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Characters:
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Language:
Español
Series:
Part 2 of Julienzo One Shots
Stats:
Published:
2026-09-13
Words:
1,970
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
44
Bookmarks:
2
Hits:
374

Ganar OS JULIENZO

Summary:

Julián estaba acostumbrado a perder.

Era casi como si la mala suerte lo hubiera elegido desde niño. Pero todo cambió el día que, por una simple confusión de aulas, conoció a Enzo.

Lo que parecía una coincidencia terminó convirtiéndose en el comienzo de una historia que demostraría que algunas pérdidas solo son el camino hacia aquello que realmente estamos destinados a encontrar.

 

OS JULIENZO
PURO FLUFF

Notes:

Espero que les guste este pequeño OS que me salió. Es puro fluff y amor porque para sufrir ya tenemos la vida real.
Si gustan, pueden dejarme un comentario de qué les pareció! Saludos!

Work Text:

Julián siempre había perdido en la vida. Estaba acostumbrado a ello. Desde que era solo un niño había perdido hasta en lo más mínimo.

Cuando iba a jardín, sus compañeritos siempre le robaban la merienda.

Cuando iba a primaria, jamás lo elegían para jugar a la pelota.

Cuando estaba en secundaria, nunca lo elegían para hacer grupo con sus compañeros.

Había perdido la oportunidad de su primer beso con una chica de su salón cuando uno de sus compañeros se adelantó y la besó delante de todos.

En su casa, sus hermanos eran los que tenían más suerte. Siempre les tocaba la ropa nueva y a él heredar lo que a ellos ya no les quedaba.

Ya más grande, en la facultad, había perdido el año cuando se dio cuenta que estudiar enfermería no era lo que siempre había pensado que sería. Tuvo que cambiarse de carrera dos veces más para encontrar su amor por la docencia pero aún así había perdido bastante tiempo en ello.

Su mejor amigo Lucas, se había mudado a España cuando tenía dieciséis años y a partir de ahí no había tenido una amistad como la suya.

Sus anteojos se le rompían cada dos por tres. Una vez su mochila se le había roto en medio de la calle y un auto piso su cuaderno de la materia que tenía que cursar justo.

Su vida había sido así siempre, algo a lo que Julián estaba simplemente acostumbrado. Desde que tenía memoria le sucedían esas cosas, que muchos llamarían mala suerte. Pero para él era había sido su vida desde que tenía memoria. Igualmente Julián era feliz, no podía decir lo contrario más allá de esas situaciones que a muchos podrían causarles gracias. A veces a él también, en retrospectiva.

A lo que Julián no estaba acostumbrado nunca era a ganar. Eso sí que era algo raro en su vida. Lo descolocaba esa suerte que parecía haber pegado desde el día que conoció a Enzo.

Julián por fin podía decir que sí había ganado, aquella mañana que recursaba una materia por haberse olvidado de inscribirse para rendir y perder el final. Ganó cuando aquel morocho de piel trigueña, ojos oscuros y chispeantes, bañado por algunos tatuajes se había sentado a su lado porque se confundió de aula.

Había ganado cuando ese chico comenzó a hablarle de la nada, sacando conversación cuando Julián parecía absorto por la belleza de ese chico. Se había ganado una sonrisa luminosa cuando le hizo un pequeño chiste, que para Enzo había sido de lo más gracioso y hasta el día de hoy Julián no recuerda qué fue lo que le había dicho.

Cuando Enzo le pidió ser novios, después solo un mes de haberse conocido y haber salido prácticamente todos los fines de semana a merendar o ir a algún partido de fútbol con los amigos del tatuado. Enzo había sido el más cursi, cuando supo que Julián era fan de esto. El rizado no podía creer que le había preparado una cena romántica, a la luz de las velas y con un champagne espumante para el brindis. Le había cocinado, lo había esperado y le había pedido ser novios con una caja de chocolates de esas que tienen formas de letras con '¿Querés ser mi novio?'

Enzo le había hecho el amor de la forma más dulce y delicada esa misma noche, tocándole el cuerpo pero también el alma con cada caricia suave, con cada susurro en la penumbra de aquella madrugada primaveral. Le había preparado el desayuno para cuando se habían despertado, enredado en las sábanas que fueron testigos de aquel amor desmedido. Una rosa roja entre medio de las tostadas y el café, de las masitas dulces y la miel y mermelada.

Julián no sabía lo que era ganar, no estaba acostumbrado. Pero Enzo se aseguró de que supiera. De que se acostumbrara a ello, porque cada día se aseguraba que Julián supiera lo valioso y precioso que era y Julián no sabía lo que era ganar hasta ese momento.

Cuando Enzo le pidió vivir juntos, con una lleva dentro de una pequeña caja con un llavero en forma de corazón y un foto suya en aquella aula, donde se habían cruzado por casualidad.

Cuando llegaba a casa después de un día cansador de dar clases, y Enzo lo esperaba con la cena o con un baño caliente Julián sabía que había ganado pero jamás se acostumbraría a ello.

Enzo también había ganado, por supuesto que sí. Pero él estaba acostumbrado a hacerlo, con ese aire canchero que parecía tener todo resuelto desde siempre. Enzo estaba acostumbrado a ganar y sí que lo hizo. Cuando Julián lo miraba con esos ojos marrones llenos de amor y ternura, se sentía el más ganador de todos.

Cuando Julián apoyaba su espalda contra su pecho cuando miraban una película en el sillón, cuando lo escuchaba reírse a carcajadas por algún chiste u ocurrencia suya, Enzo ganaba. Ganaba el mundo cuando Julián susurraba su nombre con vehemencia al hacerle el amor cómo a él le gustaba, cuando lo tocaba y besaba de esa manera tan suya. Enzo ganaba porque Julián le pertenecía en cuerpo y alma, y Julián le daba su vida entera. Su amor, su cariño, su amistad, su tiempo. Su todo.

Cada vez que se despertaba por las mañanas, con su brazo rodeando su estrecha cintura, sus labios y nariz en la nuca de Julián, su piel cálida y suave bajo sus dedos, Enzo sabía que había ganado. En aquellas mañanas donde el tiempo no apuraba, donde no había reloj y solo besos y caricias sabía que era un ganador.

Julián se entregaba a él y el se entregaba a Julián como dos almas que eran una sola.

Ambos habían ganado, cuando dos almas que eran una pensaban en lo mismo. Habían ganado aquella noche de primavera cuando fueron a cenar por su quinto aniversario de novios y sin saber ambos escondían en sus bolsillos la promesa de un futuro juntos, pero como esposos. Julián rió de una manera que Enzo quería enfrascar el sonido y llevarlo consigo a dónde fuera. Julián rió con lágrimas en los ojos y arrugando la nariz cuando Enzo sacó aquel anillo de saco azul oscuro, siendo que con manos temblorosas Julián lo imitó porque habían tenido la misma idea y comprado un anillo casi idéntico. Enzo lo acompañó en aquella risa que despertaba miradas ajenas y luego un coro de aplausos se oyó cuando ambos aceptaban la propuesta del otro y se colocaban en anillo uno al otro.

Eran ridículo, la forma en la que el universo trabaja para cumplir tus deseos aunque uno no siquiera supiera cuáles eran. Julián jamás pensó que podía ganar aquel compañero de vida, aquel amor incondicional que atravesaba el tiempo y el espacio, que atravesaba dimensiones y los había unido para resto de sus vidas.

Julián no sabía ganar, pero la vida le enseñó a hacerlo. Le enseñó a aceptar que a veces también uno podía ganar porque desde aquel día en aquel viejo aula de la facultad, Julián había aprendido lo que era. Lo que significaba ganar a alguien como Enzo porque él nunca lo había hecho. Hasta que lo hizo.

Aprendió a ganar día a día y a dar gracias por ello. Ganó un amor de por vida, ganó aquello que muchos solamente sueñan o se imaginan. Él lo tenía consigo todas los días y todas las noches porque Enzo era incondicional y lo amaba por sobre todas las cosas. Julián sostenía el corazón de Enzo en sus manos, lo sentía latir y vibrar cada instante. Enzo tenía el alma de Julián en las suyas, suave y liviana porque él era así.

Julián era etéreo y Enzo lo tenía todo para si, se lo bebía en casa beso y en cada toque.

–Amor, ¿Estás en casa?– Enzo alzó la voz ni bien entró a su casa, sin necesidad de una respuesta. El aroma a café recién hecho y pan tostado eran su respuesta.

Caminó por el pasillo hasta la cocina, donde se encontró con la vista más bella y preciosa de todas. Ahí estaba su Julián, el amor de su vida y no pudo evitar que un sonrisa se dibujara en su rostro mientras lo veía mover las caderas a son de la baja música. Se permitió mirarlo unos segundo sin que su esposo se diera cuenta y Enzo no sabía que había hecho para tener esa suerte de poder llamar suyo a Julián porque este era de otro mundo, se había escapado de una dimensión desconocida solamente para él y Enzo se sentía haber ganado el universo.

Julián se sobresaltó cuando unas grandes manos lo tomaron de sorpresa por la cintura y un cuerpo por demás conocido se pegó a su espalda. Rió cuando esté le mordió suave una oreja y ese sonido era el más preciado para Enzo porque Julián solamente se reía así con y para él y Enzo estaba tan enamorado que se sentía desbordar por completo. Llevaban seis años de casados y parecía que fuera él primero. El castaño se dió vuelta dentro del abrazo y lo rodeó con sus dos brazo.

–Llegaste antes, amor– susurró, su cálido aliento pegando de lleno a Enzo y este atinó a asentir, paralizado por esos ojos profundos y llenos de amor, esas pestañas largas que por la cercanía podía contarlas y aroma a Julián, que era su preferido en el mundo entero.

–Te extrañé mucho – le contestó el más alto, besando su nariz y su frente.– Mucho. Por eso salí antes del trabajo.

Enzo era también profesor, como él pero de ciencias de la educación a diferencia de Julián que era de tecnología.

Julián asintió y dejó un suave beso en los labios hechos pucheros de su esposo. Enzo lo siguió como quien sigue la luz en total oscuridad, llevando sus manos hacia la espalda baja del castaño. Besó otra vez y otra vez esos labios que tanto le gustaban y que tenían forma como los suyos, ya que encajaban a la perfección.

–Yo también, mí amor– susurró Julián, satisfecho con la cercanía de su esposo.– Tengo listo la merienda. Andá a buscar a tu hija a pieza mientras llevo todo a la mesa.

Enzo sonrió completo, mostrando todos los dientes antes la mención de su hija.

Ah sí, tenían una hermosa hija de tres años de edad que era la luz de los ojos de sus padres. Cuando la habían visto por primera vez aquel día de enero cuando la conocieron hacía más de un año, todo se había vuelto tan irreal. Tan perfecto.

Tenían una vida de ensueño, una que quizás jamás habían creído poder tener. Al final de cuentas, eran suertudos en un mundo sin suerte porque coincidir con tu alma gemela no era poca cosa. Enzo supo aquello desde el primer momento en el que posó sus ojos en aquel joven con la mirada avergonzada y un poco de acné en las mejillas. Aquella voz dulce y suave había sido su predicción en ese preciso instante en que lo escuchó por primera vez y supo entonces que sería de él resto de su vida. Jamás hubo alguien más para él desde ese instante y jamás habría otro después de él porque Julián era su después siempre, su destino.

Ese joven Julián al que nada le salía y el que siempre perdía no sabía lo que la vida le tenía preparado. Quizás era un premio por la mala suerte que siempre había cargado consigo o vaya a saber uno qué, pero no le quedaban dudas de que mirando a su hermosa familia en ese momento sabía que había ganado todo.

Sí, Julián había perdido siempre cuando fue adolescente pero ahora sabía lo que era ser un ganador porque ¿cómo no hacerlo?

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