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Español
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2026-09-20
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the angels tonight are suffering as i am to merely behold you

Summary:

Relaja la mano y recorre con el dedo índice desde la frente de Pedri a la punta de su nariz. El gesto está cargado de toda la suavidad y ternura que puede, es la manifestación física del amor que corre por sus venas. En sus dedos hay mil capilares que dejan a su paso restos de cariño que Ferran ha estado embotellando durante años. Ya no quiere guardarlo más. Este amor no es suyo, no le pertenece, es todo para Pedri..

Todo ha cambiado menos él. Todo ha cambiado menos lo enamorado que está de su mejor amigo.

o: Ferran y Pedri vuelven del parón internacional y Ferran se despierta en mitad de la noche para mirar a Pedri mientras duerme.

Notes:

yo llevaba años sin escribir y ayer me puse sleep token en bucle y acabé durmiéndome a las 3 por estar escribiendo esto. y todo por futbolistas, fíjate.

título: drag me under - sleep token (sundowning)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Cuando se despierta, hace frío.

El verano da sus últimos coletazos por el día, el sol todavía abrasa a la hora de comer y las tardes siguen haciéndose un poco pesadas, pero por la noche ya está refrescando. Corre una brisa ligera, un poco fría pero soportable, es bienvenida después del calor del atardecer pero él no está vestido para la ocasión.

Ferran abre los ojos lentamente e intenta quitarse el sueño de encima, lucha contra el peso de sus párpados y hace un esfuerzo casi titánico por despegar sus pestañas. Con los ojos bien abiertos, parpadea lentamente para poder acostumbrarse a la oscuridad. Reconoce la casa de Pedri: el otro sofá en el lado derecho, el mueble de la tele al fondo, el ventanal que da al jardín un poco más atrás, Nilo tumbado en el césped mirando a la luna.

Todas las ventanas y puertas están abiertas, de ahí viene el frío que lo ha despertado, y la tele se ha apagado sola, a saber hace cuánto. No es una sorpresa que se haya quedado dormido viendo el partido, el cansancio típico de después de una concentración con la selección le viene pesando en los huesos dos días.

Se estira en el sofá para quitarse el entumecimiento de los músculos mientras piensa qué hacer, si comer o intentar dormir de nuevo, cuando siente su mano chocar con algo suave.

Gira la cabeza y se encuentra con Pedri, sentado de lado, con el costado apoyado contra el respaldo y las piernas dobladas. Sigue dormido, tiene los ojos cerrados y la boca levemente abierta, respira con lentitud y la pena que parece haberse instalado en sus facciones estas últimas semanas no está. Se ve en paz, tranquilo.

Ferran se mueve hasta imitar la postura del otro hombre, pero él dobla un brazo y apoya la cabeza en la mano.

— Ey, tú —llama suavemente, casi en un susurro.

Pedri ni se inmuta, no mueve ni un músculo, y Ferran suelta el aire por la nariz en una risa ahogada. Está frito, piensa.

La brisa se intensifica y un escalofrío le recorre la columna mientras todo el vello de sus brazos se eriza. Se levanta con cuidado de no hacer ruido ni de hundir mucho los cojines para no interrumpir el sueño de Pedri.

Lo primero que hace es salir al jardín, donde la brisa es más intensa y él sigue en manga corta, shorts y sin zapatos. Siente el frío especialmente en los dedos y suelta un taco.

— Venga, Nilo —dice con un golpecito en el lomo del animal—, a casa que es tarde y si tu padre se entera de que has estado fuera toda la noche me mata.

El perro se levanta con pereza y sacude la cola cuando reconoce a Ferran. Da una vuelta sobre sí mismo y se le acerca a las rodillas a darle golpecitos con el hocico. Él se ríe suavemente mientras baja las manos para acariciarlo y Nilo aprovecha para lamerle los dedos. Por lo menos ya no tiene frío.

El perro corre hacia el salón y Ferran lo llama de nuevo.

— Nilo, suave, que Pepi está durmiendo.

Nilo parece entender el mensaje porque reduce la velocidad y entra en la casa en silencio, o por lo menos lo intenta. La paz no dura mucho porque al ver a su dueño se emociona y salta sobre el sofá, justo detrás de Pedri.

— ¡Pero, Nilo! —reprocha Ferran en un susurro, no queriendo contribuir al alboroto.

Por suerte, Pedri no se da cuenta. El peso del perro en el sofá ha desquilibrado un poco su postura y su cabeza se ha echado levemente hacia atrás, pero nada más. Su expresión no ha cambiado, sigue dormido.

Ferran entra en la casa muy lentamente, cada paso calculado al milímetro para hacer el menor ruido posible. Cierra el ventanal grande tras él con toda la suavidad posible, se gira de nuevo hacia Pedri para comprobar que no lo ha despertado. Nada. Bien.

Cierra el resto de ventanas y la puerta, pero aún así el salón sigue un poco frío. Ha dejado sus cosas en el comedor al llegar, así que se dirige hacia su maleta para recoger la sudadera y ponérsela. Camina un poco más hasta llegar al armario donde Pedri guarda los manteles finos y las mantas.

Saca una cualquiera y vuelve al salón, siempre suave y con cuidado. Desdobla la manta y está apunto de tapar a Pedri con ella pero el impulso le gana y en vez de eso entierra la nariz en la tela. Huele a Pedri, como todo en esta casa, y Ferran no puede evitar que las lágrimas se le acumulen en los ojos.

No hace mucho que esta casa y esa misma manta también olían un poco a él, una consecuencia obvia de pasar tanto tiempo aquí, sentado en el sofá, envuelto en mantas y abrazado a los cojines. Han pasado solo dos meses desde que se fue a París, pero antes de eso habían estado en Estados Unidos y después, de vacaciones. La última vez que estuvo en casa de Pedri fue… ¿tal vez mayo?

De mayo a agosto, tres meses en los que la casa se había quedado vacía excepto por las visitas ocasionales de algún amigo para regar plantas. Tres meses en los que el olor de Ferran ha ido desapareciendo. Y cuando tocaba volver, cuando le tocaba ocupar su lugar en el sofá, su silla en la mesa del comedor, se fue a París.

Esta casa, que era más su casa que la casa en la que había vivido, ya lo ha olvidado. Ya no quedan los restos del "huracán Ferran", como lo llama Pedri, por ninguna parte. Ferran ya no pertenece a esto. Ya no es la "casa de Pedri o prácticamente de Ferran porque estás ahí todo el rato, tío" ahora es solo la casa de Pedri. Nada más, sin apellidos.

Algo se le atasca en la garganta, no sabe muy bien qué, pero lo toma como la señal para dejar de oler mantas como un rarito y tapar a su amigo. La manta es muy grande, o puede que Pedri sea muy pequeño, porque parece que lo engulle, hay un borrón color crema enorme del que sobresale una cabeza con el pelo blanco. El cariño se acumula en el pecho de Ferran, sube y sube hasta que rebalsa y no puede evitar la sonrisa que le inunda la cara: de oreja a oreja, con el corazón latiendo con fuerza.

Hay tantos sentimientos atascados en su pecho, enredados en sus costillas, trepando por sus pulmones, clavados en su diafragma, que lo único que puede hacer es darse la vuelta y salir del salón. No vaya a ser que haga algo estúpido como llorar, o arrodillarse y pedirle perdón a Pedri en valenciano, español, inglés y el poco francés que sabe, o acariciarle la cara milímetro a milímetro para memorizarla o… besarlo.

Enciende la luz apenas entra en la cocina y cierra la puerta tras de sí. Saca un vaso y la botella de agua de la nevera para servirse un poco, abre el armario para sacar unas galletas que sabe que no debería comer pero es tarde y está triste y han estado concentrados 3 semanas, que le den a la dieta porque se las merece. Todo le sale con una naturalidad que todavía no tiene en su casa de París. Por las mañanas tarda dos intentos en encontrar la taza del café y siempre se le olvida en qué lado de la nevera ha guardado la leche. El dolor en su pecho aumenta.

Come en silencio, con la mirada perdida en algún punto de la isla en el centro de la cocina. Recuerdos de él y Pedri en ese mismo punto se sobreponen uno sobre otro, todos al mismo tiempo, en el mismo lugar. Es gracioso porque llegó el punto en el que Pedri y él eran tan predecibles, siempre en la misma posición, siempre haciendo lo mismo: él apagaba la vitrocerámica y Pedri ya estaba detrás con dos platos, listo para servir lo que fuesen a cenar. Pedri decía que estaba rico antes de sentarse a comer y Ferran rodaba los ojos y lo acusaba de mentiroso porque todavía no lo había probado. Y la escena era la misma, noche sí y noche también.

Se pregunta cuánto tardará en sentirse cómodo en París, cuánto tardará en acostumbrarse a los cielos más grises que Barcelona, al francés, a los compañeros que no entienden sus bromas, a conducir a los entrenamientos, a cenar solo. Después de un rato de pensarlo bien, se da cuenta de que la pregunta realmente es cuánto tardará en acostumbrarse a estar sin Pedri. Y aunque es consciente de que la respuesta debería ser "poco" o por lo menos "espero que poco", lo único que puede pensar es que ojalá nunca se acostumbre. No quiere acostumbrarse a una vida en la que no está Pedri.

Un ladrido lo saca de sus pensamientos. Abre la puerta de la cocina y se asoma un poco para tener buena vista del sofá, Nilo se ha bajado y está mirando a Pedri. Parece ser que él no le hace mucho caso, porque Nilo sacude el morro indignado, se gira y se va hacia el comedor, a la esquina donde le gusta dormir.

Ferran se queda quieto, esperando que la cabeza de Pedri se asome por el borde del sofá, que lo mire con la mirada llena de sueño y le diga "Ferri, tengo hambre" con voz pastosa. Porque ellos son así, predecibles, siempre haciendo lo mismo.

Aunque esta noche es diferente, porque Ferran está aquí como un extraño y no como un casi habitante de la casa. Y como es diferente, Pedri no se mueve. Un ladrido que lo hubiese despertado otras mil veces, parece que en la milésimo primera no lo despierta. ¿Será que el cansancio de hoy pesa más que el de otras noches? ¿O será que ambos están cambiando? El mundo no espera, recuerda Ferran, todo cambia constantemente. Ellos no iban a ser la excepción.

Ya han cambiado demasiadas cosas en los últimos meses. Su vida es una espiral sin fin de cambios por todas partes, cosas nuevas a las que acostumbrarse, sitios y personas que no conoce, así que se aferra a lo que sí conoce. Vuelve a meterse en la cocina y sirve otro vaso de agua, saca un bol y le pone unas uvas a Pedri porque es lo que le gusta comer cuando se despierta en mitad de la noche, saca un yogur de la nevera también, por si acaso, porque si no quiere uvas pedirá yogur. Siempre lo hace.

Vuelve al salón con mucho cuidado de no hacer caer las cosa que trae, que Pedri no se haya despertado por el ladrido no quiere decir que haga falta despertarlo con un plato roto. Lo deja todo con cuidado en la mesita de centro y se gira, una vez más, para mirar a su amigo.

Pedri se ha acomodado en el sofá, ya no está sentado sino que se ha tumbado boca abajo, tiene la cara girada y apoyada en una mano y ha estirado tanto los pies que se salen de la manta. Sus piernas llegan a donde estaba tumbado Nilo, habrá sido eso lo que lo ha hecho ladrar y bajarse. Ferran estira mejor la manta para cubrirlo entero, de nuevo una mancha que engulle todo menos la cabeza de Pedri, y se sienta en el suelo.

Se dispone a despertarlo, tiene que comer algo y luego irse a dormir a la cama o le va a doler el cuello, ha caído en la peor posición. Siempre lo despierta de la siesta con golpecitos del dedo índice en la frente, un poco por encima del entrecejo, y Pedri se despierta enfurruñado y le pregunta que si no tiene nada mejor que hacer y Ferran le responde que nada es mejor que tocarle los cojones.

Estira el brazo y posa el dedo en su frente pero, de un momento a otro, su mano se paraliza y no puede hacer nada. Tantas cosas han cambiado y él está aquí aferrado a lo mismo de siempre, ¿no será momento de avanzar? Si ya nada es lo mismo, si esta casa ya no lo recuerda, ¿debería cambiar él también?

A la mierda.

Relaja la mano y recorre con el dedo índice desde la frente de Pedri a la punta de su nariz. El gesto está cargado de toda la suavidad y ternura que puede, es la manifestación física del amor que corre por sus venas. En sus dedos hay mil capilares que dejan a su paso restos de cariño que Ferran ha estado embotellando durante años. Ya no quiere guardarlo más. Este amor no es suyo, no le pertenece, es todo para Pedri.

Todo ha cambiado menos él. Todo ha cambiado menos lo enamorado que está de su mejor amigo.

Es un hipócrita, lo sabe muy bien. Se fue a París para alejarse de todo y empezar de cero. El odio de la afición se estaba volviendo insoportable, ni aún marcando un gol de mundial se los había quitado de encima. La desidia palpante del club respecto a su renovación le había dado un empujón más para irse. Podría haberlo aguantado todo, excepto la falta de aire.

Todo era soportable, todo se podía superar de una manera u otra con Pedri a su lado para animarlo cuando estaba mal, para recordarle que él estaba en los planes del club, en los planes de Flick. Pero a medida que pasaba el tiempo, todo el amor que sentía hacia Pedri había empezando a ahogarlo. Justo antes de irse abrazó a Pedri y sintió mil agujas en toda su caja torácica, todo el amor que no era capaz de verbalizar se había materializado en espinas alrededor de sus pulmones y de su corazón.

Pensó, como un tonto, que en Francia todo el ecosistema invasor de su pecho se disolvería en lágrimas, que podría volver a respirar sin recordar que estaba enamorado de Pedri. Obviamente, se equivocaba. En París no dolía como antes, pero el amor se fundió y se instaló entre su piel y sus músculos, llenándolo todo de pesadez, de una angustia que no es capaz de quitarse de encima. Hay días en los que quiere arrancarse la piel y raspar los restos casi calcificados hasta que sus músculos estén relucientes, nuevos, y todo ese amor que no sabe donde poner acabe en el suelo, hecho polvo. Ha pensado que puede guardarlo en una caja muy bonita, con la foto de Pedri y él con la copa del mundo encima y ponerlo en la estantería para verlo todas las mañanas.

Su dedo sigue recorriendo la cara de Pedri, va de la punta de la nariz hacia la derecha, donde Pedri tiene la cicatriz de la mejilla. Se queda ahí parado un rato, siente como la yema de su dedo se hunde levemente para luego volver a subir. Baja el dedo por su mejilla hasta llegar a su mandíbula y el contacto cae por un precipicio hasta morir.

No ha sido suficiente, la presión en su pecho sigue ahí aunque un poco más ligera, como si los nudos se deshiciesen poco a poco con cada milímetro de piel que recorre.

Es un hipócrita y un egoísta, porque sigue.

Con la punta del pulgar empieza a acariciar la mandíbula de Pedri poco a poco, saboreando cada centímetro de piel, dejando que la barba de dos días le arañe la yema. Cuando llega a la barbilla no puede aguantarse el impulso, porque lleva mucho tiempo aguantándose muchos y ya está cansado, y reposiciona la mano para agarrarle la cara entera. La punta del pulgar casi toca el labio inferior de Pedri, el índice, corazón y anular se posan en su mejilla, y el meñique lo coloca justo en la línea de la mandíbula.

Si fuese a besarlo, si dejase que todo el amor que le brota por los poros saliese por su boca, le agarraría la cara de esta misma manera, con los dedos colocados en el mismo lugar, todo al milímetro.

Se acerca un poco. No va a besarlo, imposible, los cobardes como él no toman riesgos como ese, pero quiere verlo bien.

Repara en las ojeras. Las concentraciones de este estilo siempre lo cansan un poco más de lo normal, los últimos días le cuestan mucho y solo consigue animarse cuando Ferran lo llama Pepi y le dice que el que sea una pepita de limón no significa que tenga que poner cara de haberse comido uno. Pero estas ojeras no son de estos días, vienen de antes. Las ha estado viendo en los vídeos que subían a las redes del club, están ahí desde que se fue.

Hay una parte pequeñita de Ferran, la más egoísta de todas, que se alegra por que Pedri esté pasándolo por lo menos un poco mal, aunque no tan mal como él, jamás tan mal como él. Ferran se pregunta si Pedri tendrá también un ecosistema en las costillas que le impide respirar bien, se pregunta si esa es la razón por la que su cara está adornada con dos bolsas oscuras bajo sus ojos.

La parte realista de Ferran, la más grande, retumba en su cabeza y le recuerda que Pedri también está pasando por muchos cambios: nuevas personas en el club, nuevas rutinas, nuevas ansias por ganar, más exigencia, más expectativas, más alta la torre desde la que se puede caer. Es difícil para todos, incluso para él, el niño mago. Ferran es una pincelada más de muchas en la vida de Pedri.

Pedri exhala con fuerza, se remueve un poco y cierra la boca. Ferran se queda quieto, quietísimo, como si su amigo dormido fuese un tiranosaurio rex y él, un triste bicho que no quiere que lo coman.

Su mano ha absorbido el calor que desprende la cara de Pedri y sus venas lo están transportando por todo su cuerpo. Es casi como una cura, un antídoto que recorre su piel y deshace esa masa viscosa que tiene incrustada en la última capa de la dermis. Sus sangre ya no transporta los restos de un amor estancado. A su corazón, a sus pulmones, vuelve todo ese amor que le llenaba el pecho y lo erguía, que lo sacaba al campo con orgullo a pesar de los comentarios, que lo miraba a los ojos y le decía "ojalá pudieses verte como te veo yo a ti, Ferri".

Los ojos se le llenan de lágrimas de nuevo porque sabe que todo esto es temporal, que en 24 horas estará en París, en una cama que es demasiado grande para él, que todos estos sentimientos volverán a convertirse en espinas y luego en veneno entre su piel y sus músculos. En una semana, sentirá un dolor en el cuello y se preguntará si ha dormido mal pero en el fondo sabrá que no, que su corazón ya no sabe cómo decirle que le duele y ha mandado a su cuerpo a sabotearlo.

Tener a Pedri así, en paz, bajo sus manos, lo está curando de algún modo. Tiene que haber alguna manera de hacer que la medicina dure más, que pueda tener, por lo menos, un par de días de paz en París.

Y sabe que es un cobarde cuando se levanta un poco, la mano en el mismo sitio exacto, y acerca sus labios a la cara de Pedri mientras cierra los ojos. Nunca sería capaz de hacer esto con Pedri despierto, es consciente de ello, pero todo le da igual cuando por fin siente sus labios chocar contra su frente.

El contacto dura dos segundos como mucho, pero le da tiempo a mover la mano de la mejilla a su pelo, acariciarle un poco la cabeza y rozarle la oreja con la yema del pulgar.

Se separa y vuelve a sentarse sin abrir los ojos, con la mano todavía rozando la oreja y el cuello de Pedri. Siente el pecho ligero por primera vez en meses, puede que años. El cariño, la ternura, el amor, el cuidado, no pesan, se asientan en sus costillas como si ese fuese su lugar, entre el corazón y los pulmones, y si no hay hueco se sientan en el diafragma. Amar a Pedri es tan bonito, tan fácil.

Cuando abre los ojos se encuentra a Pedri mirándolo. Tiene los ojos bien abiertos y enfocados en Ferran. No hay confusión ni pereza, no acaba de despertarse.

— Hola —dice Pedri con voz ronca, la del sueño atragantado en la garganta.

Y aunque Ferran piensa que ahora tendría que sentir pánico porque lo ha pillado acariciándole la cara y besándole la frente, todo en silencio, sin decir una palabra y respirando muy bajito, aunque es más que obvio que Pedri es consciente de que él no intentaba despertarlo con las caricias, Ferran solo sonríe. Porque el amor es fácil si es para Pedri, siempre lo ha sido.

— Buenas noches —responde en un susurro y aparta la mano, porque Pedri parece atrapado entre su antebrazo y los cojines del sofá.

Pedri gimotea suavemente y Ferran juraría que se está quejando por la pérdida de contacto, pero es un hombre responsable y sabe que hacerse ilusiones solo va a empeorar la situación, así que lo interpreta como hambre.

— Toma, bebe un poco —le ofrece a Pedri el vaso de agua— y luego comes un poco de uvas.

El chico se incorpora en el sofá lentamente, los restos de sueño le entorpecen el movimiento y se enreda entre la manta. Ferran tiene que incorporase a salvarlo, lo ayuda a sacar las piernas del nudo mientras se ríe suavemente. Cuando está sentado, Pedri le arrebata el vaso de agua de la mano y se bebe la mitad de un sorbo.

— ¿De qué te ríes? —pregunta acusatorio mientras hace un puchero.

— De que eres tan pequeño que casi te me pierdes entre las mantas —confiesa Ferran con una sonrisa. No la mide para intentar ocultar todo lo que siente por Pedri como ha hecho otras veces. Si todo va a cambiar, que cambie esto también.

— Bah —dice Pedri y pone los ojos en blanco.

Ferran se gira un poco, dispuesto a coger el plato de uvas para pasárselo a Pedri pero el otro chico se termina el agua en dos sorbos y se levanta del sofá.

— A la cama —se limita a decir Pedri y se aleja hacia su cuarto.

Ferran siente agujitas cerca del esternón, son muy pequeñas pero le reprochan que la cercanía con Pedri vaya a acabarse tan pronto. Hace seis meses, un momento tan corto, tan efímero, le hubiese dado igual, porque le sobraba el tiempo con Pedri, la vida era una sucesión infinita de momentos con Pedri. Ahora, sin embargo, tiene que guardarse estos cachitos con mucho cuidado, tiene que doblarlos bien para que no se arruguen y tenerlos bien organizados en su mente. Va a necesitarlos cuando vuelva a París.

Ver la espalda de Pedri alejarse está comiéndose la paz que había conseguido así que prefiere quitarse la imagen de la mente. Se levanta y empieza a estirar la manta como puede mientras busca un cojín un poco más cómodo con la mirada.

— ¿Qué haces? —la voz de Pedri rompe el silencio.

— Buscar un cojín —explica Ferran mientras coloca la manta en el sofá, lista para meterse debajo.

— ¿Para qué?

— ¿Para dormir? —Ferran se gira hacia él esta vez y levanta una ceja, ¿qué clase de pregunta es esa?

Pedri lo mira de arriba a abajo. Hay algo en su mirada que Ferran no sabe descifrar y lo está poniendo nervioso, un sentimiento raro se asienta en su estómago y siente que va a vomitar. ¿Le habrá molestado el beso? Ferran no cree que sea posible, ambos saben que él es cariñoso por naturaleza, no es el primer beso que le da. Pero sí es el primer beso que le da en absoluto silencio, cuando están los dos solos y cree que Pedri está dormido.

De esta no es fácil salir.

— No —se limita a decir Pedri, volviendo sobre sus pasos y alcanzando a Ferran.

— ¿No?

— A la cama —repite, pero esta vez entrelaza sus dedos con los de Ferran y lo arrastra con él hacia su habitación.

A Ferran se le suben tantas cosas por la garganta que ya no sabe ni qué son. Conoce la habitación de Pedri, ha estado sentado en su cama innumerables veces, pero nunca ha dormido ahí. Antes vivía tan cerca que al final de la noche era muy fácil decir adiós y caminar cinco minutos hasta su casa para dormir en su propia cama. Alguna que otra vez se ha quedado frito en el mismo sofá que está dejando atrás y su amigo no ha tenido el corazón de despertarlo, y al día siguiente se ha levantado con el cuello hecho polvo y Nilo lamiéndole la cara.

Pero ¿esto? Entrar en la habitación de Pedri y ver cómo el otro deshace la cama, tira los cojines al suelo y se mete inmediatamente es algo que nunca ha hecho en su vida. Más cosas que cambian, más primeras veces.

No sabe muy bien qué hacer ni dónde meterse. Se supone que ahora tendría que imitar a Pedri, meterse en el otro lado, girarse y dormir. O pretender que duerme, que la presencia de Pedri tan cerca y tan íntima no lo va a volver loco toda la noche hasta que le toque despertarse, que no se va a levantar con un hormigueo de pies a cabeza por haber estado tan juntos sin haberlo tocado.

El amor que tiene dentro está a punto de ebullición. Seis horas junto a Pedri harán que hierva y se rebalse, dejándolo todo hecho un desastre.

— ¿Duermes de pie? —pregunta Pedri desde la cama con la cara hundida en la almohada, se le entiende a duras penas.

— ¿Cómo? —susurra Ferran incapaz de moverse.

— Sí, como los flamencos.

Ferran quiere reírse, hay algún chiste ahí metido seguro, una oportunidad muy buena para una broma. Pero es incapaz de pensar con claridad.

— Ferran —llama Pedri con voz más clara, se ha incorporado apoyando el antebrazo en el colchón—, ven a la cama —pide con voz suave, abriendo el edredón por el otro lado y dando dos golpes en las sábanas vacías—. Por favor —susurra y casi suena derrotado.

Y Ferran, que no recuerda la última vez que le dijo que no a Pedri, que se siente como una tetera a punto de empezar a chillar, que tiene la caja torácica hecha un caos, se lame los labios y camina hacia la cama.

Pedri no le quita los ojos de encima en ningún momento y Ferran siente la mirada quemarlo todo dentro de él. Es casi terapeútico, como una limpieza profunda de todo lo malo. Ahueca la almohada, se mete bajo el edredón y se queda quieto devolviéndole la mirada a Pedri.

El otro hombre se deja caer de nuevo y se gira a verlo también. Ferran pasa sus ojos por toda su cara, por su frente, sus cejas, sus mejillas, su barbilla, sus labios. Sus dedos lo han tocado todo, o casi todo. No se ha atrevido a tocarle los labios a Pedri, algo le dice que si lo hace no habrá marcha atrás. Ya ha tomado demasiadas decisiones importantes este año, no quiere pasar por otra cosa irreversible.

Pedri sigue mirándolo, expectante casi, con los ojos muy abiertos y las cejas levantada, como si hubiese dicho algo y Ferran no hubiese escuchado nada. Es una posiblidad, es difícil concentrarse estando tan cerca de él.

Ferran sigue mirándolo en silencio. Ninguno de los dos hace el amago de dormir.

— Madre mía, Ferran —suelta Pedri exasperado.

Se pregunta qué habrá hecho mal, ¿le ha pedido Pedri algo y él no se ha enterado por estar pensando en cómo se sentiría besarlo?

Está a punto de disculparse por no sabe muy bien qué cuando Pedri bufa y junta la distancia entre los dos. Se desliza por la cama hasta que su pecho choca contra el de Ferran, esconde la cabeza bajo su mandíbula y pasa el brazo por su cintura. A Ferran le lleva una cantidad vergonzosa de tiempo darse cuenta que se están abrazando, pero cuando por fin entiende lo que pasa pasa su brazo por encima y entrelaza sus piernas con las de Pedri.

Cada átomo de distancia entre él y Pedri a Ferran se le hace kilométrico, así que lo aprieta contra su pecho todo lo que puede. Siente el calor del chico por todo su cuerpo, de la punta de los pies hasta las orejas, y se da cuenta de que ahora que sabe como se siente quiere más. Quiere a Pedri fusionado contra él, que no haya separación entre los dos, que el calor de Pedri esté tan cerca que parezca el suyo propio. Si consigue que el hombre que tiene entre sus brazos se pegue a él como un traje de neopreno tal vez las espinas no vuelvan, tal vez no vuelvan la pesadez y la angustia.

Si consigue que Pedri lo ame de vuelta, tal vez deje de dolerle el corazón.

No se da cuenta de que está llorando hasta que nota a Pedri removerse en sus brazos, buscando separarse. El pánico lo inunda, se cuela en cada milímetro de separación entre los dos y Ferran siente que le falta el aire.

— Ey, ey —susurra Pedri una vez se ha liberado un poco del agarre de sus brazos. Lo mira desde abajo, con ojos preocupados y ansiosos—, ¿por qué lloras, Ferri?

Ferran quiere poner una excusa cualquiera, decir que está cansado, pero Pedri le agarra la cara con las manos y le pasa ambos pulgares por las mejillas en un intento de secárselas.

Y todo el amor que tiene dentro estalla. La explosión debe partirle el esternón porque siente una presión en el pecho insoportable. Su cuerpo entero está en llamas y no sabe qué hacer para apagarlo, para calmarse. Intenta recogerlo todo como puede, pero cada fibra de su ser se rebela contra él y se niega a volver a la cárcel que tiene en las costillas.

Intenta hablar, pero un sollozo le parte la voz.

— Ferran —dice Pedri con un hilito de voz, casi inaudible por encima del llanto.

— Yo… Pedri, yo… —intenta decir pero es incapaz de hablar, los sollozos se le escapan por la garganta y él no puede contenerlos.

— Ferran —repite Pedri y acerca su cara a la de él—, mi Ferran —pronuncia con los labios rozando su barbilla.

Es cierto. Hace años que ya no es solo Ferran, es el Ferran de Pedri. Es todo suyo. No hay Ferran sin Pedri.

Prueba a hablar de nuevo pero las lágrimas le ganan a las palabras una vez más y es incapaz de decir nada.

— Mi amor —lo llama Pedri, con los ojos llenos de lágrimas también, lleno de dolor por ver a Ferran llorando—, estoy aquí. No hace falta que llores, estoy aquí.

— Pedri, yo… —consigue decir Ferran a duras penas, cada palabra interrumpida por el hipo.

— Shhh, no te preocupes —intenta calmarlo Pedri y le acaricia las mejillas de nuevo para quitarle las lágrimas que han caído.

Es el tacto de los dedos de Pedri bajo sus ojos, con un cariño infinito que Ferran no cree que se merezca después de como se fue, lo que le hace sacar lo que tiene más escondido. Es eso lo que le hace buscar esas cinco palabras en el recoveco más oscuro de su interior, en el sitio del que salen las espinas para apretarlo todo. Mete la mano ahí por primera vez en años y saca una frase que nunca ha pronunciado en voz alta:

— Estoy enamorado de ti, Pedri.

Ya está. Está fuera.

No sabe qué va a pasar a continuación pero por si acaso cierra los ojos muy fuerte para intentar guardarse el sentimiento de los dedos de Pedri sobre su cara, su pecho contra el suyo, sus piernas entrelazadas. Intenta guardarlo todo en su interior, por si acaso, por si es la última vez que tiene a Pedri así de cerca.

La risa de Pedri interrumpe sus esfuerzos por guardarse todo el calor que siente en la memoria.

Abre los ojos confundido porque esperaba muchas cosas de su amigo, pero jamás burla hacia él. No así, no por lo que siente. A lo mejor Pedri también ha cambiado y Ferran ya no lo conoce tan bien como lo hacía antes de irse.

— Eso ya lo sabía, tonto —dice Pedri con la voz suave y una sonrisa, pero no hay burla, sigue teniendo los ojos llenos de lágrimas que no ha derramado—. Yo también estoy enamorado de ti, Ferran.

Eso tampoco se lo esperaba.

Ferran nunca se esperaba que Pedri pudiese sentir lo mismo por él, no por nada en especial pero Ferran es solo Ferran y Pedri es.. bueno, Pedri. Lleno de cariño para todos, para su familia, para los suyos, trabajador, amable, cariñoso, divertido, centrado, con las cosas claras, siempre con ganas de más y mejor, con hambre suficiente para comerse el mundo.

— ¿Por qué me miras así? —le pregunta Pedri pasándole la punta del índice por el ceño fruncido y subiendo hasta su pelo, el movimiento opuesto al que hizo Ferran cuando estaba dormido.

— ¿De mí? ¿Tú estás enamorado de mí? —no puede evitar pedir que se lo confirme.

Pedri se ríe suavemente y le sigue pasando la mano por el pelo, una y otra vez, quitándole los mechones de la frente y dejando su cara al descubierto.

— Claro que sí. Y tú de mí —suelta Pedri y suena como una sentencia final, definitiva. No hay más que hablar.

Ferran siente sus ojos llenarse de lágrimas de nuevo pero las lágrimas ya no saben a miedo ni a despedida, el llanto casi se siente como felicidad. Se pregunta si en su pecho habrá hueco para un sentimiento tan bonito entre las espinas, porque sigue habiendo una vocecita dentro, la que nunca se calla, a la que solo puede bajarle el volumen con mucha terapia.

— ¿Pero cómo vas a estar enamorado tú de mí? —repite con una insistencia que no sabe como apagar.

Quiere creer que Pedri lo quiere de la misma manera, pero le cuesta.

— Vaya preguntas de mierda me haces, eh —se queja Pedri con una sonrisa dulce, sin parar el movimiento de su mano.

— Es que Pedri tú eres tan… —empieza Ferran y no sabe cómo acabar la frase así que mueve la cabeza un poco y espera se entienda— y yo soy tan… no sé, yo.

— Desde que te fuiste a París solo sabes decir gilipolleces, te lo digo —lo regaña Pedri con el ceño fruncido—. ¿Qué coño significa eso de que yo soy tan… —mueve la cabeza de un lado a otro— y tú tan tú?

— Es que Pedri, yo-

— Mi amor —susurra Pedri, le vuelve a quitar el pelo de la cara y esta vez sus uñas se paran en su coronilla y le rascan la cabeza con dulzura—, te quiero porque eres tú. Eres Ferran, mi Ferran. Y te quiero tantísimo que voy a explotar.

Ferran consigue reírse bajito, una risa húmeda con el trasfondo de las lágrimas que no han dejado de caer y la metralla de la explosión de su pecho. Descubre que sí, que entre sus huesos sí hay lugar para el amor que le está ofreciendo. Si explota, si el amor de Pedri sale por sus poros y cae por sus ojos y sus manos como el de Ferran, él tiene espacio infinito entre las costillas para albergar todos esos sentimientos.

— Yo ya he explotado de lo mucho que te quiero —le confiesa y junta sus frentes, los últimos nudos en su costillas se deshacen con el contacto. Hay espacio para todo, para el amor de Ferran, para el amor de Pedri, para la felicidad y la esperanza. Puede guardarlo todo.

— Eres mu' tonto, eh —repite Pedri por enésima vez desde que se conocen. Esto, por lo menos, no ha cambiado.

— Te lo prometo. Aquí, toca —y coge la mano de Pedri, la que le está acariciando el pelo, y la pone sobre su corazón.

Pedri jadea cuando siente el corazón de Ferran bajo su palma, latiendo desbocado a un ritmo que es prácticamente patológico, y este último sonríe con tantas ganas que siente que sus mejillas se van a romper.

— Mi Ferran —se limita a decir Pedri y aprieta la mano en la sudadera, como si quisiese quedarse con su corazón.

Ferran simplemente asiente, la cara de Pedri se mueve contra la suya y sus labios casi se rozan. Quiere besarlo, saber por fin qué se siente tener los labios de Pedri sobre los suyos. Es algo que se ha imaginado incontables veces y sabe que ninguna de esas teorías le hará justicia a la experiencia de verdad.

Pero todavía no, le quedan cosas por decir.

— Pedri —empieza y la voz ya no le tiembla, ya no tiene miedo, todo está fuera—, cuando me fui… Quiero que sepas que yo-

Está intentando darle forma a la oración en su cabeza para que todos sus sentimientos tengan sentido cuando los explique, pero parece ser que el más pequeño no tiene la paciencia para eso en este momento porque lo interrumpe.

Pedri lo besa.

Es un beso corto, un pico casi, no hay lengua ni moviemiento ni nada. Son labios contra labios durante unos segundos. Pero Ferran siente mil cosas por todas partes, todas sus terminaciones nerviosas se agitan, siente un cosquilleo de pies a cabeza y el corazón está a punto de salírsele del pecho. Obviamente es mucho mejor de lo que se imaginaba.

— Ferri, te quiero —se limita a decir Pedri, con los ojos cerrados.

— Te quiero —repite Ferran con toda la certeza de su ser. Nunca ha estado tan seguro de algo como lo está de esto: él quiere a Pedri, lo ama.

— Si me quieres, te guardarás la conversación para mañana —pide Pedri con ojos de cachorrito y voz melosa, la que pone cuando le pide chocolate los días que ambos saben que no deben.

Ferran se ríe fuerte, sin lágrimas esta vez. Es una única carcajada que le echa la cabeza hacia atrás, le abre el pecho del todo, lo deja descongestionado e inmediatemente se llena todo de Pedri, Pedri, Pedri.

— Pero tengo tantas cosas que decirte —ruega con un puchero.

Pedri le agarra la cara con las manos de nuevo, le pasa las palmas por la barba y cuando llega a sus labios, se los acaricia con los pulgares. Ferran siente otro escalofrío en la columna.

— Mañana, ¿sí?

— Bueeeno —se rinde Ferran, agachándose un poco y dándole un beso rápido en la nariz.

— Mañana ya hablamos de todo, nos pedimos los perdones que nos corresponden y luego nos besamos hasta que nos quedemos sin aire y te toque volverte a baguettelandia —propone Pedri y le aprieta las mejillas hasta que la boca de Ferran queda completamente fruncida.

— Vale —concede Ferran y la palabra sale como puede de entre las manos de Pedri.

— Vale —repite Pedri y vuelve a pasar las palmas por su barba, una y otra vez, de la boca a las orejas.

— Nada de hablar pero, ¿puedo preguntar qué haces?

— Es que me gusta tu barba y como que hace cosquillas cuando hago así —explica Pedri, repite el movimiento: de la boca a las orejas y vuelta a la boca—. Mola.

Ferran suelta una risita muy, muy suave. No querría interrumpir el movimiento de las manos de Pedri en su cara bajo ningún concepto. Así que se queda muy quieto y mira a Pedri detenidamente. Es la primera vez en las tres semanas que han estado juntos que se permite mirarlo con tanta calma, es enardecedor.

El pelo le queda bien, mucho mejor de lo que esperaba. El acuerdo inicial era rubio pero Pedri siempre al límite, decidió ir a por blanco. Recuerda el vídeo de cuando se lo tiñó, de lo raro que se veía pero ahora que le ha crecido y el corte de pelo ha tomado mejor forma, está guapísimo. Siempre lo está, seamos honestos, pero ahora incluso más.

Las cejas hacen buen contraste, piensa. Hubiese sido mucho peor si se las hubiese decolorado también, como hacen en Instagram. Intenta imaginarse a Pedri con las cejas rubias y la imagen es tan ridícula que la descarta inmediatamente. Las manos en su barba lo traen de vuelta a la realidad.

Las ojeras no le hacen mucha gracia, Pedri tiene que descansar. Se lo apunta en la lista interminable de cosas que tiene que decirle mañana, justo después de los perdones pero antes de preguntarle qué coño pasa con Gordon. Ha estado tres semanas mordiéndose la lengua porque no era algo que le correspondiese preguntar, pero ahora que han establecido que se quieren mucho puede hacerlo.

Está bajando los ojos por su nariz como un rarito, milímetro a milímetro, porque siempre le ha gustado y le ha parecido muy bonita, cuando siente que las manos de Pedri dejan de moverse por su barba y pasan a ponerle los mismos mechones tras las orejas una y otra vez.

— ¿Qué me miras así? —pregunta Pedri con una sonrisa boba. Ferran no puede verse pero está completamente seguro de que él tiene la misma cara de tonto.

— Que eres muy guapo —confiesa sin ninguna vergüenza, Pedri solo bufa y pone los ojos en blanco— y que te quiero mucho.

Pedri sonríe satisfecho, vuelve a agarrar la cara de Ferran entre sus manos y le da otro beso rápido y sencillo. A Ferran no le importa que uno de los nuevos cambios sean los besos de Pedri, a esto no le va a costar acostumbrarse.

— Vete a dormir, anda —ordena Pedri. Le rasca las mejillas un par de veces y luego vuelve a envolver sus brazos en el torso de Ferran y esconde la cara bajo su mandíbula, como estaban al principio.

Ferran lo abraza de vuelta y lo vuelve a pegar a él con todas sus fuerzas. En unas horas tendrá que volver a París así que tiene que recargar sus reservas de Pedri para que le duren lo máximo posible. Siente la risa de Pedri en la garganta y lo apreta un poco más para volver a sentirla. El chico vuelve a reírse entre sus brazos para después darle un golpe en la espalda con la mano.

— Duerme sin aplastarme, porfa —la voz de Pedri se pierde en su pecho, sube por su cuello y llega a sus orejas con un tono raro, el de estar completamente envuelto por Ferran.

— Vete a dormir, Pepi —lo imita Ferran y lo abraza fuerte por última vez. Lo agarra por la nuca y lo saca un poco de donde está escondido bajo su mandíbula y ve cómo Pedri abre un solo ojo, expectante. Le da un beso en la frente y lo devuelve a su sitio—. Te quiero.

Pedri dice algo más porque Ferran siente la vibración subir por su cuello de nuevo. Suena sospechosamente como un "te quiero", así que se da por satisfecho y cierra los ojos.

Fuera hace frío pero, en la cama y bien abrazado a Pedri, él ni se entera.

Notes:

vale, habladme bonito porque (repito) es lo primero que escribo en años pero no está /tan/ mal, no?

se suponía que la metáfora iba a ser agua porque "drag me under" tiene más que ver con hundirse en el agua y estaba pensando tirar de ahí a this place will become your tomb (la que sabe, sabe) pero se me fue completamente de las manos. he taggeado el hanahaki porque creo que las menciones a espinas y tal se acercan un poco pero no es hanahaki exactamente, aunque ahora tengo la idea de Ferran escupiendo flores en la celebración en Madrid (hot).

ha sido bonito porque yo tenía una idea de por dónde quería que fuese esto cuando empecé, pero 4-5 horas después estos dos habían tomado vida propia y yo era una mandada.

bueno whatever, dos días para que vuelvan a verse. estoy fatal.