Chapter Text
Érase una vez un reino.
Eso era lo que Ada siempre decía.
Un reino pequeño, lejano y precioso, rodeado de montañas, con un palacio que parecía haber salido de uno de los libros de cuentos que guardaba en la biblioteca.
El reino se llamaba Krikoragán.
Y había tenido un rey.
Una reina.
Y tres pequeños príncipes.
—Dos príncipes y una princesa.
Ada levantó la mirada del libro.
Margarita estaba acostada boca abajo sobre la cama, con la barbilla apoyada entre las manos y los pies balanceándose en el aire.
Tenía seis años y una extraordinaria habilidad para interrumpir una historia exactamente en el momento menos conveniente.
—Dos príncipes y una princesa —corrigió Ada.
—Lo dijiste mal.
—No lo dije mal.
—Dijiste tres príncipes.
—Lo utilicé como término general.
Desde la alfombra, Federico levantó la cabeza.
—No funciona así.
Ada lo miró.
—Gracias, Federico.
Él volvió inmediatamente al rompecabezas que tenía delante.
Andrés, que estaba tumbado de espaldas junto a él, dejó escapar un gemido dramático.
—¿Podemos continuar antes de que Federico explique las reglas de los príncipes?
—No existen reglas de los príncipes.
—Seguro que tú ya escribiste algunas.
—No.
Andrés miró a Margarita.
—Tiene un libro escondido.
—No tengo ningún libro.
—“Reglas para ser Federico” —continuó Andrés—. Primera regla: no divertirse.
Margarita soltó una carcajada.
Federico le lanzó una pieza del rompecabezas.
No llegó ni cerca.
—Segunda regla —dijo Andrés—: lanzar muy mal.
—Cállate.
—Tercera regla: decirle a Andrés que se calle.
—Andrés.
—Cuarta—
—¡Basta!
Ada cerró el libro.
Los tres guardaron silencio.
Durante aproximadamente dos segundos.
—¿Y después qué pasó? —preguntó Margarita.
Ada volvió a mirarla.
Margarita conocía aquella historia.
Los tres la conocían.
La habían escuchado tantas veces que Federico podía corregir fechas, Andrés podía repetir partes completas y Margarita sabía exactamente en qué páginas estaban sus ilustraciones favoritas.
Aun así, siempre querían escucharla.
Ada bajó los ojos hacia el libro.
—El rey y la reina tuvieron tres hijos.
—Nosotros —dijo Margarita.
—Ustedes.
—Federico primero —añadió él.
Andrés puso los ojos en blanco.
—Nueve minutos.
—Nueve minutos siguen siendo nueve minutos.
—Luego yo —dijo Andrés.
—Siete minutos después —añadió Federico.
—Nadie preguntó.
Margarita levantó una mano.
—Y luego yo.
Ada sonrió.
—Y después Margarita.
—La mejor para el final.
—¡Oye! —protestaron los dos niños simultáneamente.
Margarita se echó a reír.
Ada contempló a los tres.
Federico, Andrés y Margarita.
Seis años.
Habían llegado a aquella casa con tres.
La mitad de sus vidas había transcurrido dentro de esas paredes.
Cuando llegaron, Margarita todavía se despertaba algunas noches llamando a Florencia.
Andrés había preguntado por Máximo todos los días durante meses.
Federico había dejado de preguntar antes que sus hermanos.
No porque recordara menos.
Ada sospechaba que era exactamente lo contrario.
A veces Federico hacía eso.
Cuando una pregunta no tenía respuesta, dejaba de hacerla.
Como si el silencio pudiera convertir algo doloroso en algo manejable.
—¿Y después? —insistió Margarita.
Ada regresó a la historia.
—Y durante un tiempo fueron muy felices.
—Hasta los Pietro —dijo Federico.
Ada hizo una pausa.
—Sí.
Andrés dejó de jugar.
Margarita bajó los pies.
Había palabras que conseguían cambiar una habitación.
Pietro era una de ellas.
Los niños no conocían todos los detalles.
Ada había insistido en eso.
Tenían seis años.
No necesitaban conocer cada traición, cada amenaza ni cada decisión desesperada que había terminado con Florencia y Máximo fuera de Krikoragán y sus tres hijos ocultos en Argentina.
Pero sabían lo esencial.
Los Pietro eran peligrosos.
Los Pietro se habían quedado con Krikoragán.
Los Pietro no debían encontrarlos.
Por eso estaban allí.
Por eso había guardias.
Por eso no podían aparecer en fotografías.
Por eso no podían salir.
Por eso había tantas reglas.
—¿Mamá les tenía miedo? —preguntó Margarita.
Ada dejó el libro a un lado.
—Mamá tenía miedo de que algo les ocurriera a ustedes.
—Eso no es lo mismo —dijo Federico.
Ada lo observó.
—No. No es exactamente lo mismo.
—Entonces no les tenía miedo.
—Federico...
—Mamá era valiente.
—Claro que lo era.
Aquello pareció satisfacerlo.
Margarita rodó hasta quedar boca arriba.
—¿Y papá?
—También.
—¿Más que mamá?
—De manera diferente.
Andrés se incorporó.
—Yo creo que mamá era más valiente.
Federico frunció el ceño.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo.
—¿Cómo?
—Porque era mamá.
—Eso no tiene sentido.
—Todo tiene sentido si piensas suficiente.
—Eso tampoco tiene sentido.
—Para mí sí.
Margarita levantó la mano.
—Yo creo que los dos eran valientes.
Andrés la señaló.
—Margarita gana.
Federico suspiró.
—Esto no era una competencia.
—Ahora sí.
Ada negó con la cabeza.
Ahí estaban otra vez.
Seis años.
Simplemente seis años.
Era fácil olvidarlo algunas veces.
Especialmente con Federico.
—Bueno —dijo Ada—. Ya fue suficiente historia por esta noche.
—¡No!
—Mañana continuamos.
—Pero no terminaste.
—Conozco el final —dijo Andrés.
Ada lo miró.
Él sonrió.
—Nosotros llegamos aquí.
La sonrisa de Ada perdió un poco de fuerza.
—Sí.
Eso era todo lo que los niños sabían del final.
Habían salido de Krikoragán.
Habían llegado a Argentina.
Florencia y Máximo habían desaparecido.
Y ellos habían terminado bajo la tutela de Delfina.
Aunque la mansión tenía más habitaciones de las que los trillizos podían contar sin perderse, los tres dormían juntos.
Delfina había intentado separarlos al principio.
Había preparado tres dormitorios.
El de Federico era azul oscuro.
El de Andrés, verde.
El de Margarita, blanco y rosa.
Cada uno tenía juguetes, libros y una cama enorme.
La primera noche, Federico había aparecido en la habitación de Margarita.
Cinco minutos después llegó Andrés.
A la mañana siguiente, Ada encontró a los tres dormidos en la misma cama.
Los devolvió a sus respectivas habitaciones.
La noche siguiente ocurrió exactamente lo mismo.
Después de varias semanas, Ada se rindió.
Delfina no.
—No es normal —había dicho.
—Tienen tres años.
—Precisamente. Deben aprender.
Ada nunca había entendido qué era exactamente aquello que tres niños recién separados de sus padres debían aprender.
A los seis, seguían teniendo tres dormitorios.
Y seguían utilizándolos principalmente para guardar sus cosas.
Aquella noche tocaba la habitación de Margarita.
Federico ocupaba un extremo.
Andrés el otro.
Margarita estaba en medio.
—Muévete —murmuró Federico.
—Estoy en mi cama.
—Estás encima de mí.
—Entonces tú estás en mi lado.
—No hay lados.
—Entonces no puedo estar en tu lado.
Andrés soltó una carcajada desde la oscuridad.
—Tiene razón.
—Nadie te preguntó.
—Yo apoyo a Margarita.
—Porque quieres su almohada.
Silencio.
Federico levantó la cabeza.
—¿Tienes su almohada?
—No.
—Andrés.
—Tal vez.
Margarita buscó a tientas.
—¡Mi almohada!
Andrés empezó a reír.
—Devuélvesela.
—No.
—Andrés.
—Federico.
—Dásela.
—Ven por ella.
Federico comenzó a incorporarse.
—Ni se te ocurra —susurró Margarita—. Ada dijo que durmiéramos.
Los dos se quedaron quietos.
Pasaron unos segundos.
—Margarita —susurró Andrés.
—¿Qué?
Una almohada aterrizó sobre su cara.
Margarita ahogó una carcajada.
—Idiota.
—Buenas noches.
—Te odio.
—No es cierto.
—Un poquito.
—Eso acepto.
Federico volvió a acomodarse.
Margarita recuperó su almohada.
La habitación quedó en silencio.
Por la ventana entraba la luz tenue de Buenos Aires.
No podían ver demasiado desde allí.
Parte del jardín.
Los árboles.
El muro.
Más allá, algunos edificios.
—Fede.
Federico abrió los ojos.
—¿Qué?
—Cuando seas rey, ¿vas a vivir en Krikoragán?
La pregunta de Margarita quedó suspendida en la oscuridad.
Andrés también estaba despierto.
Federico tardó en contestar.
—Supongo.
—¿Y nosotros?
—También.
—¿Por qué? —preguntó Andrés.
—Porque es nuestra casa.
—Esta es nuestra casa.
Federico se quedó callado.
Margarita miró el techo.
Ella no recordaba el palacio como una casa.
Recordaba imágenes.
Colores.
Quizá una canción.
La mansión sí la conocía.
Sabía qué escalón de la escalera crujía.
Sabía dónde entraba más sol por la mañana.
Sabía que el tercer cajón del escritorio de Ada siempre tenía caramelos aunque Ada fingiera que no.
Sabía dónde Federico escondía los libros que todavía no debía leer.
Sabía dónde Andrés guardaba las piezas que desmontaba de los juguetes para construir otros.
Eso era una casa.
—Podemos tener dos —decidió Margarita.
—¿Dos qué?
—Casas.
Andrés respondió antes que Federico.
—Yo quiero tres.
—No necesitas tres.
—¿Cómo sabes?
—Porque nadie necesita tres casas.
—Nosotros tenemos un palacio y una mansión.
Federico pensó.
—Técnicamente tiene razón.
Andrés levantó los brazos.
—¡Victoria!
—Duérmanse —murmuró Federico.
Margarita sonrió en la oscuridad.
—Buenas noches, Fede.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Andrés.
—Buenas noches.
Pasaron unos segundos.
—Fede.
Federico suspiró.
—¿Qué?
—Cuando seas rey, ¿puedo tener doce perros?
Andrés comenzó a reír.
Federico se cubrió la cara con la manta.
A las siete y media de la mañana, Federico ya estaba vestido.
A las siete treinta y cinco estaba intentando despertar a Andrés.
—Levántate.
—No.
—Tenemos desayuno a las ocho.
—Entonces faltan veinticinco minutos.
—Tienes que vestirte.
—Cinco minutos.
—Eso dijiste hace cinco minutos.
—Entonces ya funcionó una vez.
Federico tiró de la manta.
Andrés se aferró a ella.
—¡Federico!
—Levántate.
—¡Ada!
—Ada está abajo.
—¡Margarita!
Margarita estaba sentada frente al espejo mientras una de las empleadas terminaba de peinarla.
—No pienso meterme.
—Traición.
Federico consiguió quitarle la manta.
Andrés quedó hecho un ovillo.
—Hace frío.
—No hace frío.
—Para mí sí.
—Tienes ropa.
—No quiero ropa.
—No puedes bajar sin ropa.
—Tengo pijama.
—Andrés.
Margarita miró a Federico a través del espejo.
—Estás haciendo esa cara.
Federico se detuvo.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—Sí.
Andrés abrió un ojo.
—La cara de señor viejo.
Margarita asintió.
—Esa.
—No tengo cara de señor viejo.
—Sí tienes.
Federico cruzó los brazos.
—Bajen cuando quieran.
Se dio la vuelta.
—Fede.
Él se detuvo.
Margarita sonrió.
—¿Me ayudas con los zapatos?
Federico regresó inmediatamente.
Andrés levantó la cabeza.
—Increíble.
—¿Qué?
—A mí me abandona a mi suerte. Ella dice “zapatos” y vuelve corriendo.
—Ella está lista.
—Favoritismo.
Margarita le sacó la lengua.
Federico se arrodilló para ajustar la hebilla de uno de sus zapatos.
—Puedes hacerlo sola.
—Ya sé.
—Entonces ¿por qué me pides?
Margarita se encogió de hombros.
—Porque tú lo haces mejor.
Federico intentó ocultar una sonrisa.
Andrés lanzó una almohada.
El desayuno era a las ocho.
Siempre.
Delfina insistía en los horarios.
Ada decía que una rutina era buena para los niños.
Delfina decía que la disciplina era indispensable.
Parecían decir lo mismo.
Nunca sonaba igual.
Los tres entraron al comedor a las siete cincuenta y ocho.
Federico comprobó el reloj.
Andrés lo vio.
—Faltan dos minutos.
—Ya sé.
—Podíamos dormir dos minutos más.
—No.
—Sí.
—No.
Margarita pasó entre ambos.
—Buenos días, Ada.
Ada levantó la vista de su taza.
—Buenos días, mi amor.
Margarita corrió a besarla.
Andrés hizo lo mismo.
Federico caminó.
—Buenos días.
Ada le dio un beso en la frente de todas formas.
—Buenos días.
Delfina todavía no estaba.
Eso relajó inmediatamente a los tres.
Andrés tomó un panecillo.
Federico le golpeó suavemente la mano.
—Espera.
—¿Por qué?
—Todavía no estamos todos.
—Delfina nunca desayuna con nosotros.
—Hoy puede hacerlo.
—Entonces será una tragedia para mi pan.
Margarita tomó uno.
Federico la miró.
Ella le dio un mordisco.
Andrés abrió los brazos.
—¡Favoritismo otra vez!
Federico suspiró y tomó uno para él.
Ada ocultó una sonrisa detrás de la taza.
—Hoy tenemos matemáticas, francés, historia y música.
Andrés dejó caer la cabeza.
—Estoy enfermo.
—Qué pena.
—Gravemente.
—Francés empieza a las nueve.
—Quizá no sobreviva.
—Entonces será una clase muy tranquila.
Margarita se rio.
En ese momento se abrió la puerta.
Los tres se enderezaron.
Delfina entró hablando por teléfono.
—No, no, no. Quiero que quede mucho más grande. Si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien.
Se sentó en la cabecera.
Ada la saludó.
Los niños hicieron lo mismo.
—Buenos días, tía Delfina.
Delfina levantó una mano sin mirarlos.
—Sí, por supuesto que quiero prensa. ¿Para qué crees que estamos haciendo la inauguración?
Andrés miró a Federico.
Federico negó apenas con la cabeza.
No.
Andrés volvió a mirar su plato.
—No me interesa cuánto cueste —continuó Delfina—. Quiero que parezca espectacular.
Margarita comía en silencio.
—Y necesitamos jóvenes. Muchos. Que se vea lleno.
Delfina finalmente colgó.
Miró la mesa.
—¿Por qué están todos tan callados?
Nadie supo qué responder.
—Estamos desayunando —dijo Federico.
—Ya veo.
Delfina tomó café.
—¿Qué haces hoy? —preguntó Margarita.
Federico dejó de comer.
Andrés levantó los ojos.
Delfina miró a la niña.
—Trabajo.
—¿En el edificio de al lado?
Ada intervino suavemente.
—Margarita...
—¿Qué edificio? —preguntó Delfina.
—El que están arreglando.
Delfina dejó la taza.
—¿Cómo sabes que lo están arreglando?
—Se escucha.
—¿Han estado mirando?
Margarita se quedó quieta.
Federico respondió inmediatamente.
—Desde las ventanas.
Delfina lo miró.
—No te pregunté.
—No fuimos a ningún lugar prohibido —añadió.
Andrés miró a su hermano.
Ahí estaba otra vez.
Federico poniéndose delante aunque nadie se lo hubiera pedido.
Delfina pareció perder interés.
—Es el Hangar.
Margarita sonrió.
—Ada nos contó.
La mirada de Delfina pasó hacia Ada.
Ada no bajó la suya.
—Preguntaron por el ruido.
—Ah.
Delfina volvió al café.
Margarita reunió valor.
—¿Qué hacen ahí?
—Cosas.
—¿Qué cosas?
—Margarita.
La voz de Federico fue baja.
Una advertencia.
Ella lo ignoró.
—Ada dijo que hay jóvenes.
—Habrá.
—¿Niños?
—Adolescentes.
—¿Podemos conocerlos?
El silencio cayó sobre la mesa.
Federico cerró los ojos un segundo.
Andrés dejó de masticar.
Ada miró a Delfina.
Margarita simplemente esperaba.
Delfina soltó una pequeña risa.
No era una risa amable.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no.
Margarita frunció el ceño.
—Pero si están al lado—
—Margarita.
Esta vez fue Ada.
La niña se calló.
Delfina se inclinó ligeramente hacia ella.
—Escúchame bien. El Hangar no tiene nada que ver con ustedes. No van a entrar. No van a hablar con nadie que esté allí. No van a acercarse a la puerta que conecta ambas propiedades. ¿Entendido?
Margarita miró su plato.
—Sí.
—Quiero escucharte.
—Sí, tía Delfina.
Delfina miró a los niños.
—¿Federico?
—Sí.
—¿Andrés?
—Sí.
—Perfecto.
Regresó a su teléfono.
Para Delfina, el asunto había terminado.
Para los tres niños acababa de comenzar.
—No entiendo.
Andrés estaba sentado sobre la mesa de la biblioteca.
Ada señaló la silla.
Él bajó.
—¿Qué no entiendes?
—Por qué ellos sí pueden estar ahí.
Federico continuó escribiendo.
—Porque no son nosotros.
—Gracias, Federico. Muy útil.
—Preguntaste.
—No te pregunté a ti.
Margarita dibujaba pequeñas flores en la esquina de su hoja.
—¿Crees que son muchos?
Ada ordenaba libros.
—Probablemente.
—¿Cuántos?
—No sé.
—¿Veinte?
—Tal vez.
Andrés abrió los ojos.
—¿Veinte juntos?
Margarita también parecía impresionada.
Federico intentaba no demostrarlo.
Ada lo notó.
—¿Nunca han visto veinte niños juntos? —preguntó.
Los tres la miraron.
Ada sintió inmediatamente lo absurdo de la pregunta.
Claro que no.
Habían llegado con tres años.
Desde entonces, las únicas personas de su edad que conocían eran ellos mismos.
Habían visto niños en películas.
En fotografías.
En televisión.
Pero conocer...
No.
—¿Son muy ruidosos? —preguntó Margarita.
Andrés respondió:
—Obviamente. Son veinte.
—Tú solo haces ruido como veinte —dijo Federico.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo acepto igual.
Margarita sonrió.
—¿Tienen hermanos?
Ada se sentó.
—Algunos seguramente.
—¿Trillizos?
—Eso es menos probable.
Andrés señaló a Federico.
—Pobres. Entonces no tienen quién les diga qué hacer todo el día.
—Cállate.
—¿Ves?
Margarita comenzó a reír.
Federico intentó regresar a su ejercicio.
No pudo.
—Terminen matemáticas.
Andrés lo miró.
—Ada es la maestra.
—Y dijo que tenemos matemáticas.
—Ada, dile algo.
Ada sonrió.
—Terminen matemáticas.
Andrés se dejó caer sobre el respaldo.
—Traición por todas partes.
Después de clase podían jugar en el jardín sur.
El jardín norte quedaba demasiado cerca del Hangar.
Antes podían utilizarlo.
Desde que comenzaron las obras, Delfina había prohibido también esa parte.
Margarita estaba sentada en el césped construyendo una corona de margaritas.
Andrés intentaba terminar su barco.
Federico leía.
O fingía leer.
Cada pocos minutos levantaba la mirada hacia el muro.
Andrés finalmente lo descubrió.
—Quieres ir.
Federico no levantó los ojos.
—No.
—Sí.
—No.
—Estás mirando.
—Porque tú hablas.
—No estoy junto al muro.
Federico pasó la página.
—No quiero ir.
Andrés dejó el barco.
—Yo sí.
Margarita levantó la mano.
—Yo también.
Federico los miró.
—Delfina dijo que no.
—Ya sabemos —respondió Andrés.
—Entonces no iremos.
—No dije que fuéramos.
—Dijiste que querías.
—Querer no está prohibido.
Federico abrió la boca.
Andrés sonrió.
—Te gané.
—No estamos compitiendo.
—Eso dices cuando pierdes.
Margarita se levantó con la corona terminada.
Caminó hasta Federico y se la colocó sobre la cabeza.
Él quedó inmóvil.
Andrés comenzó a reír.
—Perfecto.
Federico intentó quitársela.
Margarita le agarró la mano.
—¡No!
—Margarita.
—Eres el rey.
—No soy rey.
—Príncipe de las flores.
Andrés se dobló de la risa.
—Su Alteza Floral.
Federico se quitó la corona y se la colocó a Margarita.
—Tú eres la que se llama Margarita.
—No me llamo como la flor.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Literalmente sí.
Andrés recuperó el aliento.
—Tengo una pregunta importante.
Federico sospechó inmediatamente.
—No.
—Ni siquiera la hice.
—No importa.
—Cuando seas rey, ¿tendremos que hacer reverencias?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Andrés se levantó y realizó una reverencia exagerada.
—Gracias, Su Majestad.
Federico lo empujó.
Andrés respondió.
En pocos segundos estaban luchando sobre el césped.
—¡Cuidado! —gritó Margarita.
Ninguno escuchó.
Margarita se lanzó encima.
—¡Ataque!
—¡Margarita!
Los tres terminaron amontonados.
Federico consiguió liberarse.
Andrés le agarró un tobillo.
Margarita intentó ayudar a Andrés.
—¡Dos contra uno no vale!
—Eres el mayor —respondió Andrés—. Debes protegerte.
—¡Por nueve minutos!
—¡Exactamente!
Federico consiguió ponerse de pie.
Estaba riendo.
Realmente riendo.
No esa pequeña sonrisa reservada que utilizaba normalmente.
Margarita adoraba conseguir eso.
—¡Los voy a atrapar!
Ella gritó y salió corriendo.
Andrés detrás.
Federico los persiguió.
Llegaron hasta el final del jardín.
Y entonces se detuvieron.
Del otro lado del muro comenzó una canción.
No era la radio.
Alguien estaba cantando.
Los tres se quedaron quietos.
Era una voz joven.
Después apareció otra.
Y otra.
Margarita caminó lentamente hacia el muro.
Federico no la detuvo.
No había ninguna puerta allí.
No podían cruzar.
Solamente escuchar.
La canción terminó.
Se escucharon aplausos.
Margarita sonrió.
—Hay personas.
Andrés se acercó.
—Eso ya lo sabíamos.
—Pero están ahí.
Federico también llegó.
Una voz gritó algo que no consiguieron entender.
Después risas.
Margarita apoyó una mano sobre el muro.
—Hola —susurró.
Andrés la miró.
—No pueden escucharte.
—Ya sé.
—Entonces ¿por qué dijiste hola?
Margarita se encogió de hombros.
—Porque algún día sí.
Federico la miró.
—Delfina dijo—
—Ya sé qué dijo Delfina.
Aquello lo sorprendió.
Margarita rara vez contestaba así.
Ella seguía mirando el muro.
—Solo dije algún día.
Federico quiso decir algo.
No lo hizo.
Andrés apoyó también la mano.
—Hola, gente misteriosa.
Margarita rio.
Federico negó con la cabeza.
—Son ridículos.
—Ven —dijo Margarita.
—No.
—Fede.
—No.
Andrés golpeó suavemente el muro.
—Hola, futuros súbditos de Su Majestad Federico el Aburrido.
Federico se abalanzó sobre él.
Andrés salió corriendo.
Margarita los siguió.
El muro quedó atrás.
Pero la música continuó.
Aquella tarde Delfina tuvo una entrevista.
Los niños no debían verla.
Eso no significaba que no lo hicieran.
Andrés descubrió primero que la televisión de la pequeña sala junto a la cocina estaba encendida.
—¡Vengan!
Margarita apareció corriendo.
Federico llegó después.
—¿Qué haces?
Andrés señaló la pantalla.
Delfina estaba allí.
Pero parecía una Delfina diferente.
Sonreía.
Muchísimo.
—...un proyecto dedicado a los jóvenes —decía.
Margarita se acercó.
Una mujer sostenía un micrófono.
—¿De dónde nació la idea?
Delfina sonrió.
—Siempre he creído que los jóvenes necesitan un lugar donde puedan descubrir quiénes son.
Andrés miró a Federico.
Federico miró la televisión.
—¿Qué? —susurró Margarita.
—Nada.
Delfina continuó.
—Necesitan libertad. Necesitan creatividad. Sobre todo, necesitan adultos dispuestos a escucharlos.
Federico frunció el ceño.
Margarita parecía fascinada.
—Está hablando del Hangar.
—Sí —dijo Andrés.
En la pantalla aparecieron imágenes del edificio.
Salas enormes.
Escenarios.
Luces.
Instrumentos.
Paredes recién pintadas.
Margarita abrió la boca.
—Está ahí.
Era la primera vez que veía el interior.
Andrés se acercó más.
—Tiene una batería.
—¿Qué es eso?
—Una batería.
—Ya sé. ¿Para qué sirve?
Andrés la miró, horrorizado.
—¿No sabes qué es una batería?
—No.
—Yo te enseñaré.
Federico levantó una ceja.
—Tú tampoco sabes tocar.
—Eso no es importante.
En televisión, Delfina caminaba junto a la periodista.
—Queremos construir una familia.
Los tres niños quedaron en silencio.
Margarita fue la primera en hablar.
—¿Nosotros también vamos a ser parte?
Federico la miró.
Andrés dejó de sonreír.
—No —respondió Federico.
No lo dijo con crueldad.
Simplemente sabía la respuesta.
Margarita volvió hacia la televisión.
Delfina estaba sonriendo a un grupo de jóvenes.
Parecía contenta.
Margarita la observó durante varios segundos.
—Con ellos sonríe.
Federico sintió algo extraño en el pecho.
No sabía qué contestar.
Andrés sí.
—Porque hay una cámara.
Federico lo miró.
—Andrés.
—¿Qué?
—No digas eso.
—Es verdad.
—No sabes.
—Sí sé.
—¿Cómo?
Andrés señaló la pantalla.
—Porque en casa no sonríe así.
Margarita continuó mirando.
Federico quiso cambiar de canal.
No lo hizo.
Ada apareció en la puerta.
Los encontró a los tres frente al televisor.
Luego vio la pantalla.
—¿Qué hacen?
—Viendo a Delfina —respondió Andrés.
Ada suspiró.
—Tienen que prepararse para cenar.
Margarita señaló la televisión.
—Dijo que los jóvenes necesitan libertad.
Ada se quedó inmóvil.
—Sí.
—¿Nosotros somos jóvenes?
—Son niños.
—¿Los niños necesitan libertad?
Ada miró a Federico.
Después a Andrés.
Finalmente a Margarita.
—Los niños necesitan muchas cosas.
—¿Libertad?
Ada se acercó y apagó la televisión.
—También.
Margarita miró la pantalla negra.
No preguntó nada más.
Esa noche Delfina regresó tarde.
Los trillizos ya habían cenado.
Ada estaba terminando de ayudarlos a prepararse para dormir cuando escucharon la puerta principal.
Margarita estaba en pijama.
Andrés tenía un calcetín puesto y otro desaparecido.
Federico ya estaba listo.
—¿Dónde está? —preguntó Federico.
Andrés levantó un pie.
—No sé.
—¿Cómo puedes perder un calcetín mientras te lo estás poniendo?
—Talento.
Margarita buscó debajo de la cama.
—Aquí no.
—¿Baño?
—No fui al baño.
—Entonces tiene que estar aquí.
Ada abrió un cajón.
—Ponte otro.
—Pero después tendremos tres.
—No puedes tener tres calcetines —dijo Federico.
Andrés lo miró.
—Precisamente ese es el problema.
Margarita comenzó a reír.
La puerta se abrió.
Los tres dejaron de hacerlo.
Delfina estaba allí.
—¿Por qué siguen despiertos?
Ada miró el reloj.
—Todavía faltan diez minutos.
—Parecen veinte.
Nadie respondió.
Delfina observó el desorden.
—¿Qué ocurrió aquí?
—Perdí un calcetín —dijo Andrés.
Federico cerró los ojos.
Delfina miró a Andrés.
—Naturalmente.
Andrés bajó la cabeza.
—Perdón.
—¿Por qué siempre tienes que convertir cualquier cosa en un caos?
—Solo es un calcetín —dijo Margarita.
Federico giró inmediatamente hacia ella.
Delfina también.
Margarita se arrepintió en el mismo instante.
—¿Qué dijiste?
—Nada.
—Margarita.
La niña miró el suelo.
Federico dio un paso.
—Yo estaba ayudándolo a buscarlo.
Delfina ni siquiera lo miró.
—No estaba hablando contigo.
Federico se quedó quieto.
Ada intervino.
—Ya está resuelto. Andrés utilizará otro y mañana encontraremos—
—No te pregunté a ti tampoco.
Ada apretó los labios.
Delfina volvió hacia Margarita.
—¿Qué dijiste?
Margarita juntó las manos.
—Que solo era un calcetín.
—¿Y desde cuándo decides tú qué es importante?
—No decido.
—Eso pensé.
Delfina miró a los tres.
—A dormir.
Margarita corrió hacia la cama.
Andrés detrás.
Federico permaneció un segundo.
—Buenas noches.
Delfina ya estaba saliendo.
No respondió.
Federico cerró la puerta.
Andrés estaba sentado en la cama.
—La odio.
Federico lo miró inmediatamente.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Tú también.
—No.
Andrés levantó las cejas.
Federico se cruzó de brazos.
—No importa.
—Eso significa que sí.
—Duérmete.
—Otra vez dando órdenes.
—Andrés.
Margarita estaba muy callada.
Ambos lo notaron.
Federico se acercó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Andrés miró a Federico.
Federico le devolvió la mirada.
Los dos conocían perfectamente aquel “nada”.
—¿Marga?
Ella jugó con la manta.
—¿Delfina nos quiere?
Federico no esperaba eso.
Andrés tampoco.
Margarita continuó:
—En la televisión dijo que quería mucho a los chicos del Hangar.
Andrés abrió la boca.
Federico lo miró.
Por una vez Andrés entendió que no debía hacer una broma.
—Ada nos quiere —dijo Federico.
Margarita levantó los ojos.
—Ya sé.
—Mamá y papá también.
—Ya sé.
—Y nosotros.
Andrés se acercó.
—Muchísimo.
Margarita sonrió un poquito.
—Yo también.
Federico se sentó a su lado.
—Entonces somos suficientes.
Andrés se dejó caer al otro lado.
—Además, yo te quiero más que Federico.
—Eso es mentira —dijo Federico.
—¿Ves? Ya está celoso.
—No estoy celoso.
—Yo quiero más a Fede —dijo Margarita.
Andrés abrió la boca, horrorizado.
—¡Traición!
Margarita empezó a reír.
—Mentira.
—Demasiado tarde.
Andrés se lanzó sobre ella.
Margarita chilló.
Federico intentó separarlos.
Terminó atrapado entre ambos.
—¡Paren!
—¡Ataque al rey!
—¡No soy rey!
—¡Ataque al príncipe!
—¡Margarita!
Las risas llenaron la habitación.
Durante unos minutos, Delfina desapareció.
El Hangar desapareció.
Los Pietro desaparecieron.
Krikoragán desapareció.
Solo quedaron ellos.
Mucho después, cuando los tres estaban dormidos, Ada entró.
Andrés había recuperado misteriosamente el calcetín perdido.
Estaba debajo de su almohada.
Ada decidió no preguntar.
Margarita dormía en medio.
Andrés tenía una mano sobre su brazo.
Federico estaba de lado, mirando hacia sus hermanos incluso dormido.
Ada les acomodó las mantas.
Se quedó allí unos segundos.
A veces todavía podía verlos con tres años.
Tres niños llegando a una casa desconocida.
Margarita llorando.
Andrés preguntando cuándo volvería Máximo.
Federico agarrando una mano de cada hermano.
Delfina había dicho que se acostumbrarían.
Y lo habían hecho.
Eso era precisamente lo que preocupaba a Ada.
Se habían acostumbrado a los guardias.
A las puertas cerradas.
A preguntar antes de entrar al jardín.
A no aparecer frente a las ventanas cuando llegaban desconocidos.
A estudiar en casa.
A no tener amigos.
A no salir.
Se habían acostumbrado tanto que Margarita podía preguntar si quizá a los siete años finalmente conocerían la calle.
Ada se sentó en el borde de la cama.
Le apartó suavemente el cabello de la frente.
—Lo siento —susurró.
Margarita no despertó.
Ada miró a Federico.
Después a Andrés.
Había prometido protegerlos.
Todos habían prometido protegerlos.
Pero últimamente comenzaba a preguntarse algo que no se atrevía a decir en voz alta.
¿Cuánto tiempo podía protegerse a un niño del mundo antes de que la protección empezara a convertirse en otra cosa?
A la mañana siguiente, Margarita despertó con música.
Abrió los ojos.
Todavía estaba oscuro.
Federico dormía.
Andrés también.
Margarita escuchó.
Otra vez.
Una melodía lejana.
Venía del otro lado.
Se levantó cuidadosamente.
Caminó hasta la ventana.
Separó las cortinas.
Buenos Aires comenzaba a despertar.
Luces.
Edificios.
Autos.
Y al lado...
El Hangar.
Había una luz encendida.
Margarita apoyó la frente contra el cristal.
No podía ver a nadie.
Solamente escuchar.
—¿Qué haces?
Margarita se sobresaltó.
Federico estaba despierto.
—Nada.
Él se levantó y caminó hasta ella.
—¿Es el Hangar?
Margarita asintió.
Andrés habló desde la cama.
—¿Hay aviones?
Federico puso los ojos en blanco.
—Duérmete.
—Estoy dormido.
Margarita sonrió.
Federico se colocó junto a ella.
—No deberíamos estar aquí.
—Estamos en nuestra habitación.
—Junto a la ventana.
—Delfina no dijo que no podíamos mirar por esta ventana.
Federico pensó.
No podía discutir eso.
Andrés apareció detrás de ellos, arrastrando la manta.
—¿Qué vemos?
—Nada —dijo Federico.
—Emocionante.
Andrés se colocó al otro lado de Margarita.
Los tres miraron.
No ocurrió nada extraordinario.
Nadie apareció.
Ninguna puerta se abrió.
No conocieron a nadie.
No escaparon.
No descubrieron ningún secreto.
Simplemente permanecieron allí.
Tres niños mirando un edificio.
Pero para Margarita era suficiente.
Porque hasta ese momento su mundo había estado formado por las cosas que conocía.
La mansión.
Ada.
Federico.
Andrés.
Delfina.
Los jardines.
Los libros.
Las fotografías de Florencia y Máximo.
Las historias de Krikoragán.
Ahora había algo nuevo.
Algo que estaba cerca y, al mismo tiempo, parecía tan lejano como el reino donde habían nacido.
El Hangar.
Margarita apoyó una mano sobre el cristal.
—Algún día voy a ir.
Federico giró hacia ella.
—Margarita...
—No hoy.
—Delfina dijo que nunca.
Ella lo miró.
—Delfina dice muchas cosas.
Federico abrió los ojos.
Andrés sonrió lentamente.
—Me gusta esta Margarita.
—Cállate.
Margarita volvió hacia la ventana.
—Solo digo que algún día.
Federico observó el Hangar.
Pensó en los Pietro.
En las reglas.
En Delfina.
En mamá.
En papá.
En que él era el mayor.
En que tenía que cuidar de ellos.
Después miró a Margarita.
—Cuando seamos grandes.
Margarita sonrió.
—¿A los siete?
Andrés soltó una carcajada.
Federico también.
—No —respondió.
—¿Ocho?
—No.
—¿Nueve?
—Margarita...
—¿Diez?
—Duérmete.
Ella continuó enumerando edades mientras Andrés proponía números cada vez más absurdos y Federico intentaba hacerlos callar.
Seis años.
Todavía tenían seis años.
Todavía faltaba muchísimo para que comprendieran qué significaba realmente vivir bajo el cuidado de Delfina.
Muchísimo para que Federico comprendiera que ser heredero no significaba que tuviera que convertirse en padre de sus hermanos.
Muchísimo para que Andrés descubriera que no todas las cosas podían esconderse detrás de una broma.
Muchísimo para que Margarita entendiera que querer ver lo mejor de las personas no significaba permitir que decidieran su vida.
Y muchísimo para que los tres descubrieran que el mundo no terminaba en el portón negro.
Por ahora eran simplemente tres niños.
Tres hermanos.
Dos príncipes y una princesa que dormían juntos aunque tuvieran tres habitaciones.
Que discutían por nueve minutos de diferencia.
Que soñaban con perros que nunca habían tocado.
Que conocían países enteros a través de libros pero nunca habían caminado solos por una calle.
Que podían señalar Krikoragán sobre un mapa pero apenas conocían Buenos Aires, aunque estuviera extendiéndose justo frente a sus ventanas.
Tres pequeños herederos que el resto del mundo creía perdidos.
Y al otro lado de un muro comenzaba a crecer un lugar lleno de música, luces, voces y jóvenes.
Un lugar construido por la misma mujer que mantenía su existencia escondida.
El Hangar todavía no significaba nada para ellos.
Era solamente música detrás de una pared.
Pero Margarita continuó observándolo hasta que Federico la obligó a volver a la cama.
Y antes de cerrar los ojos pensó nuevamente en lo mismo.
Algún día.
No sabía cuándo.
No sabía cómo.
Pero algún día cruzaría al otro lado.
Y cuando lo hiciera, no iría sola.
Federico estaría con ella.
Andrés también.
Porque en todos los cuentos podía haber un príncipe.
En el suyo había tres hermanos.
Y ellos siempre iban juntos.
