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En la vida de Ash, ha habido una constante, un ancla inmutable que apareció en el primer día en que se despertó en esta endemoniada isla y parecía haber formado parte fundamental de su cotidianidad; Era un imán de idiotas.
A estas alturas ya debería haberse acostumbrado a que el idiota de turno llegara al Panteón, a la desaparición de tres o cuatro bloques, a que su casa completa apareciera la mañana siguiente en la punta de un edificio, y aun así, es una sorpresa total para Ash el despertarse con una explosión.
Porque por qué carajos no.
El río de maldiciones que vociferó, las pociones que preparó y la espada que desvainó con pesadez cuando llegó al lugar de los hechos llegaron a un frustrante parón sin una salida catártica que se le pudiera recompensar por al menos hacer un esfuerzo en levantarse de la cama a las tres de la madrugada.
¿Qué se supone que debía de hacer con un coche chocado contra los pilares subterráneos del Panteón?
Por más que quisiera hacer algo, Ash se quedó completamente inmóvil, su mente a mil por hora entre llamar a Tubbo para que hiciera las reparaciones necesarias, robar el vehículo o simplemente arremeter contra la persona que se le ocurrió ser tan inteligente como para estrellarse en el área del Régimen.
No fue hasta que su agresor soltó un quejido, que la mente de Ash se aclaró con un solo pensamiento.
“¿Juan?” La silaba fue pronunciada con una docilidad casi ajena a él, preocupación escurriendo de la punta de su lengua. El pánico repentino le arrebató el control de su cuerpo somnoliento, empujándolo a forzar la puerta del auto para abrirla.
En efecto, era Juan; Su cabello era una maraña esponjosa que no tenía sentido de la orientación, probablemente tras pasarse los dedos por él incontables ocasiones, razón por la que su bandana roja se hallaba torcida a punto de caer. Sus mejillas lucían un leve rubor rosado, y sus ojos– Juan no estaba usando sus lentes. Tal vez se habían perdido al tropezarse con algo o con el choque, pero Ash dudaba que ese fuera el motivo por el que su mirada era vidriosa, sus ojos brillando más de lo habitual.
Si bien su aspecto era inquietante, no había heridas visibles en su cuerpo. Sus brazos y rostro parecían impecables si uno ignoraba el sudor y el hollín pegado a su piel, y bajo la tenue luz amarillenta de los faroles del Régimen, Juan seguía siendo el rayo de luz que siempre había sido a sus ojos, aun si era un maldito desastre.
“Ash…” Frotó sus ojos con fuerza, la carencia de sus anteojos no siendo de gran influencia para reconocerlo, “Ashswag,” Arrastró la palabra con lentitud, saboreando el nombre para terminarlo en una risita pequeña, “Ash-swag.”
Toda lógica residual que milagrosamente había sobrevivido al despertar a estas horas de la noche le gritaba que no se involucrara, y sin embargo, la persistente voz desapareció cuando sus ojos se cruzaron con los cafés, volviéndose indulgente como todas las veces que Juan amenazaba con alterar su vida.
“Estás–” Retrocedió, la intensa mezcla del olor a alcohol, carne y gasolina azotándole al instante, “Oh, Dios, estás borracho hasta el culo,” A pesar de su reacción inicial, su instinto de protección sobrepasó el de su asco en el momento en que Juan casi cayó a sus pies al intentar salir del auto. “C’mere,” Susurró, sus manos atrapándolo con delicadeza, ambos tambaleándose mientras Ash deslizaba un brazo bajo la axila del otro, proporcionándole apoyo para permanecer de pie y un pecho en el que recargarse, “¿Qué se supone qué es todo esto?” Recuperando el equilibro, bajó la vista con la intención de fulminarlo con la mirada, pero sus facciones flaquearon al ver como los parpados del Segundo al Mando luchaban con mantenerse abiertos.
“No sé, estaba haciendo carreritas con Quackity y Aldo, y…” Juan descansó su cabeza en el hombro de Ash, mirándolo hacia arriba a través de sus pestañas. Ash sintió sus mejillas calentándose oh tan ligeramente, la imagen provocándole sensaciones extrañas en su corazón– No que eso fuera de importancia, el corazón era conocido por hacer cosas raras y que él supiera, podría ni siquiera tener uno para empezar, “Creo que me salí del camino, amigo.”
Ash tenía que dejar de pensar porque de lo contrario se volvería loco.
Cada que trataba de procesar la declaración de Juan, esta se sentía más absurda. Primero, ¿Qué carajos hacía Juan con Aldo de nuevo? Okay, el hombre tenía permitido recibir cualquier visita que quisiera, Ash no era quién para impedírselo, pero era una completa ridiculez lo efusivo que se volvía en socializar con el otro inepto.
Segundo, ¿Dónde mierda estaban ahora?
Tanto Quackity como Aldo, ninguno se había preocupado para siquiera enviar un mensaje publico preguntando por su paradero. Muy amigos y todo, pero los imbéciles ni siquiera tuvieron el descaro de responsabilizarse de él.
Decir que la negligencia de aquellos tarados le enfurecía, era poco.
Enfocándose en el verdadero problema, palmeó los bolsillos del delantal de Juan, buscando a ciegas algún rastro que confirmara que era seguro enviarlo a su casa por su cuenta.
Para su sorpresa, no encontró nada. Literalmente.
Ni un pico, ni un arma, sus lentes– nada. Ni siquiera su Warp Stone estaba con él, “¿Dónde están tus cosas–?” Ash lo examinó con cautela, recorriendo sus ojos de arriba abajo pero solo encontrando una mirada distante en su rostro, “¿Cómo se te ocurre manejar en este estado?”
Era más una pregunta retorica en realidad, pero Juan contestó de todas formas, “Sonaba más divertido en nuestras cabezas.”
“Okay, como sea, ¿Quieres que te lleve al Norte o…?” Dejó la frase inconclusa, inhalando con pesadez con solo imaginar el lio que se armaría en la mansión si llegaba con Juan borracho.
“No sé, da igual, déjame aquí tirado si quieres.”
“No te voy a dejar tirado en la calle.” Bufó, seguramente haciendo una expresión un tanto graciosa, porque Juan sonrió atolondrado.
Giró el cuello al lado opuesto, molesto en como su interior se hinchaba de un afecto irracional.
De repente, el otro se restregó contra el pecho de Ash, su voz amortiguada por su traje, “¿Cambiaste de shampoo?”
Juan intentó hundir más su rostro en la ropa, los remolinos de su suave cabello haciendo que la piel de Ash zumbara con escalofríos no-tan-desagradables, cálido pese al alcohol inundando su nariz, “No creo que sea bueno entrar al Norte aun si voy acompañado de ti,” Obstinado en no prestarle atención, siguió la conversación solo, revisando su intercomunicador, “Tampoco hay nadie despierto.”
Y aun si alguien del Norte lo estuviera, ¿Sería recibido con brazos abiertos?
La reacción de Tina al visitar todavía lo acechaba, un dolor punzante en su pecho apareciendo al recordar el miedo que juró tenerle por más que habían entablado
“¿Estabas durmiendo? Te ves cansado.”
Al principio, Ash pensó que la embriaguez de Juan no se manifestaba de una manera evidente, solo un poco menos hablador, pero nada fuera de lo normal.
Otro error más a la lista, agregó Ash para sus adentros al caer en cuenta de lo que incorrecto que estaba.
Juan era mucho más indecoroso sin siquiera proponérselo, emitiendo un sonido de satisfacción al enroscar entre sus dedos un mechón del cabello de Ash que colgaba flojamente de su frente.
Resultaba curioso, Ash era considerado alguien con reflejos más rápidos que el isleño promedio, y no obstante, se quedó inmóvil ante el simple tacto. El tenue matiz rojizo adornando la cara de Juan y esos ojos que ahora parecían más grandes parpadeando con dulzura le provocaron nervios que hormiguearon por su espalda.
“Uh-huh,” Lo manoteó, lo suficiente fuerte para que el otro diera un respingón y desatara un hilo de risas ahogadas y, lo suficiente – Ash esperaba – como para que no escuchara su corazón latiendo desbocado sin dirección alguna.
“Ay, Ash, qué atrevido.” Otra risa leve.
Joder, esa maldita risa iba a ser lo que pusiera un fin a la vida de Ash.
“Una más y te dejo aquí.” Se enderezó para poner unos centímetros de distancia de su rostro, la cantidad de neuronas marchitándose cada que Juan se le antojaba sacudir la dinámica que habían establecido cautelosamente siendo ya demasiadas para su gusto.
“Era broma…” Gimoteó, y Ash no pudo evitar sonreír ante el sonido teatral.
“Voy a tener que cargarte.” Advirtió, más la única respuesta fue un zumbido cansado y un pequeño quejido cuando Ash lo reacomodó; una de sus manos sosteniendo su espalda mientras la otra fue colocada bajo el hueco de las rodillas de Juan, acunándolo así entre sus brazos.
Para que tan cómodo y contento aparentaba estar el hombre, Ash se preguntó cuál hubiera sido su reacción real al gesto. No que esta haya sido su primera opción, Ash hubiera optado por cargarlo en su espalda si no fuera porque así sería más fácil aventarlo al suelo si a Juan se le ocurría vomitarle encima.
“Oye, ya en serio, ¿Qué te hiciste? Ya no hueles tan bonito.”
“Nunca olí ‘bonito’.” Gruñó tras pasar por el primer elevador y dirigirse hacia las escaleras blancas de mármol, pasos lentos para no marearlo pese a que podía sentir el calor de su cuerpo incrementando con como Juan estaba obstinado en embarrarse en su cuello.
“No seas mentiroso, olías a flores– a lavandas.”
Ash paró en seco justo antes del segundo elevador. Tragó saliva, seguro de que Juan podía oírlo al tenerlo presionado contra la unión de su cuello y hombro.
Para alguien quién no estaba en todos sus sentidos, Juan tenía memoria para lo irrelevante.
Ash no tenía idea alguna como Juan había captado la fina fragancia floral que se pegaba a su cuerpo cuando hacía un pequeño viaje al palacio personal que era su jardín de lavandas, y mucho menos como lo recordaba o podía distinguir la ausencia del mismo.
Sus cejas se crisparon en una extraña y sutil manifestación de una emoción que no logró identificar del todo.
Decidido a ponerle un fin a esta noche demencial, subieron a su habitación en el segundo piso, quedándose justo en el centro de esta para que Juan procesara la maravillosa vista que eran las paredes y piso idéntico al resto de material del Panteón, vacía con la excepción de los cuadros narcisistas que colgaban justo arriba de su cama y los cofres esporádicos.
A decir verdad, Ash esperaba tan siquiera una risita, en especial en su estado de embriaguez.
“Creo que nunca habías estado aquí arriba.” Dijo más para él que para Juan, buscando llenar ese silencio como fuera a lugar. Repentinamente un tanto consciente que esta era de las pocas veces que había permitido a alguien externo al Régimen – sin contar aquella vez que le asesinaron apenas despertar – dentro de sus aposentos.
“Tu habitación es una mierda, amigo.”
Quizás fue la resequedad con la que lo insultó, o quizás ya estaba muy cansado, pero Ash aventó a Juan a la cama sin importarle su miserable estado. Sin embargo, el Juan ebrio era una pizca más mierda de lo Ash contaba con. El Segundo al Mando se aferró a sus ropas, arrastrándolo a la cama junto con él.
Habría caído encima de Juan si no hubiera sido un segundo más rápido, sus manos deteniendo su cuerpo entero de estrellarse contra el castaño y encontrando equilibro en cada lado del rostro del mala copas.
“You’re so annoying,” Murmuró, casi haciendo un puchero, porque, el Líder del Régimen nunca haría pucheros. Podría ser joven, pero nunca infantil.
“La última vez que me aventaron así a la cama fue cuando cogí con Cucurucho.” Explotó entre risas, sus mejillas adquiriendo un tono rojo más intenso. Ya fuera por su propia broma o por el hecho de que Ash lo había prácticamente acorralado en la cama.
El pensamiento provocó un ligero cosquilleo en Ash.
El cual apartó a lo más recóndito de su mente con un rodar de ojos, “Okay, hora de dormir, yo también necesito mi sueño de belleza.”
No le daría el lujo de entrar en pánico como lo hizo en la tienda de arte, mucho menos si el otro estaba en un estado de embriaguez. Ash se sentó a un lado con un suspiró, fingiendo indiferencia al poner distancia entre ambos y– Okay, ahora si estaba entrando en pánico.
Juan había tenido la magnifica idea de empezar a desvestirse en el segundo en que Ash se giró momentáneamente. Las manos que intentaban desabrochar su propio pantalón fueron azotadas con un manoteo de Ash.
“Fuck– ¡¿Qué te pasa?!” Resopló con fastidio como si él no fuera el loco por querer desnudarse en la habitación de otra persona.
“¡¿Qué te pasa a ti?!”
“¡Me gusta dormir desnudo!”
“Pues no estás en tu casa ahora, así que duerme con eso,” Empujó las manos de Juan una ultima vez. Si seguía con esto, en serio lo sacaría de su casa sin importar si terminaba durmiendo en las calles del Régimen o una parcela de tierra cualquiera.
Afortunadamente, el raciocinio del Segundo al Mando regresó. Incluso se sentó en la cama al igual que él, pies cruzados, una pierna descansando por debajo de la otra mientras su brazo sostenía el peso de su cuerpo. A excepción de sus cejas fruncidas, bien podría aparentar alguien relajado, “Préstame algo tuyo entonces.”
Reuniendo su determinación por no sacarlo a patadas de ahí, exhaló, “Esto es todo lo que tengo.”
Y era la verdad. Había una razón por la que toda su ropa de Miércoles Morado era la misma que el resto de la semana. Incluso hoy había dormido en ella.
Parpadeó, lento. Por un momento Ash pensó que le lanzaría un argumento soso que escalaría la discusión, pero sorpresivamente Juan se desplomó en la cama soltando una risa sin aliento, pegajosa en ese tipo de tono que parecía prohibirse usar con Ash pero utilizaba con la mínima alusión a un flirteo de terceros, “Te veías increíble con ese traje de la boda– so fucking hot, bro.”
“Sí, me…” Ash cerró los ojos, incapaz de mirarlo por alguna razón. Antes de que las sinapsis de su cerebro empezaran a dispersarse en todas las direcciones presas de su agitación, respiró hondo, apartando la vista una vez que abrió sus ojos y se deslizó fuera de la cama, cuidadoso de mantener una voz serena, “Me lo dijiste la otra vez. Gracias.”
Juan ladeó su cabeza, observándolo con confusión mientras el Líder seguía caminando dándole la espalda. La suave preocupación en sus palabras intensificó los nervios de Ash, “¿A dónde vas?”
Ash jamás admitiría que dio un saltito al escuchar la pregunta. Se giró, un pie todavía en el elevador, “Voy a dormir abajo en mi sillón.”
“No mames, no,” Juan se sentó de un salto, alterado como si le hubieran revelado que Ash había asesinado a alguien. Dios, tenía demasiada energía. Se desplazó hacia el otro extremo de la cama, lo cual, no suponía mucha distancia en el modesto espacio que era el colchón individual. Palmeó con unos golpecitos a un lado suyo, “Somos amigos, podemos compartir.”
En teoría, era posible compartir ese ínfimo espacio. Después de todo, Juan era bastante pequeño en comparación a él, pero eso requeriría que algunas de sus extremidades tuvieran contacto con las del contrario, y eso era un rotundo no para Ash.
Sintió su cara arder, esforzándose por encontrar una respuesta adecuada, “No, gracias–”
“Ándale.”
“No.”
“Ash, ándale,” Dijo alzando ligeramente su voz.
“No, así estoy bien.”
“¡Ash, ven para acá!”
Sus piernas se movieron involuntariamente con una rapidez que le avergonzaría mostrar delante de otros. El hecho siendo tan absurdo que le arrancó una leve risa, “Okay, geez, no tienes que gritarme,” Pasó el peso que recargaba en una pierna a la otra. Estaba delante de la cama, del montón de mantas y la mirada expectante de Juan sobre él, “Te pones agresivo cuando tomas.”
Juan removió la manta, resguardándose dentro de ella y dejando destapado el lado en el que Ash supuso que él ocuparía. Sin decir una palabra más, se acercó despacio, gateando por el colchón haciendo todo lo posible por acomodarse en el estrecho hueco de la cama que Juan había dejado libre. Claro, no era cómodo, pero era mejor que dormir en el sillón de abajo. Ya lo había comprobado él mismo cuando su trono fue lo más cercano que había tenido a una cama propia.
“No puedo dejarte que duermas allá cuando me diste posada en tu propia casa.” Juan estiró el cuello para mirarlo. A pesar de la poca iluminación, podía ver a la perfección los ojos enormes de color miel que tercamente lo observaban.
Un nudo se formó en la garganta de Ash. ¿Por qué carajos ninguno de los dos se había girado para darse la espalda?
Estaba tan seguro que alguno de los dos caería rendido al instante que ni siquiera se le pasó por la cabeza que el Segundo al Mando tuviera el ánimo necesario para seguir conversando.
“Yeah, yeah.” Murmuró entre dientes porque no confiaba en su propia voz, subiendo la manta hasta sus hombros al igual que Juan.
“Gracias,” Por una fracción de segundo, sus ojos se desviaron al techo hasta que el pequeño bufido de Ash lo hizo devolverle la mirada, “No, en serio,” Su sonrisa se acentuó, amplia y cálida, “Gracias por todo,” Hizo una pausa brusca, reacomodándose en su lugar tanto como le era posible dadas las circunstancias. Las rodillas de ambos chocaron, y Ash descubrió que no le molestaba, “Recibí tu mensaje temprano en la mañana, ese que decía que si estaba bien.”
“Ah, sí…”
El contacto era agradablemente distractor, y Ash mentiría si dijera que no lo había pensado antes con las contadas ocasiones en las que se habían abrazado, así que cuando Juan se inclinó tan cercas que podían sentir su aliento y los pies de ambos se entrelazaron, Ash se quedó inmóvil.
Porque su estúpido, inútil y necio pulso se disparó de una manera incontrolable, y juraba que el acercamiento de un solo centímetro más haría que Juan se diera cuenta de ello.
“Te preocupas siempre por todo.” Ash abrió la boca para argumentar, pero Juan lo interrumpió con brusquedad, “Pero eso es lo que me encanta de ti,” Ash siempre presintió que el Segundo al Mando ocultaba algo, que levantaba una muralla que le impedía ver sus verdaderos sentimientos a pesar de ser bastante generoso con sus demostraciones de alegría y enojo. Este lado de él era tan honestamente crudo que Ash quedó desorientado. Su mano se estremeció, dedos flexionando la tela del colchón en la búsqueda de lo que sea que lo pudiera sostener de esta situación irreal, “Estás todo menso.”
“Wow,” El nerviosismo se esfumó al oír las risas que explotaron, regresando al típico sarcasmo por el cual era bien conocido, “Te encanta que sea un completo imbécil.”
La disculpa con la que comenzó se desvaneció mientras se incorporaba, negando con la cabeza, “No, no, ¿Cómo te explico?” Algo en su voz sonaba especialmente dulce, Ash incluso se atrevería a describirlo un tanto desolador, su rostro patente con tanta emoción contrastando con la simpleza de sus palabras, “Es… Lindo,” Ash pudo sentir el aliento de una risa ahogada contra sus labios, “No sé, no me esperaba que te importara tanto como tú me importas.”
Ash quería dudar.
Quería creer que lo que decía era producto del alcohol.
“Claro que me importas. Moriría por ti cualquier día de la semana.”
Joder, quien sea que había dicho que la pérdida del sueño era equivalente a embriagarte, ya no necesitaba hacer pruebas. Ash estaba comprobando la teoría justo ahora.
Ash tragó saliva con fuerza, deseando poder tragarse también su declaración. Intentó convencerse en vano que está platica sería olvidada a primera hora mañana, que nunca se debía de tomar en serio a un borracho.
Juan no respondió durante un buen rato y por un instante Ash creyó que estaba durmiendo hasta que se arrastró hacia él, intentando cerrar la distancia.
“Ey.” Graznó enfadado al ver a Ash recorrerse del espacio recién ocupado.
“Qué. Haces.”
Su voz era demasiado aguda para considerarse una amenaza.
Juan se inclinó, sus brazos y piernas presionando entre sí y transmitiendo un calor constante a través de la ropa.
“Acercándome.”
Ash no podía entender la puta obsesión de la gente de esta isla con el contacto físico, en particular Juan– siempre pidiéndole abrazos o bailar juntos. Quizás era algo humano, algo más en lo que estaba diseñado para no comprender.
“Uh, ¿Por qué?” Cuando Juan trató de deslizarse hacia su dirección nuevamente, Ash retrocedió, tambaleando en la orilla y chillando, “¡Vas a hacer que me caiga!”
“El punto es que no te alejes, tengo frío.”
“¡Hay bastantes sabanas para eso!”
Ash logró interpretar entre todas las mantas con las que Juan se había cubierto algo que sonaba como, “Sí, pero tu puto lugar está helando, me voy a congelar.”
Con expresión dura, Ash examinó su rostro, sus ojos oscilando a cualquier arruga, mueca o mirada que le concediera una excusa para huir, más solo encontró cansancio, un agotamiento que se convirtió en mutuo y quería compartir sin segundas intenciones.
Ash reunió toda su resolución en un respiro hondo, justo como aquel día que se atrevió a abrazarlo cuando regresó lleno de heridas; Sus brazos rodearon a Juan, aferrándose a su cintura y atrayéndolo con fuerza contra su pecho en un movimiento fluido que le provocó un leve sonido de sorpresa.
La barbilla de Ash de algún modo quedó justo por encima de los mechones sueltos de la cabeza de Juan, y por su parte, Juan se acurrucó en el hueco entre su hombro y brazo, su respiración profunda y firme, sus manos encontrando la espalda del Líder para devolver el tacto.
Ash liberó un suspiro tembloroso, el silencio inundándolo por lo que fueron tal vez minutos en los que fue incapaz de distinguir qué latido pertenecía a quién, el ruido inquietantemente ausente causándole un constante torrente de pensamientos, yendo y viniendo con cada bocanada de aire que tomaba y su estómago. Mierda. Su estómago desde hace rato se le revolvía, lleno como si de un aleteo frenético en su interior se tratara.
Ash detestó a muerte el destello momentáneo que produjo su mente, el deseo de tener a sus antiguos médicos de frente para preguntar su condición. Si había algo que se había estropeado dentro de él, algo inherentemente mal hecho–
“Te lo estás pensando demasiado.” Juan musitó y fue suficiente para hacer que Ash emergiera de las profundidades de su propia mente en las que se había sumido.
Echó un vistazo a la masa que era Juan debajo de él, su cabello jodidamente desordenado, el color rojo de sus mejillas ahora esparcido a las puntas de sus orejas. “Mira quién lo dice.”
Juan gruñó, ocultando su rostro contra su pecho, y Ash no pudo hacer nada más que corresponderlo con un apretón firme. “Pero tú estás peor, nunca me cuentas nada.”
“Yo– ¿Tú lo haz hecho? Cada que te pregunto qué sucede me contestas que tienes todo bajo control.”
“Porque no te quiero involucrar…” Su melancolía mal disfrazada se perdió con la llegada de un bostezó, “No necesitas que te atiborre de mis problemas cuando tú tienes, tú,” Las silabas se volvieron un revoltijo del que se rindió en desenredar, “Ajá, eso.”
Entre el sueño vertiginoso y mareante, Ash lo entendió de todas formas, “Pero quiero hacerlo.”
“¿Por?”
Los segundos pasaron sin que ninguno pronunciara otra palabra y pronto, todo lo que logró oír fueron las respiraciones superficiales de Juan, sus ojos ya cerrados. En su lugar solo quedó el movimiento rítmico de su diafragma, sencillo de seguir, un suave sonido que permitió que lo calmara y cerrara sus parpados también.
“‘Cause I want to be part of your life.” Confesó con un bostezo, simple, sin pensarlo mucho al igual que el delicado beso que depositó en el cabello del Segundo al Mando, la combinación de la cálida presión, y los sutiles soplos sobre su clavícula, Ash se dejó arrastrar por el sueño.
A medida que sus respiraciones se acompasaron, el cuerpo de Ash también lo reconoció, cedió ante el alivio que no se había percatado de estar buscando ya hace semanas. Incluso se inclinó hacia el contacto, atraído como imán, su mente sintiéndose agradablemente vacía.
Ya fuera la reacción que tendrían a la mañana siguiente, lo que significaba para la relación de ambos, o la plétora de dificultades que estaban comprometidos a padecer ante la sencilla idea de salvar a sus familias, Ash solo deseó que Juan yaciera plácidamente entre sus brazos durante todo el tiempo que el destino se lo permitiera, aun si era solo un segundo más.
