Chapter Text
El primer indicio de que algo estaba mal lo sintió Sebastian Vettel.
Por supuesto que lo había notado él. Su instinto de omega parecía tener una especie de radar especial cuando se trataba de Max. Podían pasar años, podían cambiar los equipos, los circuitos y hasta las personas que rodeaban al neerlandés, pero para Seb había cosas que nunca cambiaban: Max seguía siendo su cachorro. Un cachorro considerablemente más alto, más fuerte, campeón del mundo y perfectamente capaz de poner nervioso a medio paddock con solo fruncir el ceño... pero su cachorro, al fin y al cabo.
Y ese cachorro se veía horrible.
El alemán lo observará desde el otro lado de la mesa durante varios segundos antes de decidir que ya había esperado suficiente.
—Te ves horrible.
Max ni siquiera levantó la mirada de la taza que sostenía entre las manos.
—Gracias.
—Lo digo en serio, kleiner Welpe. ( cachorro pequeño )
—Eso lo hace mucho peor —susurró el omega menor.
Seb soltó una pequeña risa. Max intentó beber otro sorbo de café, pero el sabor le revolvió nuevamente el estómago e hizo una mueca apenas perceptible. Apenas. Para cualquier otra persona, probablemente habría pasado desapercibida; para Seb, no. El zorro que habitaba dentro de él levantó inmediatamente la cabeza.
Algo está mal.
Seb se quedó quieto. Había aprendido muchos años a escuchar a su animal interior; no siempre le hacía caso —porque a veces su instinto podía ser exageradamente dramático—, pero cuando se trataba de su hijo, rara vez se equivocaba. o. Había aprendido muchos años a escuchar a su animal interior; no siempre le hacía caso —porque a veces su instinto podía ser exageradamente dramático—, pero cuando se trataba de su hijo, rara vez se equivocaba.
El aroma del omega era diferente. No era algo evidente, no todavía, pero estaba ahí.
Seb ladeó ligeramente la cabeza.
—Maxie.
-No.
—Ni siquiera dije nada, cachorro.
—Te conozco. Eres como mi madre, sé cada uno de tus movimientos.
—Eso es verdad jaja.
Max suspiró mientras Sebastián sonreía. El omega alemán apoyó los codos sobre la mesa y se inclinó un poco hacia adelante. Sus orejas de zorro permanecían completamente erguidas y su cola se movía lentamente detrás de él.
—¿Hace cuánto?
Max levantó la mirada con un rostro que denotaba confusión.
—¿Hace cuánto qué?
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Hacerte el idiota.
—No me estoy haciendo el idiota.
Seb levantó una ceja. Max apartó la mirada.
—Scheiße. ( Mierda. )
El hibrido de zorro se quedó en silencio durante un segundo. Después sonrió de forma socarrona mientras le daba una mirada larga al León holandés.
—Ah. Entonces sí pasa algo.
—Halt die Klappe. ( Cierra la boca. )
—Maxie.
—Seb.
—Was ist los? ( ¿Qué pasa? )
Max cerró los ojos. Ahí estaba la razón por la que había intentado evitar a su madre omega toda la mañana: desde que el omega mayor le había enviado un mensaje emocionado diciendo que iba a ir al paddock para verlo, Max sabía perfectamente que no iba a poder esconderle nada. No porque no confiara en él —todo lo contrario—, sino precisamente porque confiaba demasiado.
—Dejé los supresores.
El zorro dentro de Seb se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
Max volvió a beber de su café.
—Dejé los supresores —logró repetir con un tono más irritado.
—¿Cuándo?
—Hace una semana.
Seb dejó caer lentamente la espalda contra la silla.
—¿Hace una semana?
—Sí.
—¿Una semana entera?
Max hizo una mueca.
—No necesitas repetirlo. ¿Acaso no me estás escuchando? —susurró con molestia.
—¡Maxie!
El grito provocó que varias personas cercanas giraran la cabeza. Max se hundió ligeramente en su asiento, tratando de pasar desapercibido.
—Por favor, no grites —suplicó, con un tono tan patético que a él mismo le dio vergüenza escucharse.
—¡¿Cómo querías que reaccionara?!
—Normal, sin mucho escándalo.
—¿Normal? —logró pronunciar el omega mayor con una risa incrédula, mirándolo como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.
—No estaban funcionando. - Max se encogió de hombros, fingiendo despreocupación.
Aquello hizo desaparecer inmediatamente la expresión divertida del alemán.
—¿Qué quieres decir con que no estaban funcionando?
—Ya me escuchaste.
—Max…
—No podía ocultarlo más: mi propio aroma estaba cambiando y mi omega se retorcía de pura ansiedad dentro de mi —soltó el menor con un deje de tristeza—. El médico me lo había advertido, pero no quise escuchar. Seguir tomándolos solo terminaría siendo peor para mi salud.
Seb respiró profundamente. El zorro dentro de él seguía completamente alerta. No estaba enojado, no realmente; estaba preocupado, y esa era una diferencia importante.
—¿Y no pensabas decírselo a nadie?
Max levantó una ceja.
—¿A quién?
—A Charles, por ejemplo.
EL omega alemán lo observó fijamente, con una expresión acusatoria y analítica que no presagiaba nada bueno. Max, sintiendo el peso aplastante de esa mirada sobre los hombros, rompió el contacto visual de inmediato y bajó la cabeza. Apretó las manos alrededor de la taza de café humeante con una rigidez delatora, concentrándose en el líquido oscuro como si allí pudiera encontrar una vía de escape.
Seb entrecerró los ojos, inclinando ligeramente la cabeza. El zorro en su interior agitó la cola con lentitud, olfateando la culpa que se desprendía de su cachorro antes de que este pudiera pronunciar una sola palabra.
—Max...
—¿Qué?
—¿Tu alfa lo sabe?
—No, creo que no.
El zorro de Seb dejó escapar un gruñido; no de amenaza, sino de pura frustración.
—Mein Gott. ( Dios mío )
—No es tan grave.
Seb cerró los ojos. Ahí estaba: la frase favorita de Max. La frase que siempre significaba que definitivamente sí era algo bastante grave.
—Tu pareja lleva años contigo. Es tu destinado, el alfa que probablemente puede reconocer tu aroma desde el otro lado del planeta... ¿y tú decidiste no decirle que dejaste los supresores hace una semana? —gruñó Sebastián, ya molesto con su pequeño leoncito.
Max frunció el ceño y echó hacia atrás sus orejas rubias de león, adoptando una postura clara de regaño y terquedad. Su animal interior se erizó en protesta, reacio a dar el brazo a torcer mientras apretaba la mandíbula frente a la mirada inquisidora del mayor.
—No quería que reaccionara así.
—¿Así cómo?
Max hizo un gesto despectivo con la cabeza hacia la pista.
—Como si fuera diferente.
Seb lo observó durante unos segundos y, esta vez, comprendió. No era que Max no quisiera que Charles lo supiera: era que no quería que Charles empezara a verlo de otra manera.
El problema era que Max había pasado demasiados años luchando contra esa misma idea. Ser omega nunca había sido algo que pudiera esconder completamente, pero había aprendido a mantenerlo bajo control gracias a los supresores, los cuales le permitían competir sin preocuparse por su aroma. Le permitían ser simplemente Max: el piloto, el campeón, el hombre que había pasado toda su vida demostrando que podía estar en lo más alto sin importar lo que dijeran los demás... Pero ahora aquello estaba cambiando y no sabía cómo sentirse al respecto.
—Du bist ein Idiot ( eres un idiota ), ¿lo sabes?
Max levantó la mirada, emergiendo de la maraña de pensamientos en la que se había convertido su mente.
—Sí.
—Bien.
—¿Eso es todo?
—Por ahora.
Max soltó una pequeña risa nerviosa, liberando un poco la tensión que había estado conteniendo por días. Seb sonrió y, por unos segundos, el ambiente se aligeró... hasta que una presencia se acercó a ellos.
Kimi Räikkönen.
El finlandés había estado observándolos desde unos metros más atrás. No necesitaba escuchar la conversación para entender que algo estaba ocurriendo: su lobo había percibido la alteración del aroma de Max hacía rato. Kimi no era tan expresivo como su pareja —nunca lo había sido—, pero conocía a Max desde hacía muchos años y, sobre todo, amaba a Sebastián. Eso significaba que Max venía incluido en el paquete, sin otra opción. Seb y Kimi llevaban años juntos. Su relación era tranquila, estable y extrañamente silenciosa para cualquiera que no los conociera; no necesitaban demostrarse nada. Kimi podía pasar diez minutos sentado al lado de Seb sin decir una sola palabra y, aun así, ambos parecían mantener una conversación completa.
Max había terminado formando parte de esa dinámica. No por una decisión oficial, simplemente había ocurrido: era su cachorro. El cachorro que Seb había ayudado a cuidar cuando todavía era demasiado joven para entender cómo funcionaba este mundo en el que estaban metidos, y que Kimi había aprendido a querer a su manera. Por eso estaban allí; sí, habían ido a ver la carrera... pero también habían ido a ver a su Max.
— ¿Qué pasó? —inquirió Kimi con voz pausada, dando un par de pasos hasta quedar al lado de Seb.
—Nada. - Max respondió antes de que su madre diga alguna palabra.
—Dejó los supresores. - el alemán giró la cabeza hacia su alfa y lo soltó sin ninguna vergüenza, exponiendo la terquedad de su cachorro de un solo golpe. No le importó la mirada fulminante que Max le lanzó desde el otro lado de la mesa; el alemán estaba decidido a que no seguir ocultando cosas tan importantes como su propia salud.
Kimi miró a Max y luego a Seb, y dijo sin ninguna vergüenza: —A mí no me importa tu orgullo. Me importa que hueles a omega en celo en medio de una jauría. Soluciónalo o lo soluciono yo.
—¿Eso es todo lo que vas a decir? —preguntó Seb, parpadeando ante la frialdad del finés.
—¿Qué quieres que diga? —Kimi se encogió de hombros con total indiferencia—. Te dije que dejaras de mentirte.
—Nunca me dijiste eso —intervino Max, cruzándose de brazos.
—Lo pensé.
Seb soltó una breve carcajada y Max puso los ojos en blanco, resoplando con fastidio.
—Son insoportables, de verdad.
—Y aun así nos quieres —sonrió Seb, aunque su zorro no dejaba de moverse, inquieto.
—No tanto.
—Charles tiene que saberlo —sentenció Kimi, alzando apenas la barbilla en un gesto de alfa veterano que no daba espacio a réplica—. No es un consejo, Max. Es una orden antes de que la cosa se ponga fea.
—Lo sé —suspiró Max, cerrando los ojos por un instante.
Podía sentir la lógica aplastante de lo que le estaban diciendo. En su pecho, el león interior soltó un bufido bajo y dejó caer la cabeza sobre sus patas, agitando la cola en un gesto abatido que reconocía la derrota ante la razón. Su lado animal sabía que tenían razón, que era lo más prudente. Sin embargo, el orgullo indomable del neerlandés siempre terminaba pesando más.
El felino volvió a erguirse a la defensiva, enseñando los colmillos en el fondo de su mente. Max abrió los ojos y negó con la cabeza de forma tajante:
—Pero no.
—¡Emilian! —interrumpió el alemán con total indignación.
-No.
—Max Emilian...
-No.
—Schatz...
—No —soltó el neerlandés con un último gruñido, dando por finalizado el tema.
Seb miró de reojo a Kimi, buscando esa complicidad serena que solo el finlandés sabía transmitirle. El veterano permanecía apoyado con los brazos cruzados, proyectando una presencia sobria e imponente. Parecía ajeno al drama, pero su lado animal estaba en alerta máxima: erguía las orejas invisibles y mantenía la mirada fija en el pasillo, actuando como el líder protector de su pequeña manada.
Aun así, el zorro en el interior de Seb se mostraba cada vez más inquieto, paseándose en círculos y erizando el pelaje del lomo. A su lado, el gran cánido de Kimi dejó escapar un gruñido bajo y profundo que le retumbó en el pecho, moviendo apenas las narinas para analizar el aire. Él también lo sentía: ese peligro instintivo que ponía en guardia a cualquier macho maduro cuando un cachorro terco arriesgaba su propia seguridad.
El rastro dulce y envolvente del menor ya se filtraba fuera del garaje, convirtiéndose en un faro inevitable dentro de un entorno colmado de rivales territoriales. Kimi entornó los ojos hacia los hospitalities mientras el pequeño depredador de Seb agitaba la cola con nerviosismo.
La barrera protectora que ambos construían alrededor del neerlandés no bastaría si Max insistía en ignorar la verdad: su aroma expuesto no tardaría en atraer una atención que el orgullo de su león jamás podría soportar.
