Chapter Text
Dirk comprobó la dirección por tercera vez antes de apagar el motor.
Realmente no por pensar que se había equivocado. El numero de la casa coincidía con el de la reserva, el mapa llevaba varios minutos insistiendo en que había llegado y el apellido Crocker figuraba en letras negras sobre un buzón blanco que parecía haber sido limpiado esa misma mañana. Dirk compraba las direcciones tres veces porque llegar al lugar correcto era una parte considerablemente sencilla de su trabajo y no veía una razón para hacerla mal, bajo ningún motivo.
La casa era más grande de lo que había imaginado al intercambiar correos con Jane. No ostentosa, pero sí cuidada con esa particularidad de las viviendas habitadas por personas capaces de reparar una gotera antes de que se vuelva una mancha en el techo. Había macetas alineadas junto a la entrada, un cochecito infantil plegado bajo el alero y una corona decorativa en la puerta que aún conservaba flores de una temporada que había terminado hace un par de semanas.
Miró la hora. Nueve cincuenta y siete.
Había llegado, como siempre, tres minutos antes. Una cortesía que permitía ser puntual sin cometer la obscenidad de tocar el timbre demasiado temprano.
En el asiento del copiloto descansaba el bolso principal con las cámaras. En el maletero llevaba dos focos, trípodes, reflectores y un fondo portátil que probablemente no iba a utilizar. Jane había pedido una sesión familiar en casa, con luz natural siempre que fuera posible. Fotografías intimas, había escrito. Nada demasiado posado. Algo que podamos conservar cuando nuestra hija crezca.
Era una petición habitual. Nada extraña.
Dirk había fotografiado suficientes bebés para saber que los padres decían querer espontaneidad hasta que veían una arruga en la manta, una mancha de leche sobre el hombro o la expresión inequívoca de un niño a punto de comenzar a gritar. La naturalidad, había aprendido con el tiempo que llevaba siendo fotógrafo, requería una cantidad sorprendente de preparación.
Sacó el bolso del asiento, rodeo el automóvil y esperó hasta que el reloj de su teléfono marcó las diez.
Entonces llamó a la puerta.
La mujer que abrió debía tener aproximadamente su edad. Llevaba el cabello recogido de una forma sencilla, aunque algunos mechones se le habían soltado alrededor del rostro, y una blusa de color claro que reconoció de inmediato como una elección para funcionar bien en cámara. Su sonrisa apareció antes de que Dirk terminara de presentarse.
—Dirk. Hola. Pasa, por favor.
Jane Crocker estrechó su mano y se apartó para dejarlo entrar.
—Espero no haber traído demasiadas cosas —dijo él.
Ella miró el bolso que llevaba al hombro y después el equipo que aun permanecía junto al automóvil.
—Roxy dijo que eras meticuloso.
—Es una forma amable de decirlo.
—Ella suele ser amable cuando habla de sus amigos.
La frase realmente no significaba nada. Dirk la aceptó con una ligera inclinación de cabeza y regresó a buscar el resto de sus cosas.
Roxy le enviaba clientes ocasionalmente. Actores que necesitaban retratos, conocidos que se casaban con presupuestos pocos realista y amigos de amigos que deseaban fotografías capaces de hacerlos parecer felices sin obligarlos a fingir tanto. Dirk no preguntaba como los conocía. Roxy poseía una red social cuya extensión probablemente violaba alguna ley física y, con el tiempo aprendió que, por más que intentase reconstruirla, lo único que conseguiría devuelta serian dolores de cabeza.
Jane había contactado con él mediante un correo breve y organizado. Habían decidido la fecha en menos de seis mensajes. Ella menciono a su hija, la distribución de la casa y la orientación de las ventanas. Se refirió a su marido únicamente para señalar que trabajaba durante la semana y que los sábados era los días más convenientes para las fotografías.
Dirk nunca había preguntado su nombre.
Ahora, mientras entraba con el ultimo trípode y Jane cerraba la puerta detrás de él, consideró que aquello podía ser una falla menor en su proceso de preparación. No algo significativamente importante. Tampoco necesitaba por ley conocer los nombres de todos los integrantes de una familia para fotografiarlos.
Aunque normalmente los conocía.
—Puedes dejar todo aquí mientras vemos donde hay mejor luz —dijo Jane, señalando la sala de estar —. Mi marido está terminando de vestir a la bebé. O intentándolo. Ella descubrió los botones esta semana y ahora cree que cualquier prenda cerrada debe quedar estrictamente abierta.
—Es una etapa compleja.
—¿Tienes mucha experiencia con niños?
—Fotografiándolos.
Jane soltó una risa breve.
—Eso ha sonado sospechosamente especifico.
—La experiencia termina cuando guardo la cámara. Es una relación laboral saludable.
La sala se abría hacia un comedor amplio y una cocina donde alguien había dejado dos tazas junto a la cafetera. Había juguetes agrupados en canastos de tela, una manta extendida sobre el sofá y un móvil de figuras geométricas suspendido cerca de la ventana. Nada estaba perfectamente ordenado, pero todos los objetos ocupaban un lugar que había sido decidido de antemano.
Dirk dejó el bolso sobre la mesa auxiliar y observó la luz.
Las ventanas daban al este. A esa hora, el sol entraba filtrado por unas cortinas blancas y caía sobre el suelo en rectángulos suaves, las sombras no eran para nada agresivas. Era mejor de lo que había esperado.
—Aquí funcionará —dijo —. Podemos comenzar cerca de la ventana y después hacer algunas fotografías en la habitación de la bebé, si tiene suficiente espacio.
—Perfecto. Limpie esa habitación anoche, así que probablemente ya esté destruida.
—Mientras tenga suelo, podemos trabajar.
Jane se inclinó para retirar un sonajero de debajo del sofá. Dirk abrió el bolso y comenzó a revisar su equipo.
La cámara principal. Las baterías. Tarjetas. Objetivos. Todo, como siempre, estaba donde correspondía.
—¿Necesitas que movamos algún mueble? —preguntó ella.
—Tal vez la mesa. Primero quiero comprobar el ángulo.
Acomodó el objetivo sobre el cuerpo de la cámara y giró el anillo hasta escuchar el clic. Después lo revisó, aunque acababa de comprobarlo en el automóvil. Era parte de su metódico procedimiento. No tenia razones para hacer su trabajo apresurado.
Desde algún lugar al fondo de la casa, llegó la voz de un hombre.
—Mira, no creo que sea necesario recurrir a la violencia, jovencita. Estoy dispuesto a escuchar tus demandas, pero en paz.
La respuesta fue un balbuceo, claro, y el hombre rio.
Dirk dejó de mover las manos, en una decisión inconsciente. Un segundo antes estaba ajustando el objetivo; al siguiente, sus dedos quedaron pegado alrededor del anillo de enfoque sin ejercer presión.
La risa volvió a llegar desde el pasillo, algo más baja esta vez, seguida por el sonido de pasos y una protesta infantil.
Cinco años eran suficientes para olvidar muchísimas cosas, pero al parecer, no eran suficientes para olvidar una risa. Simplemente miró la cámara.
El objetivo estaba correctamente instalado. Lo sabía porque lo había puesto hacia menos de treinta segundos y porque llevaba diez años haciendo lo mismo varias veces por semana. Aun así, lo retiró, examinó la montura y volvió a colocarlo.
—¿Todo bien? —preguntó Jane.
—Sí —su propia voz sonó normal, una habilidad útil.
Dirk había fotografiado ceremonias después de que uno de los novios confesara haber perdido los anillos. Había terminado una sesión corporativa durante una migraña y retrasado a una familia mientras dos de sus integrantes mantenían una discusión silenciosa capaz de alterar la presión atmosférica de la habitación. Sabia continuar trabajando en condiciones poco favorables. Una coincidencia acústica no constituía una emergencia.
Había millones de personas en el mundo. Algunas de ellas compartían maneras de reír. Había acentos parecidos, cadencias parecidas, voces que se volvían irreconocibles con los años y otras que la memoria reconstruía de forma incorrecta.
Dirk dirigió la cámara hacia la ventana y comprobó la exposición. Los pasos se acercaron.
—Cariño, ¿sabes donde dejaste los calcetines con las estrellitas? Porque esta señorita ha decidido que los amarillos son indignos de ella y, francamente, comienzo a pensar que —Jake apareció al final del pasillo con la bebé apoyada contra el pecho.
No había forma elegante de reconocer a alguien que había formado parte de cada versión del futuro que uno había imaginado y que ahora surgía en una casa desconocida sosteniendo la evidencia de una vida completamente distinta.
Dirk no hizo nada. Jake tampoco.
El tiempo no dejó de marcar el tictac. Dirk sabia que esa era una descripción imprecisa, utilizada por personas que deseaban dotar de importancia su incapacidad momentánea para reaccionar. El tiempo continúo avanzando con indiferencia. La bebé movió una mano. La cafetera emitió un chasquido desde la cocina. Un automóvil pasó frente a la casa.
Lo único que se detuvo fue la ficción de que aquella mañana sería ordinaria.
Jake estaba mayor.
No mucho. Cinco años no era suficientes para transformar por completo una cara, solo reorganizar detalles. Llevaba el cabello algo más corto de lo que Dirk recordaba y había pequeñas líneas junto a sus ojos que antes aparecían únicamente cuando sonreía. La camisa clara estaba mal abotonada en la parte inferior y tenia una mancha húmeda cerca del cuello. La bebé sostenía uno de sus dedos con toda la mano.
Aun así, seguía siendo Jake.
La misma boca entreabierta antes de decir algo. Los mismos hombros tensándose cuando no sabia si avanzar o retroceder. Los mismos ojos verdes, demasiado fáciles de leer para alguien que se había dedicado a observarlos.
—Dirk —dijo.
Jane se enderezó junto al sofá, mientras Dirk sostenía la cámara con ambas manos.
—Jake.
Y ninguno de los dos añadió nada.
La bebé, aparentemente insatisfecha con aquel intercambio, tiró del cuello de la camisa de Jake y emitió un ruido impaciente. Él bajó la mirada de inmediato.
—Si, tesoro. Entiendo que esto está siendo terriblemente aburrido para ti.
La sostuvo con mayor firmeza y le acomodó la tela del vestido alrededor de las piernas. El movimiento fue automático. Y volvió a acomodarla contra su pecho.
Dirk simplemente apartó la mirada. Sobre la pared que tenía enfrente había una fotografía de matrimonio.
Jane aparecía de perfil, riéndose mientras Jake sostenía una de sus manos. No era una imagen particularmente original. La clase de fotografía que Dirk habría descartado durante la selección porque el horizonte estaba ligeramente inclinado y uno de los blancos había perdido detalle bajo el sol. Aun así, alguien la había ampliado, enmarcado y colocado dentro de la sala.
Junto a esta, había otras.
Jane y Jake frente a una casa. Jake con una mano sobre el vientre embarazado de Jane. Ambos en le hospital, agotados, sosteniendo un bulto envuelto en una manta rosada. Fotografías tomadas por teléfonos, por familiares, por profesionales. Imágenes imperfectas y otras no tanto.
Una vida completa pintada sobre una pared.
—No sabia que se conocían —dijo Jane.
Jake levantó la vista.
—Nosotros… —la palabra quedó suspendida.
Dirk, en algún otro momento la hubiera terminado por él.
Habían vivido juntos durante cuatro años. Habían compartido cuentas, muebles, horarios y una cama demasiado estrecha durante los primeros meses porque Jake insistía en que comprar una más grande era un gasto innecesario. Habían celebrado cumpleaños, discutido sobre platos sucios, cuidado el uno al otro durante enfermedades y hablado de mudarse a una ciudad distinta cuando sus trabajos lo permitieran.
Jake había utilizado muchas palabras para describirlos. Casi ninguna frente a otras personas.
—Nos conocimos hace bastante tiempo —dijo Dirk.
Jane miró de uno a otro. Su expresión seguía siendo amable, pero la sonrisa en su rostro había desaparecido.
—Dirk y yo éramos… —comenzó Jake.
La bebé se removió entre sus brazos. Jake se detuvo para acomodarla otra vez, agradecido o simplemente intentó; Dirk no podía saberlo y no deseaba comenzar a interpretarlo.
—Estudiamos cerca —continuo —. Y compartimos departamento durante un tiempo.
Ahí estaba. Una versión parcial de la verdad presentada de forma lo suficientemente natural para parecer completa.
Dirk bajó la cámara y comprobó la pantalla, aunque no había tomado fotografías aún.
—Entiendo —dijo Jane lentamente —. Roxy nunca lo mencionó.
—Seguramente asumió que ya lo sabias —respondió Jake.
Jane frunció apenas el ceño.
—¿Por qué asumiría eso?
—Bueno, porque… Ya sabes cómo es Roxy.
Dirk recortó algo con una claridad que, ojalá su mente hubiera preferido eliminar. Una cocina pequeña, una botella de vino abierta sobre la encimera y Jake diciendo que no era el momento adecuado. Después, otra casa. Otra reunión. La mano de Dirk rozando la suya debajo de una mesa mientras Jake hablaba con su familia como si el hecho de llegar juntos a todos lados fue algo normal.
Había pasado demasiado tiempo desde entonces.
Dirk tenia un estudio. Clientes frecuentes. Una exposición documental que finalmente había conseguido financiación. Amigos que sabían dónde encontrarlo los viernes por la noche y una vida que continuaba existiendo incluso cuando Jake no estaba presente para verla.
No había esperado cinco años, eso hubiera sido patético.
Simplemente no había contemplado la posibilidad de encontrarlo así. Descalzo, con un anillo en la mano izquierda y una hija apoyada contra el pecho, dentro de una casa donde la pared parecía afirmar que Jake English era capaz de pertenecer públicamente a alguien.
— Dirk —dijo Jane —, ¿quieres que te muestre la habitación?
Él tardó un segundo en comprender que se dirigía a él.
—Si. Aunque antes…
Miró el bolso abierto, los trípodes y la luz extendiéndose sobre el suelo. Después miró a Jane.
—Podemos reagendar la sesión.
Jane parpadeo.
—¿Reagendar?
—Si prefieren trabajar con otro fotógrafo, puedo recomendarle a alguien. No habría ningún costo adicional.
Jake abrió la boca.
—Eso no es necesario.
Dirk no lo miró.
Jane observó a su marido.
—¿Hay alguna razón por la que sería necesario?
Jake sostuvo la mirada de Dirk durante un instante. Era una invitación e intervenir o una petición a que no lo hiciera. Posiblemente fueron ambas.
—No —dijo Dirk —. Solo prefiero darles la opción.
La bebé comenzó a frotarse la cara contra la camisa de Jake. Él apoyó una mano en su espalda y la balanceo apenas, de un lado a otro.
Jane la miró.
—Ha dormido una siesta completa, ha comido y lleva veinte minutos sin llorar. No creo que volvamos a conseguir esta alineación planetaria antes de que cumpla dieciocho años.
Dirk casi sonrió.
—Es un argumento convincente.
—Además, Roxy dijo que eras el mejor.
—Roxy exagera.
—También dijo que dirías eso.
La expresión de Jane por fin se suavizó.
—A menos que tú quieras irte —añadió —. En ese caso lo entendería, aunque sigo sin comprender que está pasando.
Dirk miró nuevamente la fotografía del matrimonio.
Irse hubiera sido sencillo. Podía guardar el equipo, inventar una incompatibilidad profesional y conducir de regreso al estudio antes de que la mañana avanzara demasiado. Podía enviar a otro fotógrafo, devolver el dinero y evitar convertirse en espectador de una vida que no necesitaba, ni quería conocer.
Durante años, Jake había conseguido lo mismo sin pedírselo directamente. Dar un paso atrás, mantener una distancia prudente. Una ausencia lo bastante discreta como para no incomodar a nadie.
Dirk cerró el bolso vacío.
—Puedo hacer la sesión.
—Excelente —dijo Jane —. Entonces te mostraré la habitación antes de que nuestra modelo principal decida iniciar una huelga.
Caminó hacia el pasillo.
Jake se apartó para dejarla pasar, pero permaneció donde estaba cuando Dirk se acercó. La distancia entre ambos se redujo hasta volverse impropia de dos personas que acababan de presentarse como antiguos compañeros de departamento.
La bebé levantó la cabeza, tenia los ojos de Jake. Dirk no estaba preparado para eso. La niña lo miró sin ninguna de las complicaciones que existían entre los adultos. Lo observó con seriedad curiosa y después extendió una mano hacia la cámara.
—Le gustan las cosas brillantes —dijo Jake.
—A la mayoría de la gente.
—Dirk.
Él ajustó la correa sobre su hombro.
—Estamos trabajando.
Jake cerró la boca y Dirk simplemente siguió por el pasillo detrás de Jane.
La habitación de la bebé era pequeña, luminosa y estaba decorada con estrellas doradas. Había una cuna junto a la pared, una mecedora y varios animales de felpa ordenador sobre una repisa. Una manta doblada descansaba en el suelo, preparada para la sesión.
Jane se arrodilló para alisarla.
—Pensé que podríamos hacer algunas aquí. Jake puede sostenerla primero, porque conmigo lleva toda la mañana intentando comerse mi cabello.
—Podemos comenzar con los tres —dijo Dirk —. Después haré retratos individuales y algunas combinaciones.
—Tú mandas.
—Solo en lo relacionado con la luz.
Jake entró a la habitación. En ese momento, Dirk extrajo el fotómetro, midió cerca de la ventana y comenzó a explicar donde debían colocarse. Las instrucciones profesionales aparecieron sin esfuerzo. Jane escuchaba con atención. Jake permanecía junto a la puerta, acariciando distraídamente la espalda de su hija.
—La cama puede funcionar —dijo Dirk —, pero tendríamos que retirar algunos cojines. Quiero evitar demasiados elementos en el fondo.
—Yo los saco —respondió Jane mientras se acercaba a la cama y comenzaba a moverlos.
Dirk levantó la cámara para probar el encuadre. Jane quedó a la izquierda. La ventana, a la derecha. Jake y la bebé aparecieron reflejados en el espejo de la cómoda.
Durante un segundo, el marco los reunió a todos. La cámara bajó.
—¿Dirk? —preguntó Jane.
—El reflejo distrae. Voy a cambiar el ángulo.
Jane dejó el ultimo cojín sobre la mecedora. Después se volvió hacia Jake, que todavía no había abandonado la entrada.
—Cariño, ¿puedes sentarte aquí?
—Claro —Jake obedeció. Se sentó al borde de la cama y acomodó a la bebé sobre sus piernas. Ella agarró uno de los botones de su camisa y tiró de él con concentración.
—Eso es mío —le informó Jake —. No tengo demasiadas cosas decentes para ponerme, así que agradecería que no me lo destruyeras.
Jane soltó una risa.
—Tiene otras tres camisas exactamente iguales.
—Son radicalmente diferentes.
Dirk encendió la cámara.
A través del visor, Jake se convirtió en formas, líneas y proporciones. Luz sobre la frente. Una sombra suave bajo la mandíbula. La mano extendida sobre el cuerpo pequeño de su hija. Elementos que podían medirse, corregirse y organizarse dentro de un rectángulo.
Era mucho más fácil mirarlo así. Dirk ajustó la apertura.
—Jane, siéntate a su lado. Un poco más cerca.
Ella lo hizo y Jake pasó un brazo detrás de su espalda. La postura parecía natural. Y probablemente lo era. Jane apoyó una mano sobre la rodilla de Jake y utilizó la otra para acaricias la mejilla de la niña.
Dirk observó la composición. Era una familia. Había fotografiado a cientos.
—Miren a la bebé —indicó.
Y eso hicieron. Así que apoyó el dedo sobre el obturador, pero no disparó.
—Un poco más hacia la ventana —dijo —. La luz está cayendo mejor ahí.
Y la pareja se movió. La bebé comenzó a inquietarse.
Jake la levantó contra su hombro y murmuró algo demasiado bajo para que Dirk lo escuchara. La niña relajó las manos lentamente.
—Es increíble con ella — dijo Jane.
No era una expresión de exhibicionista de orgullo, fue más bien, afecto genuino.
—Se nota.
Comprobó nuevamente la exposición, Jake levantó la mirada y Dirk presiono el obturador.
La cámara capturó el sonido seco de la primera fotografía. Jane miró hacia él y después hacia Jake, que seguía observándolo en lugar de observar a su hija.
Jane enderezó la espalda.
—¿Qué ocurrió entre ustedes?
Jake bajó la mirada hacia la bebé. Le acomodó una de las mangas, aunque no había nada de malo en ellas.
—No ocurrió nada—dijo—. Solo dejamos de hablar.
Jane no respondió de inmediato.
—No fue esa la pregunta.
Jake levantó la vista y Dirk reconoció aquella expresión. La pausa previa a una respuesta cuidadosamente ensamblada, lo suficientemente cierta como para que no fuera mentira y lo suficientemente incompleta para no significar nada.
—Éramos amigos—dijo Dirk.
Era exactamente la palabra que Jake siempre utilizó en esos años.
