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Actually Romantic

Summary:

“Solo contéstame algo, ¿qué te hizo pensar que decir algo como eso estaría bien?” pregunta Juan, viéndose algo desesperado.

“No creí que se fueran a enterar…”

“Se lo gritaste a todo el maldito mundo, ¿cómo es que nadie se iba a enterar?”

 

Un video de Roier insultando a su futuro compañero de equipo se hace viral en internet.

Las consecuencias resultan más interesantes de lo esperado.

.

 

El AU Spiderpanda inspirado en la F1 y “Actually Romantic” que nadie pidió.

Notes:

Desde que nació el Spiderpanda no he podido parar de pensar que la canción “Actually Romantic” de Taylor les queda como anillo al dedo, pero no terminaba de encontrar una situación que me gustara para usarla. Luego vi a Kimi revivir este deporte en decadencia (broma), a Max conquistando el infierno verde (ellos realmente se merecían esa victoria) y la idea me llegó de repente, así que… bueno, aquí lo tienen.

No creo que haga falta aclararlo, pero me gusta hacerlo siempre de cualquier forma por si alguien lo olvida: todo el tiempo hablo de los cubitos, no de los streamers que los interpretan. Omito el “q!” al principio de los nombres por estética.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Like a toy chihuahua barking (at me) from a tiny purse

Chapter Text

 


 

A diferencia de lo que muchos pensaban, Roier no era un idiota. Sabía perfectamente cuando hacía cosas malas, e incluso era capaz de aceptarlo.

Y esta vez sí que la había cagado en grande.

 

La única diferencia de todas las veces anteriores, es que no se arrepentía para nada de lo sucedido. 

 

—Solo contéstame algo, ¿qué te hizo pensar que decir algo como eso estaría bien?— pregunta Juan, su jefe de relaciones públicas, viéndose algo desesperado.

El chico es demasiado amable para lo que Roier se merece, honestamente. Sabe que alguien más no habría buscado explicaciones, sino consecuencias.

—No creí que se fueran a enterar...

—Se lo gritaste a todo el maldito mundo, ¿cómo es que nadie se iba a enterar?

Para ser justos, Roier se lo había dicho (gritado) a un grupo de chicos que estaba debajo del yate, no a la fiesta entera. Si el resto había escuchado era culpa de la distancia entre el puerto y el barandal.

Y probablemente también de la cámara con la que lo estaban apuntando.

Roier debió saber que ese video no iba a quedarse solamente en los teléfonos de esos chicos, era ridículamente divertido como para no mostrarlo al mundo.

—Escucha, estaba borracho, ¿si?— responde, ligeramente hastiado y brutalmente honesto, tomando su cabeza con ambas manos, como si todavía pudiera sentir las consecuencias de la resaca que le provocó esa fiesta—. Ni siquiera recordaba que me estaban grabando.

Juan lo mira un momento, como decidiendo si creerle o no. 

—Lo prometo— agrega Roier, porque es verdad.

Nadie quiere que lo graben borracho y diciendo estupideces que pueden afectar su imagen pública. Sobre todo Roier, el próximo piloto titular de Ferrari.

Juan, con todo su gran corazón, suspira, acomodando sus gruesos lentes sobre el puente de su nariz, y le mira con esa cara de resignación que le da siempre que Roier hace algo mal. Esa que dice "te quiero demasiado, ¿por qué me haces esto?"

A pesar de todo, Roier siente un pequeño nudo de culpa en el estomago. No por lo que dijo en ese video, sino por el trabajo extra que le está provocando a Juan.

Le comprará una semana entera en alguna cabaña en Suiza con masajistas disponibles 24/ 7 para él estas próximas vacaciones de invierno, lo promete. El hombre parece estar a un escándalo mediático más de arrancarse todo su revuelto cabello castaño, y gran parte de ellos han sido por culpa de Roier. Ni siquiera la salida de Vegetta del equipo lo tuvo tan estresado como esto.

Roier debería comenzar a comportarse. 

Debería.

—Está bien, te creo— dice Juan, dándose por vencido.

Roier casi sonríe.

—Pero eso no te exime de la culpa— advierte inmediatamente después, levantando el dedo índice en su dirección, interrumpiendo lo que sea que Roier estaba pensando decir o hacer—. No estuvo bien lo que hiciste y lo sabes.

—¡Es solo un video!— chilla Roier, cansado de escuchar las mismas palabras una y otra vez, desvaneciéndose sobre la silla con dramatismo.

—¡Llamaste cucaracha a tu futuro compañero de equipo!— le recuerda Juan, volviendo a verse sobrepasado por la situación—. ¡No puedes decirme que es solo un video! 

 

De hecho, lo había llamado "maldita cucaracha", y Roier aún cree que fue bastante acertado. Si hubiera estado sobrio, habría armado un juego de palabras mucho mejor, está seguro, pero el alcohol hacía su cerebro lento y algo caprichoso, por lo que eso fue lo único que pudo decir antes de volver a empinarse la botella que Quackity le estaba ofreciendo.

Si hubiera estado sobrio, probablemente la gran prosa de insultos se habría quedado en su cabeza, siendo honestos, como todas las veces anteriores, pero Roier es un hombre algo melancólico y teatral.

—Lo dices como si esto fuera todo mi culpa— gruñe después por lo bajo, cruzándose de brazos, todavía medio derretido en el asiento.

Juan está incrédulo.

—¿Y de quién más sería? Hasta donde yo sé, nadie te amenazó para decir esas palabras, salieron muy voluntarias de tu dulce boca— dice con sarcasmo—. Y si no fue así, dime los nombres de los culpables para ir a pelear con ellos en vez de perder el tiempo encerrado aquí contigo.

 

Pensándolo bien, Roier ya está bastante harto de toda esta situación. Probablemente más que Juan, quien solo ha vivido esta absurda guerra desde los laterales. Y definitivamente mucho más que todos los que lo culpan ahora.

Nadie ve que Roier no es el villano de esta historia, sino una víctima de su propia narrativa.

Si fuera más sensato, habría cerrado la boca en ese momento y se disculparía con Juan por ser un verdadero grano en el trasero, pero los sentimientos siempre van a vencer a la razón cuando han sido contenidos por mucho tiempo.

Después sabría que si, definitivamente debió cerrar la boca, pero ya era demasiado tarde.

 

Al carajo la cordialidad.

 

—Pues sí, si estás perdiendo tu tiempo conmigo— sonríe, aunque no hay verdadera felicidad en su rostro, solo una cruel insatisfacción—. Porque adivina qué, el verdadero culpable está allá afuera viviendo su mejor vida mientras tú y yo nos perdemos el desayuno en esta estúpida sala sin aire acondicionado.

Lo peor de todo esto no fue que lo levantaron a las siete de la mañana un jueves de semana de carrera, sino que Juan lo había encerrado en esta pequeña sala de juntas a la que el sol (todavía de verano) le daba de frente y sin protección, misma que llevaba sin aire acondicionado desde la temporada pasada. Sumado a ello, Roier se había ido a dormir sin cenar el día anterior, por lo que esperaba comer algo nada más levantarse.

 

¡Oh sorpresa! De nuevo nada salió como quería. Eran las nueve de la mañana y él seguía con el estómago vacío, además de una incómoda sensación de calor bajo su ropa.

Si lo hubieran esperado dos horas más y le hubieran recibido con, al menos, las terribles galletas de avena que Juan siempre insiste en que coma, las cosas habrían sido muy diferentes. Pero no, Ferrari lo odia lo suficiente todavía para hacerle pasar por esto. 

Tal vez está dejando que todas sus frustraciones se derramen sobre algo que no tiene relación alguna, pero Roier en serio tiene calor y mucha hambre.

Ningún hombre, paciente o no, es capaz de pensar bajo estas condiciones. 

—¿De qué me estás hablando?— pregunta Juan luego de unos segundos de silencio, en los que se cuestiona si es momento de llevar a terapia a su piloto estrella, quien parece haber perdido la razón.

Roier, por su parte, agradecería muchísimo esa visita con el psicólogo. Al menos así tendría a alguien que lo escuche de verdad.

—¿De qué te estoy hablando?— repite, temblando ligeramente, como un mapache rabioso. Sería bastante cómico si esto no lo estuviera afectando de verdad—. ¡De él, Juan, de él! 

—¿De quién?— tiene la audacia de preguntar, y Roier cree que va a sufrir una combustión interna.

—¿De quién más, Juan?— Roier se lleva las manos al cabello—. ¡De Ewron!

De la persona que le ha hecho la vida imposible por años. Del responsable que ahora mismo esté aquí sufriendo encerrado con Juan. 

De esa maldita cucaracha a la que debe enfrentarse todos los malditos fines de semana y fingir que no quiere empujarlo contra los muros de cada uno de los circuitos.

Del hombre que siempre encuentra una nueva forma de fastidiarle la existencia.

 

Roier ya está más que harto.

 

—¿Debo recordarte que fue Ewron al que ofendiste sin razón?— Juan levanta una ceja interrogativa y algo amenazante.

Tan amenazante como puede ser un osito de peluche, pero al menos lo intenta.

 

Todos saben que el respeto a Juan no viene exactamente de ser un hombre que de miedo, sino todo lo contrario. Le hacen caso y siguen sus órdenes porque herir a lo más similar que hay en la tierra de un cachorro de golden retriever humano es honestamente cruel.

—¿Sin razón? ¿Sin razón?— chilla, seis octavas más arriba de lo normal—. Lleva dándome razones desde que llegué a la F1.

—Las peleas en pista no son excusa para insultar a un compañero, Roier, lo sabes— le reprende Juan, y justo cuando Roier está a punto de comenzar a argumentar su punto, lo interrumpe, levantándose de la silla—. Y lo siento, pero no podemos continuar esta conversación hasta que aceptes tu error.

 

Roier deja caer la mandíbula de pura incredulidad. 

 

—Ve a desayunar, el equipo te está esperando— Juan le da la espalda, revisando algo en la tableta que carga a todos lados, dejando claro que no habrá otra palabra entre ellos hasta más tarde—. Te enviaré los detalles del plan en un momento. Estudia el guión, por favor.

En otra ocasión, Roier habría pedido perdón por haber actuado tan desenfrenado y grosero, ofreciendo a explicarse de nuevo y con calma esta vez. Pero hoy está cansado, con sueño, hambre y ganas de mandar al carajo a todos, así que eso es lo que hace.

—Bien— dice, levantándose también y pateando un poco la silla con la parte interna de las rodillas, provocando un chirrido desagradable—. ¿Sabes qué? Mejor para mi. ¡Ni siquiera quería estar aquí inicialmente!

Juan, como sea, no hace caso a su berrinche y se va al otro lado de la sala, donde ha dejado su mochila, y saca un paquete de esas horribles galletas de avena que tanto disfruta regalar a todos. Esta vez las abre para él mismo y no le extiende ninguna a Roier.

Le duele más de lo que debería, y Roier se odia por eso.

—Lo sé— dice, dejando su tableta y el paquete abierto sobre la mesa—. Cierra la puerta al salir, por favor— el hombre ni lo mira, solo hace un gesto a la salida y se sienta de nuevo, esta vez a la cabeza de la mesa.

Roier, innegablemente humillado, encaprichado y con las mejillas rojas por la vergüenza, no le queda más que hacer lo que le dicen, agregando un portazo al final en un intento de recuperar algo de su pisoteado orgullo.

No funciona. Se arrepiente nada más dar el primer paso fuera.

Para ayudarse, piensa que es el auto de Ewron lo que ha chocado, y eso lo hace sentir mejor, al menos lo suficientemente cuerdo para comenzar su camino al comedor sin estrellar la cabeza contra la pared.

—Maldita... cucaracha— dice entre dientes, y le sigue pareciendo igual de acertado como la primera vez.

 

Roier no se arrepiente de nada.