitación arrastrando las pantuflas contra el suelo. Debí despertarla con la ducha.
Decidí irme antes de que cambiara de opinión. Mientras buscaba mis zapatos junto a la entrada, vi la tierra que había dejado regada por todo el suelo la noche anterior.
Tomé una escoba y barrí caminando hacia atrás, empujando la tierra hasta sacarla por la entrada principal. El polvo se levantó apenas un poco antes de volver a asentarse sobre los escalones húmedos del porche.
Dejé la escoba apoyada contra la pared.
El aire frío me golpeó la cara apenas puse un pie afuera. Sentí cómo me despejaba de inmediato, todavía cargaba el olor húmedo de la madrugada. El cielo seguía oscuro cuando empecé a correr. Troté antes de que mamá pudiera asomarse otra vez y detenerme.
Todavía no se escuchaban pájaros. El mundo parecía suspendido entre la noche y el amanecer, dejando solo el sonido constante de los insectos y las hojas moviéndose suavemente entre los árboles.
Mis pasos hacían crujir las hojas secas bajo mis pies mientras avanzaba por el camino. El aire frío me quemaba un poco los pulmones, pero no disminuí la velocidad.
Una luciérnaga pasó a mi lado. Me detuve para verla.
¿A Will le gustarían?
Caminé más lento para no asustarla. Me desvié un poco del camino para alcanzarla, apartando las ramas bajas con cuidado de no perderla de vista. Su luz aparecía y desaparecía entre la oscuridad como si estuviera respirando.
La encerré entre mis manos, con cuidado de no lastimarla. Miré entre mis dedos; ella seguía brillando, ahora posada sobre mi palma.
Todo a mi alrededor estaba oscuro. El bosque todavía seguía atrapado en la noche, húmedo y silencioso, pero aun así supe exactamente por dónde salir. La luciérnaga iluminaba tenuemente mi camino, apenas un pequeño destello amarillo entre tanta sombra.
No hacía mucha diferencia. Pero me reconfortaba.
Seguí caminando con más delicadeza para no espantarla. Mis pasos se volvieron más lentos, más suaves. Sabía que iba a tardar más en llegar, pero realmente quería enseñársela a Will.
Esperaba que siguiera brillando cuando lo encontrara.
El camino se hizo más ameno mientras me entretenía viéndola parpadear entre mis dedos. A veces su luz se apagaba por completo durante unos segundos y sentía una punzada absurda de decepción, hasta que volvía a encenderse otra vez.
Llegué al cementerio cuando el sol apenas comenzaba a asomarse detrás de los árboles. La neblina seguía pegada al césped y las tumbas parecían más altas bajo la luz grisácea de la madrugada. No sabía si era el primero en llegar, pero lo esperaría.
La puerta estaba cerrada, aunque sin candado. Tuve que abrirla con el hombro. El metal soltó un quejido oxidado que rompió el silencio por unos segundos.
No vi a nadie. Ya aparecería.
Caminé hasta la tumba de Will y me senté en el césped para esperarlo ahí. Apoyé la espalda contra la piedra fría. El rocío había humedecido la hierba y terminó empapándome un poco el pantalón.
No había muchas cosas que hacer sin él, así que me limité a observar nuestra luciérnaga.
Su luz se veía más débil ahora. El amanecer comenzaba a opacarla poco a poco.
Sentí unos dedos fríos sobre mi hombro. Me sobresalté y giré la cabeza para ver quién era.
Unos ojos de ciervo me observaban desde arriba. Él no había hecho ruido al llegar.
Tenía puesto mi suéter azul, pero le quedaba tan grande que uno de sus hombros quedaba completamente descubierto. Creo que llevaba otro short. Otra vez parecía tener las piernas desnudas. Esta vez sí tenía zapatos.
El viento movió un poco su cabello oscuro.
-Hola.
-Hola.
Se sentó conmigo, empujándome apenas hacia un lado y dejando parte de mi espalda sin apoyo. Estiró las piernas y puso una sobre las mías.
-No te traje flores, pero sí a ella.
Levanté mis manos frente a su rostro. La luciérnaga parpadeó dentro de mi palma y eso pareció atraer toda su atención.
Acercó su cara lentamente a mis dedos. Sus pestañas rozaron mi piel y me hicieron cosquillas.
-¿Para mí?
-Sí.
La dejé suavemente sobre sus dedos. Él no cerró las manos. La dejó moverse libremente, como si estuviera completamente seguro de que ella no escaparía.
La luz amarilla se arrastró lentamente por sus nudillos antes de detenerse en la curva de su dedo índice.
-Es la primera vez que alguien me regala luz. Gracias, Chance.
-Claro.
Lo miré mientras él la miraba a ella. El brillo de su pequeño cuerpo iluminaba el rostro de Will con calidez, haciéndolo ver más suave bajo la mañana gris.
Pronto dejaría de brillar, opacada por el sol.
-Vamos a mi casa.
Sus palabras me dejaron helado. Will quería que yo entrara a su casa.
Eso quería decir que confiaba en mi ¿No?
-Tengo que pedir permiso primero.
-Vamos y llama a tu casa después. Desayuna conmigo.
-Yo...bueno, está bien. ¿Me prestas tu teléfono?
Tomó mi mano, dejándome sentir su fría piel. La pequeña luciérnaga subía por su brazo, ahora apagada.
-Vamos, ellos aún deben estar dormidos.
Me pregunté si su casa estaba lejos de la mía. Si memorizaba la dirección podría visitarlo sin tener que ir hasta el cementerio como punto intermedio.
-¿Por el pueblo?
-Sabes que no.
Se levantó mientras reía y corría entre las tumbas.
El cementerio comenzaba a iluminarse poco a poco. El tono dorado del amanecer hacía brillar la hierba húmeda y las lápidas cubiertas de rocío. El aire todavía conservaba el frío de la madrugada, pero la luz comenzaba a calentar lentamente las piedras.
Por un momento, todo parecía sacado de una película vieja.
Will avanzaba entre las tumbas con facilidad, esquivándolas como si conociera el camino de memoria. El suéter azul le colgaba de los hombros y el viento lo inflaba un poco mientras corría.
Apoyó ambas manos sobre el muro de piedra que daba hacia el ya conocido bosque y saltó al otro lado de un solo impulso.
Por un momento me recordó a un conejo escapando hacia su madriguera.
Se volteó con un giro rápido sobre los talones y me señaló el bosque. El sol apenas comenzaba a atravesar los árboles detrás de él, rodeándolo de una luz suave que hacía difícil mirarlo directamente.
Intentando copiar su maniobra, salté el muro con bastante menos gracia, por supuesto.
La piedra me rozó los dedos y dejó una mancha roja sobre las yemas. Sentí el ardor apenas un segundo antes de ignorarlo.
Will ya se había adelantado varios pasos.
Tuve que apresurarme para seguir su ritmo mientras el cementerio quedaba atrás.
El camino tomó otro rumbo rápidamente. Los árboles comenzaron a verse distintos y ya no reconocía muchos de los senderos por los que cruzábamos.
El bosque se sentía más cerrado allí. Las ramas colgaban más bajo y apenas dejaban pasar la luz de la mañana. El aire olía húmedo, como hojas podridas y tierra recién removida.
No dijimos una sola palabra durante el trayecto, pero eso no evitó que Will me empujara con el hombro cada vez que me quedaba atrás.
Estaba demasiado distraído intentando construir un poema sobre el sol y la luciérnaga.
A Will no parecía gustarle que mi atención no estuviera en él.
Cada vez que me perdía demasiado en mis pensamientos, chocaba contra mí apenas lo suficiente para traerme de vuelta.
Tuvimos que cruzar una carretera.
Estaba completamente desierta, sin un solo coche pasando por ella. Los árboles del otro lado se tocaban con los del nuestro, formando un arco natural sobre el asfalto y dejando la carretera cubierta de hojas húmedas.
El pavimento se veía viejo, agrietado y despintado. Algunas raíces incluso comenzaban a levantarlo por debajo. Parecía que Hawkins había dejado de preocuparse por ese lugar hacía años.
Sin mirar hacia los lados, Will cruzó la carretera y quedó esperándome al otro extremo.
Se quedó inmóvil, observándome sin expresión, como si esperara que yo entendiera algo sin necesidad de explicarlo.
Sin tener idea de qué quería, miré a ambos lados y crucé rápidamente para alcanzarlo.
Las hojas sobre nuestras cabezas dejaban manchas de luz verde sobre mi cuerpo. Era como caminar debajo de un vitral.
Cuando terminé de cruzar y me puse a su lado esperando alguna reacción, él simplemente tomó mi mano sin cambiar la expresión del rostro.
No entendía qué estaba pasando.
-Estamos cerca del laboratorio de Hawkins -dijo finalmente-. Desde ahora no camines sin mí.
Su tono había cambiado apenas un poco. Seguía sonando tranquilo, pero ahora había algo más debajo.
Eso llamó mi atención.
No sabía que Hawkins tenía un laboratorio.
¿Qué hacían allí? ¿Nuevos pesticidas, quizás?
La idea de que la actitud de Will hubiera cambiado solo por estar cerca del laboratorio hizo que las preguntas comenzaran a acumularse en mi cabeza.
Tal vez él pudiera responderlas.
-Estamos por llegar.
-¿Me presentarás a tus padres?
-No.
Su respuesta me tranquilizó y me decepcionó en partes iguales.
Debí aprovechar la oportunidad de hablar con la señora Joyce en la tienda. Aunque en ese entonces no sabía que era la mamá de Will.
Él notó cómo mi expresión se descomponía. O tal vez solo vio la decepción en mis ojos.
Y por primera vez desde que lo conocía, se justificó conmigo.
-No se supone que salga a esta hora.
Con eso cerró la conversación, pero logró que el ambiente se suavizara un poco.
No tenía idea de que Will era un rebelde. Sus padres probablemente pensaban que seguía dormido en su habitación. Era lógico que no pudiera presentarme.
-Para otra ocasión entonces. Puede ser el domingo en misa. Mis padres también podrían conocerlos.
Will siguió caminando unos pasos antes de responder.
-Mamá ya no es creyente.
Las palabras se quedaron suspendidas entre nosotros.
Más dudas comenzaron a aparecer en mi cabeza. Dejar de creer parecía algo inaudito. Dios era nuestro salvador, señor y dador de vida. Renunciar a él se sentía casi imposible. Blasfemo.
El bosque seguía moviéndose suavemente alrededor nuestro. Las hojas crujían bajo nuestros pies mientras avanzábamos entre los árboles.
Después me pregunté qué había hecho perder a la señora Joyce su fe. Tuvo que haber estado muy vulnerable en ese momento.
-Lo entiendo. ¿Y tú?
Will tardó unos segundos en responder.
-Necesitaba alguien a quien culpar.
Eso sonaba peor que no creer.
El viento movió las ramas sobre nuestras cabezas y dejó manchas de sombra atravesándonos la cara.
-¿A qué te refieres?
-Nada, Chance. Olvídalo.
Giró apenas la cabeza para mirarme y sonrió suavemente, como si estuviera viendo a un animal herido o a un bebé llorando.
-Llegamos.
Estaba tan metido en nuestra conversación que no vi la casa frente a nosotros hasta que Will se detuvo.
La casa estaba escondida entre los árboles, casi tragada por ellos. Las ramas colgaban sobre el techo y algunas hojas secas se habían acumulado en las esquinas del porche.
El porche se inclinaba apenas hacia un lado y la pintura gris se levantaba alrededor de las ventanas por culpa de la humedad. Tenía un solo piso y el techo parecía demasiado bajo.
Había macetas vacías junto a la entrada y una silla de jardín oxidada cubierta de hojas secas. Las cortinas blancas de encaje se movían lentamente detrás de una ventana abierta, dejando escapar una luz amarilla y cálida.
La habitación de Will.
Una bicicleta destartalada descansaba junto a un tendedero de ropa. La ropa estaba tendida, aún escurriendo agua limpia empapando la tierra debajo de ella. El viento traía un aroma floral, detergente reciente. Se notaba que se utilizaba con frecuencia.
No podía decir lo mismo de la bicicleta.
Parecía abandonada desde hacía años, hundida en la hierba alta que le crecía alrededor como si quisiera tragársela.
Will vivía en esta casa.
Will no vivía en el hueco de un árbol en medio del bosque. Ni en la boca de un río. Tampoco dentro de la iglesia, al lado de los santos.
Su casa se sentía viva y amada incluso en medio de la decadencia.
Alguien abría esa puerta todas las mañanas. Alguien barría el porche. Alguien seguía preocupándose por las cortinas, por el ropa, por mantener la casa en pie aunque se estuviera cayendo lentamente alrededor suyo.
La pintura se desprendía a pedazos y aun así alguien seguía abriendo las ventanas para dejar entrar el aire.
Él ignoró la puerta y se dirigió directamente hacia la ventana abierta.
Subió primero el pie derecho y luego el izquierdo. Se notaba que tenía práctica; sus manos no temblaron ni un poco mientras se impulsaba hacia dentro.
Ya del otro lado, envuelto entre las cortinas blancas que se movían con el viento, me ofreció la mano.
No sabía si realmente era necesario, pero aun así la tomé. Eso terminó entorpeciendo un poco mi entrada, aunque no lo solté.
Las cortinas se cerraron un poco alrededor de nosotros apenas entré. El aire caliente de la habitación olía a polvo, madera y algo dulce que no lograba identificar.
Nos quedamos quietos detrás de la tela moviéndose lentamente. Desde allí la casa parecía lejana, como si solo existiera el pequeño espacio entre la ventana y nosotros.
Solo observamos el exterior en silencio.
Will apoyó la cabeza contra mi pecho y pasó los brazos alrededor de mi cintura, acercándome cada vez más hacia él.
Podía sentir el calor de su respiración atravesando la tela de mi camisa.
No sabía dónde terminaba él y empezaba yo.
La imagen de mamá preocupada apareció de golpe en mi cabeza y volvió a encender mis neuronas.
No podía dejarla esperando sin saber dónde estaba. Tenía que llamarla.
-¿Puedo usar tu teléfono ahora?
-En la sala.
Aunque respondió, no me soltó.
Parecía que mamá tendría que esperar unos minutos más. Hasta que Will se sintiera seguro de separarse de mí.
Eso ocurrió unos cinco minutos después.
Will aspiró suavemente mi camisa, como intentando memorizar el olor, y luego simplemente me soltó.
Él salió primero, sin darme tiempo de observar realmente su habitación.
Lo único que alcancé a procesar fueron las paredes de madera sin pintura y el olor cálido del cuarto atrapado entre las cortinas y el aire de la mañana.
Su casa era pequeña y desordenada.
Todo allí me hacía pensar en Will.
Caótico.
Para llegar a la sala solo hacía falta salir de la habitación. Las divisiones de la casa parecían demasiado estrechas, como si todo hubiera sido construido para mantenerse junto.
Había un televisor apagado con las antenas torcidas apuntando en direcciones distintas. Frente a él descansaba un sofá viejo, parchado con tela de otro color en varias partes. Algunas costuras estaban abiertas y dejaban salir el relleno.
La pared parecía tener una capa relativamente nueva de pintura, pero aun así seguían notándose pequeños parches por todas partes. Me recordaban a arrancar un póster de la pared y dejar la marca detrás.
La casa entera parecía reparada demasiadas veces.
El teléfono robó mi atención.
Marqué el número de mi casa con la esperanza de que mamá respondiera.
-Residencia Romanillos. ¿Quién habla?
Dios no se apiadó de mí. Mi padre había contestado.
Enderecé la espalda automáticamente antes de responder.
-Buenos días, padre. Soy Chance. Estoy en la casa de un amigo y llamé para avisarles. No quería preocuparlos.
Del otro lado solo escuché su respiración unos segundos.
-En casa de un amigo tan temprano. Eso no es apropiado.
Miré de reojo la sala de los Byers mientras hablaba. El ruido de una tubería sonó en alguna parte de la casa y Will caminó descalzo hacia la cocina sin prestarle atención a nuestra conversación.
-Su familia está en el trabajo y él se sentía solo. Lo lamento.
-Bien, siempre y cuando no andes incomodando a la gente. Le avisaré a tu madre.
-Sí, señor. Gracias.
Me colgó sin despedirse.
Tampoco me dejó despedirme.
Mi padre siempre tenía la necesidad de ahorrar tiempo, incluso en conversaciones de menos de un minuto.
Ni siquiera se dio cuenta de que yo no tenía idea de dónde estaba la familia de Will.
-Tengo permiso.
Entré a la cocina siguiendo el sonido de las sartenes y el golpeteo suave de una cuchara contra una olla.
Will estaba de espaldas frente a la estufa, revolviendo una sopa. La luz amarilla de la cocina le daba un tono cálido al cabello oscuro y hacía que el vapor pareciera envolverlo lentamente.
Yo no comía sopa al desayuno.
No lo cuestioné.
-Hago sopa -dijo sin girarse.
-Ya vi.
Me acerqué y lo abracé por detrás.
El olor que desprendía la cocina se sentía familiar. Caldo caliente, verduras hervidas y algo suave que me recordó inmediatamente a mi mamá cocinando.
Will apoyó apenas el peso de su cuerpo contra mí mientras seguía revolviendo la olla.
-Cocinas rápido.
-La hice ayer y la congelé.
La sopa hirviendo hacía su sonido constante y espeso, burbujeando contra los bordes metálicos de la olla y desprendiendo un humo cálido que nos golpeaba directo en la cara. Tuve que entrecerrar los ojos.
La ventana sobre el fregadero estaba empañada por el vapor.
-Busca los platos. En la alacena de la izquierda.
Me separé de él para hacer lo que me pidió. El piso crujió debajo de mis pasos mientras abría la alacena.
Dentro encontré una vajilla dispareja. Algunas piezas tenían dibujos infantiles descoloridos y parecían olvidadas al fondo desde hacía años. Las más nuevas, si podían llamarse así, eran blancas marfil. O tal vez amarillo claro. No veía mucha diferencia.
Saqué dos platos y los puse sobre la mesa pequeña de la cocina. La madera estaba marcada por vasos calientes y pequeños rayones.
Intenté encontrar los cubiertos después. Abrí varios cajones sin éxito, encontrando ligas, pilas sueltas y un abrelatas oxidado antes que cucharas.
Hasta que Will apareció detrás de mí, tocó suavemente mi hombro y luego dejó los cubiertos en mi mano derecha.
No había pañuelos donde apoyar las cucharas, así que las dejé directamente sobre la mesa.
Will llevó la olla hasta el centro de la mesa y, antes de que pudiera servirme, lo hizo él mismo.
El caldo cayó lentamente dentro del plato, soltando más vapor entre nosotros.
No me miró mientras servía. Parecía completamente concentrado en no derramar nada fuera del borde. La punta de su lengua apareció apenas entre sus labios cada vez que inclinaba demasiado la olla.
Después llenó su propio plato y tomó la cuchara.
Antes de que empezara a comer, le tendí la mano sobre la mesa.
No quería orar solo.
Will levantó la vista hacia mí.
Por un segundo pensé que iba a negarse.
Pero simplemente dejó la cuchara a un lado, tomó mis manos entre las suyas y cerró los ojos. Su piel seguía fría incluso dentro de la cocina caliente.
El ruido de la sopa hirviendo todavía llenaba el silencio detrás de nosotros.
-Le doy gracias a Dios porque te mudaste.
Su voz sonó tranquila, casi adormilada.
Abrí los ojos apenas un momento para mirarlo. Él seguía con la cabeza inclinada y las pestañas descansando contra sus mejillas.
-Entonces le doy gracias a Dios porque eres mi primer amigo.
Después de eso comimos en silencio.
La cuchara golpeaba suavemente los platos y el vapor seguía empañando la ventana de la cocina. Afuera, el sol terminaba de despertar el bosque.
La comida era cálida y suave. Sentir la sopa caliente bajar por mi garganta resultaba extrañamente reconfortante, como si me aflojara algo por dentro.
Comería sopa al desayuno todos los días si siempre me dejara una sensación tan calmada.
Al terminar, miré su plato vacío y me levanté rápido para lavarlo. Apilé el suyo sobre el mío y caminé hasta la cocina.
El olor a sopa seguía suspendido en el aire, denso, como si se hubiera quedado pegado a las paredes. Desde la ventana empañada, pequeñas gotas resbalaban lentamente.
Me disponía a lavar los platos cuando sentí el peso de Will sobre mi espalda. No dijo nada. Solo se acercó lo suficiente como para que su brazo cruzara por encima de mi hombro y apoyara el dedo índice sobre el vidrio caliente. Lo deslizó con calma, trazando palabras.
Mi nombre.
Su letra era bonita, cursiva y unida, como si no necesitara levantar el dedo para pensar.
Luego dibujó una carita feliz. Pero la expresión duró poco: el calor la fue deshaciendo, y el dibujo empezó a deslizarse en gotas torpes, como si también estuviera llorando.
Para no seguir desperdiciando agua, me concentré en lavar los platos y dejé que Will jugara a mi alrededor. La sopa ya había desaparecido, pero su olor seguía ahí, insistente, como si se hubiera quedado atrapado en los platos. Tuve que pasar el jabón dos veces más.
Mi camisa se mojó un poco en el abdomen. El agua estaba fría y, contra mi piel todavía tibia, se sintió como un golpe helado.
Will se separó y tomó mi mano húmeda para llevarme hasta la sala. Nos sentamos juntos en el suelo. Sin decir nada, se acercó al televisor y lo encendió. Sabía que a esa hora no habría nada interesante, así que solo serviría como ruido de fondo, como una presencia más en la casa.
The Golden Girls estaba a la mitad de un capítulo. Nunca había visto el programa, pero a mamá le parecía divertido y a veces lo ponían por las mañanas en Austin, como si la casa despertara con esas voces ajenas.
En Hawkins aún no habíamos logrado instalar bien el televisor; primero teníamos que comprar el cable. Mamá decía que por ahora la radio era suficiente, que solo necesitaba algo para llenar el silencio.
-Entonces, ¿dónde está tu mamá?
-Tiene turno doble. Volverá en la tarde.
Parecía acostumbrado a estar solo. Yo me quedé en silencio un momento, con una tristeza suave. Mi mamá siempre estaba conmigo; no tenía la necesidad de trabajar.
-¿Y tu padre?
-No aquí, gracias a Dios.
Lo dijo sin dramatismo, pero algo en su expresión cambió. Una especie de alivio mezclado con memoria, como si ese "no aquí" significara más de una cosa a la vez.
Me quedé mirándolo un instante más de lo necesario.
Si a Will le faltaba una figura paterna, tendría más sentido su comportamiento. Si mi padre viera cómo me comportaba cuando estaba con él, seguro no volvería a salir de la iglesia.
La estática llenó el televisor frente a nosotros e interrumpió mis pensamientos. La imagen parpadeó, se desarmó por momentos entre sombras y luz. Se apagaba y volvía a encenderse sin ritmo, como si no pudiera mantenerse estable.
El sonido eléctrico llenó la sala. No era silencio, pero tampoco era algo claro. Solo ruido de fondo, constante.
Ya no había luz.
-Vamos a la cantera algún día.
Se levantó para apagar el televisor, por si la electricidad volvía mientras no estábamos. Lo hizo sin decir nada, como si fuera parte de una rutina.
Will no podía quedarse quieto mucho tiempo. La única vez que lo había visto tranquilo fue en mi habitación, el día anterior.
Cruzó la sala hacia la cocina rápido. Abrió la alacena poniéndose de puntitas y buscó entre los paquetes arrinconados. Metió la mano dentro hasta el antebrazo, sin dudar.
Sacó unas galletas de mantequilla, de las baratas, las que se pegan al paladar y se deshacen antes de tragarlas.
Olían a azúcar y cartón viejo. El papel transparente hacia un ruido parecido al del televisor momentos antes.
-¿Dijiste cantera?
-Esta cerca de la casa.
Se llevo las galletas en el empaque completo. No sé puso los zapatos y se dirigió hasta la puerta de su habitación.
Me levanté y corrí hasta él. Por fin podía ver su cuarto.
La habitación de Will no parecía organizada, pero tampoco abandonada.
Era algo intermedio, como si el tiempo hubiera decidido quedarse un rato allí sin terminar de irse.
La luz entraba por la ventana abierta. Las cortinas blancas de encaje se movían lentamente, inflándose apenas con el viento antes de volver a caer, como si respiraran.
Afuera, los árboles se inclinaban demasiado cerca de la casa, como si quisieran escuchar lo que pasaba adentro.
El aire olía a madera húmeda y jabón suave. No era un perfume; era más bien la clase de olor que dejan las cosas que han estado mucho tiempo en el mismo lugar.
La cama estaba deshecha, pero no en desorden. Más bien parecía que alguien había estado ahí recientemente.
Las sábanas eran claras, ligeramente gastadas en las esquinas, con un bordado amarillo en la punta. Eran flores.
Había ropa sobre una silla vieja, doblada a medias, como si alguien hubiera empezado a ordenar y se hubiera distraído.
La madera del suelo crujía incluso cuando nadie se movía.
En una esquina, cerca de la ventana, había objetos pequeños que no parecían tener un orden claro, pero tampoco caos.
Todo estaba "colocado" de una manera que solo tenía sentido si uno era Will. Había lápices, hojas dispersas y flores secas.
Varios frascos de cristal, pequeños y delicados, completamente cerrados. Incluso vi cera de vela derretida sobre la mesa.
Me acerqué un poco más sin pensarlo.
Parecían tener hierbas flotando en agua o alcohol. Algunos estaban secos y otros estaban llenos de papel. Pero todos estaban sellados.
Me pregunté para qué eran.
Will se movía por la habitación sin prisa, pero sin pausa. Abrió su antiguo armario y sacó un frasco transparente con tapa roja; era de mermelada. Lo tiró sin cuidado sobre su cama, desordenándola aún más.
Me di la vuelta para ver su pared. Era de madera oscura, pero eso no la salvaba de los parches, como la sala. Había marcas leves, casi imperceptibles, donde antes hubo cosas colgadas. Fotos quizás, o dibujos. No quedaba claro.
Lo único que quedaba en la pared era un crucifijo, justo arriba de su cama. Plateado y pequeño.
Will se detuvo un momento junto a la cama.
No estaba mirando nada en particular.
Pero tampoco parecía distraído.
Era esa clase de quietud que no es descanso, sino escucha.
Como si algo, en algún lugar, lo estuviera llamando.
Escuché el ruido sordo de un coche en la puerta principal.
Entonces giró un poco la cabeza hacia mí.
-Jonathan.
Salió apurado, cerrando la puerta en mi cara. No me dio oportunidad de preguntar quién era.
Ahora, solo en su habitación, me di cuenta de lo surreal de la situación. Estaba escondido en el cuarto de un chico que había conocido ayer.
Sentía que había pasado mucho más tiempo.
Logré identificar la voz de Will detrás de la puerta.
Hablaba con alguien más. Otro hombre, pero con una voz aún más suave que la de Will; si no estuviera a unos pasos de mí, no podría haberlo escuchado. Sonaba demasiado joven como para ser su padre. Además, Will dijo que su padre no estaba aquí.
Unos pasos se alejaron y luego el golpe de una puerta cerrándose me sobresaltó. Me asomé por la ventana para ver cómo un coche verde se alejaba. El hombre al volante había roto nuestra normalidad y ahora se iba sin mirar atrás.
Will volvió a entrar y me arrastró hacia su cama. Se tiró de un salto y me jaló para que me sentara en el centro con él.
Tomando el frasco, le dio unas cuantas vueltas en su mano, evaluándolo. Sacó un destornillador de debajo del suéter y lo clavó agresivamente en la tapa del frasco, varias veces. Fue muy silencioso.
Antes de que tuviera tiempo para asustarme, hizo algo que me descolocó aún más.
Se subió sobre mis piernas. Las envolvió alrededor de mi torso y escondió su rostro en el hueco de mi cuello. Sentí su respiración contra mi hombro; estaba calmado.
Se echó el cabello hacia el frente y, con la voz ahogada contra mi hombro, susurró:
-Ayúdame a sacarla.
La luciérnaga, que creía que había volado lejos de nosotros hace horas, estaba caminando por todo su cabello, enredándose.
Intenté soltarla. Tuve que pasar los dedos por el pelo lacio de Will, haciendo nudos más grandes sin querer.
Sentí que cada segundo se estiraba como un hilo delgado, tirando de mi pecho hacia un abismo. Cada vez que mis dedos tocaban su cabello, era como si me hundiera un poco más en mi pecado. El peso de la culpa se mezclaba con la suavidad del momento, y sentía que si él se alejaba, yo me desvanecería sin él.
El peso de Will era lo único que evitaba mi caída al infierno.
Después de minutos de rebuscar, pude atraparla.
Él se separó un poco de mí, solo para tomarla y meterla en el frasco.
-Me quedare con ella. Después la disecaré. Será mía para siempre
Puso el frasco junto a su almohada.
Lo miró fijamente, como siempre me miraba a mí.
No se separó. Al contrario, pasó los antebrazos alrededor de mi cuello y apoyó el peso de su cuerpo contra mí, frotando su cabello bajo mi barbilla, como un gesto tranquilo, casi animal.
La habitación quedó en silencio otra vez. El vidrio del frasco reflejaba una luz débil, temblorosa, como si la luciérnaga aún no hubiera entendido que ya no era libre.
-¿Y ahora... qué quieres hacer? -preguntó, sin moverse.
