Actions

Work Header

i need you now (now more than ever)

Summary:

basorexia: sust. un deseo intenso o compulsión de besar a alguien

Baja la cabeza de nuevo, avergonzado. Está aquí, pidiendo perdón y en el trasfondo de su mente solo ve imágenes de Pedri. Recuerda, con una claridad casi humillante, la lengua de Pedri comiendo un helado, manchando las comisuras de su boca de marrón, rosa, naranja y en su mente solo podía pensar en limpiarlo él mismo, recoger los restos de verano con sus propios labios.

Perdóname, Padre, por decepcionarte así, por mentirte, por querer rendirme ante los placeres de la carne.

o: donde Ferran lleva mucho tiempo queriendo besar a Pedri y tiene que ir a confesar sus pecados.

Notes:

título: basorexia - sace6 (brutalist)

para mi clarita, que a pesar de que le dije que yo no podría escribir religious guilt, mis traumas me ganaron y salió esto.

disclaimer: si esperáis una crítica estructural a la iglesia o a la religión, no es aquí. es todo mucho más complicado. me explico en las notas del final.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Por primera vez en muchos años, siente una gota de sudor frío bajar por su cuello mientras camina por la nave central, entre los bancos que, asume, han estado llenos hace tan solo media hora. No es algo que pueda asegurar con certeza, pues él no ha venido a misa.

A su interminable lista de faltas le añade el saltarse sus responsabilidades como feligrés y, cómo no, las mentiras que vienen con ello. Su madre tiene razón: una mala acción rara vez viene sola, siempre hay otras acompañándola.

Ferran ha perdido la cuenta de todas las que ha ido acumulando estos meses.

Elige el banco de la izquierda en la tercera fila, se sienta pegado al borde. Es el mismo sitio de cuando era pequeño, en Valencia, sus padres todavía estaban juntos y venían a misa en familia, en la sesión de las 12, la de los niños. Pasaban ellos primero y dejaban que él se sentase en el extremo porque creían que le gustaba participar, se quedaba absorto cuando el catequista se giraba a los niños en el público y les preguntaba si habían sido buenos, si tenían a Dios en su corazón. Él era un niño tímido, callado, que miraba con recelo como aquel chico de universidad hablaba con todos, incluso con él, lo veía, le pasaba el micro de vez en cuando, le guiñaba el ojo cuando volvía al altar. Si es honesto, se acuerda más de él, infinitamente alto con el pelo rubio sucio y la cara llena de pecas, que de lo que decía. Tal vez debería añadirlo a la lista.

Suspira lentamente mientras junta ambas manos sobre su regazo y baja la cabeza. Fuera, más allá de los límites que marcan los muros de piedra centenarios de esta iglesia, su nombre significa algo. Aquí, sin embargo, frente al altar y bajo los ojos que lo observan desde lo alto del retablo, él no es nadie.

Intenta abrir su corazón como muchas otras veces, sincerarse ante el Señor, enseñarle los pliegues de su conciencia y pedir un perdón que sabe que como pecador no se merece. Algo que en tantas ocasiones ha sido tan fácil como respirar, hoy se le presenta como una cima inalcanzable. Tal vez su alma ha llegado a tal punto de putrefacción que es imposible sacar nada de ella.

Respira de nuevo, pausado, controlado y levanta la vista. Sus ojos se cruzan con los del Cristo en el altar, que lo mira desde lo alto de la cruz en la que murió lentamente.

Yo sufrí por ti, Ferran. Di mi vida por los hombres pecadores como tú. Habla.

No tiene escapatoria. Está encerrado en esta iglesia, enorme y fría hasta que se sincere, hasta quedarse mudo de pedir la absolución. Lleva semanas acumulando ponzoña en el pecho, en los pulmones, tanta que ya no hay sitio para Dios. La única salida es arrepentirse.

Padre, perdóname, porque he pecado.

El primer paso es el más difícil pero ya está dado. Se le llenan los ojos de lágrimas y continúa.

Perdóname porque te he desobedecido, he desobedecido tu palabra y he pecado de pensamiento. Señor, mi cabeza se ha vuelto veneno para mi alma y siento que no puedo escapar. ¿Es el mal hecho tan grave si se hace cuando no tienes otra opción?

He leído tu palabra, una y otra vez, hasta la saciedad, hasta tenerla grabada en la mente y el corazón. Tú dijiste "no te echarás con varón como con mujer; es abominación" y yo lo sé, prometo que lo sé, pero mi cuerpo no puede dejar de pensar en ello. El impulso me arrastra cada vez más y yo soy un hombre débil. No lo he hecho, Señor, no quiero hacerlo.

Por primera vez en su vida, miente durante la oración. No hay nada que anhele más que besar a Pedri.

Pedri, que ha entrado de lleno en su vida, llegando a cada rincón y moldeándose a las aristas de su existencia. Pedri, que llegó como un compañero inocente, se hizo amigo cercano en tiempo récord y cuyo papel en la vida de Ferran no deja de crecer y crecer, a tal punto que teme que su vida dejará de ser suya y será de Pedri. Pedri, que despierta en él pensamientos ilícitos que han empezado a contaminar los bordes de su alma.

Él era un buen hombre, un buen cristiano, tenía claro su lugar en el universo, en el plan de Dios. Su madre se lo había repetido incontables veces, cada noche mientras le acariciaba el pelo antes de dormir cuando era más pequeño, por las mañanas mientras se cepillaba los dientes cuando llegó a la adolescencia, una y otra y otra vez cuando se divorció de su padre. Ferran, le había dicho, tienes que ser buen chico para ser buen hombre, buen hombre para ser buen marido, buen marido para ser buen siervo de Dios. Ferran, le había recordado, conocerás a una chica, una mujer, en el futuro, asegúrate de que su corazón entiende la palabra de Dios, no persigas a aquellas que no saben entender el amor del Señor.

Su madre jamás le habló de los chicos como Pedri.

El plan era sencillo: una buena chica de la parroquia, un matrimonio en esta misma iglesia, un niño y una niña, y con ellos de vuelta a empezar. No sabe en qué momento se ha torcido todo tanto para que lo único en su mente, lo único a lo que aspira, sea besar a Pedri.

En esta vida que le ha tocado vivir, se ha encontrado con todo tipo de personas, le han ofrecido todo tipo de venenos. Ninguno es tan adictivo como imaginarse los labios de Pedri contra los suyos. Carnosos, suaves, le dan forma a su acento y timbre a su voz, y Ferran quiere saber a qué saben, cómo se sienten entre sus dientes y cómo reaccionan al paso de su lengua.

Baja la cabeza de nuevo, avergonzado. Está aquí, pidiendo perdón y en el trasfondo de su mente solo ve imágenes de Pedri. Ve perfectamente el labio inferior, el más grueso, aplastado bajo sus incisivos cuando está nervioso. Distingue como se hunden bajo cada dedo y vuelven a subir al golpearlos Pedri con el índice y el corazón, absorto en sus pensamientos. Recuerda, con una claridad casi humillante, la lengua de Pedri comiendo un helado, manchando las comisuras de su boca de marrón, rosa, naranja y en su mente solo podía pensar en limpiarlo él mismo, recoger los restos de verano con sus propios labios.

Perdóname, Padre, por decepcionarte así, por mentirte, por querer rendirme ante los placeres de la carne.

Te ruego, Señor, que Tú, en tu infinita misericordia, sepas perdonar mi desobediencia. Solo soy un hombre débil. Dame fuerzas, mi Dios, para enfrentarme a este deseo que me consume desde los más profundo y que está corrompiendo mi corazón. Enséñame el camino, yo te seguiré donde me mandes, iré feliz donde me lleves.

Perdóname, Padre, por descuidar el alma que me has dado, por descarrilar la vida que has dispuesto para mí. Yo sé, soy consciente de que esta vida no es mía, no me pertenece, es uno más de tus regalos, un préstamo, algo que cuidar mientras mi corazón lata. Te pido perdón por desobedecer tus órdenes, por mi orgullo y mi codicia que me han llevado a separarme del camino que has forjado para mí.

Si todo pasa por algo, si hay un motivo detrás de cada cosa que sucede, te ruego, Señor, que me ayudes a entender su propósito en mi vida. Se ha acomodado en mi día a día como uno más, es fácil tenerlo cerca. Aunque no crea en ti como yo lo hago, Padre, su corazón es puro, puedo sentirlo. Pero ha despertado en mí unos sentimientos, un amor que me consume por dentro, me inmoviliza y expone mis faltas.

Señor, sé que no soy nadie pare pedirte explicaciones, pero ayúdame a entender: ¿por qué meter en mi vida alguien que parece el Bien pero en mí solo despierta el Mal?

Una mano en su hombro lo saca del momento.

Abre los ojos, nota la humedad acumulada del dolor que le causan todos sus pecados y se gira ofendido por la interrupción.

— Ferran, no esperaba verte hoy —dice el padre Luis Enrique, su voz levemente elevada por la sorpresa pero siempre suave en la casa de Dios.

— Padre —exhala él.

— ¿Cómo sigues? ¿Estás ya mejor? —pregunta con el ceño fruncido, estudiando su cara con cuidado.

El peso de todas sus malas acciones, más allá de Pedri, caen sobre él, rompen como una ola en la orilla y él se queda parado, perdido. Ha estado dando largas, excusas, para no pisar este sitio sagrado hasta que no sea capaz de enfrentar lo que siente. Hoy dijo que le dolía el estómago.

— Padre, yo… —empieza, enreda sus dedos en su regazo. Una mentira más no haría sino alimentar el veneno en sus venas, no puede hacerlo—. Perdóneme —susurra derrotado, bajando la cabeza de nuevo.

— Ay, ya te he dicho que me llames de tú, Ferran, no soy tan mayor —refunfuña el hombre con la boca arrugada. Le hace un gesto con las manos para que se mueva en el banco y poder sentarse a su lado.

Se quedan en silencio unos segundos que a Ferran se le hacen eternos. El miedo se cuela en cada poro de su ser y vuelven los sudores fríos, el temblor en las manos, los dientes en sus labios. Otra imagen de Pedri pasa por su cabeza, labios resecos por el frío un día de invierno. Es débil, siempre lo ha sido.

— ¿Has venido a hablar con Él? —pregunta Luis Enrique con la mirada fija en el Cristo frente a ellos, no espera una respuesta—. Yo también vengo, cuando la vida se complica y necesito reflexión.

No dice nada porque no sabe qué decir, no sabe cómo desenredar la maraña que ha estado tejiendo todos estos meses. Es incapaz de delinear los límites de su persona, separar al Ferran que es buen cristiano del que dice mentiras y se escaquea de misa, no sabe dónde acaba él y dónde empieza Pedri.

— ¿Qué se ha complicado, Ferran? ¿Por qué necesitas reflexión?

Traga saliva y levanta la mirada, imitando al hombre a su lado, y la posa sobre Jesús en el retablo. Jesucristo, impasible ante la confesión de Ferran, en postura de eterno dolor con una lágrima por la mejilla. Busca en ese rostro respuestas que no encuentra. El hombre a su lado le pone una mano en la rodilla y se agarra a ese hilo, a esa posibilidad de encontrar una solución.

— Padre, hay algo que quiero confesar —admite en voz tan baja que teme no haber sido escuchado, los ojos clavados en los de Cristo.

Luis Enrique parece entender las implicaciones de la petición, se levanta inmediatamente y se alisa la sotana. Extiende una mano cómplice hacia él.

— Caminemos.

Fuera, la primavera está en todo su esplendor. Los árboles se han llenado de flores, hay ardillas corriendo por el césped y el aire huele a lluvia de la mañana. El sol ciega a Ferran apenas sale de la iglesia oscura. Es casi ofensivo como el mundo está tan feliz y lleno de vida cuando él siente que se marchita por dentro.

— Dime, pues, que he quedado para comer —lo insta Luis Enrique con un codazo suave, un intento de humor para aligerar el ambiente.

No sabe por dónde empezar, si por las excusas y las mentiras o los sentimientos que sabe que no debería tener por su mejor amigo. Decide que no está preparado todavía para desenterrar aquello que lo mantiene despierto por las noches, así que le pregunta lo que ha preguntado en su oración.

— En el plan que el Señor tiene para todos y cada uno de nosotros —habla con cuidado, pensando cada palabra meticulosamente—, ¿es posible que estén incluidas tentaciones, pruebas para comprobar nuestra lealtad a su palabra?

— Estás afligido por pensar mucho, Ferran —se lamenta el hombre que levanta las manos hacia el cielo y niega con la cabeza—. Pero no, el Señor no intenta picarte, quiere de tu vida lo mejor.

Él asiente aunque no muy convencido. Luis Enrique lo mira de reojo y sacude la cabeza incluso más, como si no pudiese creer la conversación que están teniendo.

— El Padre, como todos los padres del mundo, busca lo mejor para nosotros, quiere que lo hagamos bien —explica el cura con paciencia.

— ¿Y si… y si hay algo que nos tienta constantemente? Algo que insiste mucho, que tira y tira, como si quisiese hacernos caer —gesticula con las manos, queriendo explicar su punto con claridad—. Pero, al mismo tiempo, es difícil de resistir porque… porque nos hace sentir bien.

El hombre se gira hacia él y lo observa detenidamente. Siente sus ojos escrutar su cara en busca de algo. Tras unos segundos, parece haberlo encontrado porque responde.

— La tentación, Ferran, es algo… efímero, por decirlo de alguna manera, es algo que nos hace sentir bien en el momento, pero que a largo plazo nos hace daño —explica detenidamente, Ferran se siente expuesto ante la mirada del cura—. El mal, Ferran, busca pudrir nuestra alma, hacernos peores personas. Algo que nos hace bien, que nos mejora, que nos acerca a Dios, no es una tentación. No es y no está mal —sentencia y se para bajo un cerezo en flor.

Lo sabía. Todos estos sentimientos lo están pudriendo por dentro, lo alejan de sus metas, de la vida que quería para sí mismo.

— Gracias, padre, eso me te-

— No te estás haciendo peor persona, Ferran —afirma Luis Enrique con una certeza que lo deja temblando—. Creo que estás confuso, preocupado por algo, no sé muy bien el qué, y que por eso estás distante. Todos necesitamos espacio a veces, encontrarnos a nosotros mismos para poder volver mejores. Créeme, he visto personas que se han perdido en caminos sin retorno y tú no eres de esos.

Ferran levanta la vista al cielo, busca la verdad entre las nubes y solo encuentra vestigios de blanco sobre azul. Pedri durmiendo la siesta en un sofá cualquiera después de una comida formal, su camisa prístina haciendo contraste con los cojines, blanco sobre azul.

— Sé que has estado muy ocupado estos meses y no hemos podido vernos como antes, pero ¿realmente crees que eres peor que hace medio año, hace un año? ¿De verdad? —inquiere el cura y retoma su caminata, dejándolo atrás.

Lo piensa con detenimiento.

Hace unos meses estaba sentado en el coche de Pedri, de camino a esta misma iglesia. Todo era fácil, sencillo, pasar tiempo con el canario era como pasar tiempo consigo mismo, no requería ningún esfuerzo. Recuerda estar distraído con la música cuando Pedri tocó el claxon con fuerza y soltó una maldición. Levantó la cabeza inmediatamente para verlo morderse el labio con fuerza y su primer instinto fue besarlo con dulzura. Esperaba con sus propios labios borrar el abuso de los caninos sobre la piel. Rato después, estaba sentado, escuchando misa cuando recordó el impulso de tener a Pedri entre sus brazos y tuvo que agachar la cabeza avergonzado. Apenas el cura le permitió ir en paz, salió corriendo, con la sensación de un pecado inminente pisándole los talones.

Desde entonces, todo fue en picado.

La sensación empezó ligera y cálida en su pecho, como un soplo de aire fresco después de estar encerrado, un rayo de sol después de un día de lluvia, Pedri lo hacía sentir como si estuviese aprendiendo a respirar por primera vez. Pero, en poco tiempo, ese sentimiento creció tanto que ya no cabía entre los huesos de su pecho y su diafragma, empezó a colarse y gotear por el resto de su cuerpo. Sus venas ahora transportan un hambre profunda que sabe que no podrá saciar jamás, algo profundo que le provoca un cosquilleo en las yemas de los dedos y pinchazos en el estómago.

Pasar tiempo con Pedri se ha convertido casi en una tarea, un reto consigo mismo para ver cuánto puede durar sin tener la necesidad de saltar frente a él, como un depredador con su presa, y comérselo entero.

Él siempre ha sido una persona cariñosa, táctil, incapaz de expresar sus sentimientos sin cualquier tipo de contacto. Pero con Pedri ya nada es suficiente, un brazo sobre los hombros, un abrazo por la espalda, una caricia en la mejilla no hacen nada por saciar ese apetito voraz. Quiere la carne de Pedri entre sus muelas, destrozar músculos y tendones. En su pecho ha nacido una flor carnívora, lo necesita de una manera voraz.

Todos estos sentimientos lo están volviendo loco, se están comiendo su cordura pedacito a pedacito. Lo atormentan por las noches, lo avergüenzan cuando está despierto. Un buen cristiano no pensaría lo que Ferran piensa de Pedri, un hombre de Dios no huiría de misa para encerrarse a pensar en los labios de otro hombre. Un buen cristiano no se echa con varón como con mujer.

El cura lo espera al final del camino, cercano al muro del jardín. Ferran camina hacia él a grandes zancadas, buscando excusarse, dar una explicación.

— Llevo mucho tiempo sin venir a misa —es lo único que es capaz de decir sin exponer todo lo que tiene en el pecho, el monstruo que le pica los pulmones y el corazón—. Usted sabe… —Luis Enrique frunce el ceño— tú sabes que yo siempre vengo, todas las semanas.

— Mmh, sí —concede—. Pero también sé que tu vida está cambiando, estás más ocupado. Te estás convirtiendo en alguien importante, Ferran. ¿Acaso no estás orgulloso de ello? ¿De ti mismo?

— ¿Es eso posible?

El cura se ríe tan alto que Ferran se sobresalta, un pájaro en un árbol sale volando y una ardilla que los miraba curiosa huye de vuelta a su escondite.

— ¿Qué clase de pregunta es esa? Pues claro que puedes estar orgulloso, es tu esfuerzo —se acerca a él y le coloca una mano en la frente, preocupado—. ¿Seguro que no estás enfermo?

— No, Padre, yo… —no sabe cómo seguir.

Él ha pedido la confesión pero es incapaz de ser honesto, de abrirse ante al hombre que está aquí para escuchar sus pecados, de sincerarse frente a Dios. En su garganta se hace un nudo tan apretado que le impide tragar. ¿Qué va a ser de él?

— Ferran, ¿qué te pasa? —pregunta Luis Enrique sin rodeos mirándolo a los ojos fijamente.

No hay escapatoria.

— Padre, el plan de Dios… yo siento que me estoy alejando del plan que Dios tiene para mí y… y… —habla agitado, los pensamientos se agolpan en su garganta y tiene que dejarlos salir o se va a ahogar— y… mi madre dice- la biblia, la biblia dice que es abo-

— A ver, cálmate —interrumpe el cura—. Eso lo primero. Lo segundo, te estás tomando todo muy en serio. Tienes que relajarte, tener más perspectiva.

Eso es muy injusto, piensa él. Ha dedicado su vida a ser un buen cristiano, a seguir las normas, hacer lo que esperan de él y ahora ¿se supone que tiene que relajarse? ¿Todos estos años, desperdiciados?

Su cara debe delatarlo porque Luis Enrique suspira profundamente de nuevo y lo agarra del codo, llevándolo hasta un banco apartado cerca de una esquina, rodeado por árboles y arbustos. Un sitio privado, un sitio para confesión.

— Ferran, la religión, tu experiencia con ella, es algo completamente personal. Te pertenece a ti y a nadie más, y nadie puede o debe dictar cómo la vives y cómo la entiendes. Incluso yo como siervo del señor tengo mi propia manera de entenderlo y de vivirlo. Tú —le clava el índice en el pecho con suavidad y Ferran siente el golpe directo en el corazón, atacando el veneno de sus venas— decides lo que significa Dios para ti. Ni yo, ni tu madre, ni nadie más. Tú.

Es algo que nunca se había parado a pensar. Siempre ha visto su religión, su posición en la Iglesia como algo permanente, inamovible. Él nació en esta comunidad, se le asignó un papel y ahora está aquí, haciendo su mejor esfuerzo por interpretarlo. Quizás sea ese el problema, nunca ha sido él mismo, pretende ser otra persona para no salirse del molde. No sabía que existía la posibilidad de simplemente… existir.

— El plan de Dios, como se suele llamar —continúa Luis Enrique—, es una manera de entender la vida. Responde a las explicaciones que pedimos como cristianos a los eventos que nos rodean, que nos afectan. No es una lista, no son deberes, no va a pasar nada si "te lo saltas" —enumera con los dedos frente a su cara—. Relájate. Te noto angustiado, agobiado, como si Cristo mismo fuese a bajar del cielo a leerte la cartilla y quitarte la consola cuando se dé cuenta de que has estado saltándote las clases —bromea en un intento de aligerar el ambiente y Ferran suelta una risa débil, de esas en las que el aire sale por la nariz y el pecho se hunde un poco.

Se permite divagar en las infinitas posibilidades que se abren para él. La vida siempre le ha presentado cambios, bifurcaciones en el camino, y Ferran siempre ha optado por la opción que lo mantuviese aquí, junto a su madre, su Iglesia, la comunidad a la que le corresponde dedicarse. Pensándolo así, irse a Manchester no fue un error. Recuerda el remordimiento con el que vivió durante dos años, un sentimiento parecido al que tiene ahora que lo come por dentro y lo deja sin dormir. La amargura del recuerdo puede disolverse, las arrugas de su pasado pueden alisarse. Lo que hizo, no es una sentencia.

Luis Enrique lo mira a los ojos muy fijamente, serio, sin mover un solo músculo. Ferran vuelve a sentirse expuesto, analizado, una rana en un laboratorio de química esperando ser diseccionada. Nota al cura escarbar en su mirada, buscando algo en sus ojos. Finalmente, parece encontrarlo porque suspira de nuevo y le agarra ambas manos entre las suyas.

— Y la Biblia, Ferran, no es tampoco un libro de instrucciones —susurra, como si Ferran fuese un animalito al que no hay que asustar—. Hay tanta… mierda ahí metida, no te lo puedes tomar todo en serio —el chico abre mucho los ojos sorprendido ante las palabras del cura—. No me mires así, es la verdad. Si tuviésemos que hacer caso a todo lo que dice, seríamos tan miserables. Tú, por ejemplo, no podrías comer marisco, ¿crees que serías capaz? Te quitarían el carné de valenciano —le dedica una sonrisa pequeña con complicidad—. Hay que leer, entender, sacar el significado y aplicar lo que nos sirva. No es perfecta ni lo somos nosotros, Ferran. No pretendas serlo basándote en un libro de hace miles de años.

Los dedos de Luis Enrique le acarician el dorso de la mano en círculos, un movimiento hipnótico que lo mantiene anclado a la conversación, le impide a su mente desligarse y hundirse en sus miedos. Las palabras del hombre caen sobre él como lluvia de verano, bienvenidas ante el calor sofocante de la vergüenza que lo ha estado persiguiendo estos meses. No está cometiendo un delito ni una abominación. El peso en su corazón se deshace poco a poco, cada respiración limando la piedra que le aplasta las costillas.

— Perdón, padre —repite por enésima vez. Parece que es lo único que sabe hacer hoy, pedir perdón.

— Anda, anda —el hombre chasquea la lengua y se levanta, le indica a Ferran con un gesto de cabeza que lo siga de vuelta a la iglesia—. Nada que perdonar, es solo que a veces nos encerramos con nuestros pensamientos y no abrimos la ventana, no dejamos que entre el aire.

— Sí, bueno, yo… prometo venir la semana que viene —balbucea, todavía un poco avergonzado por las excusas, las mentiras.

— Ah, vale, eso sí te lo perdono —dice el cura con un golpe de sus dedos en la frente, agarra a Ferran del brazo para que se pare y lo mire a los ojos—. No pasa nada por no venir una semana, ¿sabes? O varias. Mientras tengas a Dios en tu corazón, está bien —le recuerda—. Eso sí, sé sincero, por favor. No nos alejes a los que te queremos —le pide con un apretón.

— Claro, padre, tiene usted mi palabra. Perdón por preocuparle.

— Ay, Ferran, que no soy tan mayor —se queja Luis Enrique soltándole el brazo y continúa caminando—. Bueno, dime, ¿qué planes tienes esta tarde?

— Eh, nada en especial —se encoge de hombros al llegar al borde del jardín.

— Bueno, haz algo divertido, por lo menos. ¡Eres joven! Aprovecha por los que no lo somos —pide el cura con una sonrisa mientras se aleja hacia la iglesia—. Adiós, Ferran.

— Adiós, padre —repite con una mano levantada.

Sigue caminando, dispuesto a volver a su coche cuando siente unos dedos en el hombro. Se gira, confuso.

— Y salúdame a Pedri, anda —pide Luis Enrique con una sonrisa de lado y le guiña el ojo antes de volver por donde ha venido.

Quiere sorprenderse pero la verdad es que nunca se le ha dado bien disimular.


Conoce el camino a casa de Pedri como la palma de su mano, podría hacerlo con los ojos cerrados. En los surcos más profundos de su mente están grabados cada giro y cada semáforo, no le hace falta mirar para saber en qué punto se acaban las calles abarrotadas de Barcelona y empiezan las hileras de casas separadas, lo siente en el pecho, lo reconoce por la vibración del coche bajo su cuerpo. Como todo lo que tiene que ver con Pedri, es casi una extensión de sí mismo.

Parado frente a su puerta vuelve a sentir esa hambre, esas ganas que lo consumen poco a poco. Las palabras de Luis Enrique resuenan en su cabeza, su mente le recuerda que no está haciendo nada malo, no está corrompiendo su alma. Pedri lo vuelve mejor persona, querer a Pedri está bien.

Toca el timbre y espera ansioso. Su cabeza es un remolino de pensamientos inconexos y contradictorios, siente miles de hilos tirar de él en direcciones opuestas y él solo puede hacer su mejor esfuerzo por anclar los pies al suelo y no ceder a los empujones. En el centro de todo, como siempre, está Pedri. Ve imágenes de ambos en ese mismo lugar, un momento efímero pero sempiterno al mismo tiempo, Pedri parado bajo el umbral de su puerta con el cuerpo dentro de la casa y Ferran fuera, tan cerca pero a la vez tan lejos, segundos de silencio interminables que siempre parecen llevar a algo, un redoble de tambores mudo. Ferran nunca ha sido capaz de ver el final de esa escena, siempre ha sido el que da el paso para decir adiós, con voz apurada y el apetito en su pecho amenazando con comerse su propio corazón.

— ¿Ferri? —saluda el canario frotándose un ojo con la mano.

Tiene la voz pastosa y está descalzo, marcas rojas adornan sus piernas y una de sus mejillas. Se estaba echando la siesta.

— Hola, Pepi —dice con voz más calmada de lo que esperaba.

Había creído, durante un segundo, que tendría que hacer un esfuerzo consciente por regular su respiración para poder hablar, pero su cuerpo le recuerda, una vez más, que con Pedri todo es fácil. No hay nada que temer.

— Creía que estabas ocupado hoy —murmulla su amigo que abre la puerta del todo para dejarlo pasar y vuelve a meterse en la casa.

Ferran se queda parado en el umbral, paralizado tras darse cuenta de que esta no es una tarde normal, que esto puede marcar un antes y un después. Todavía hay demasiados hilos en su pecho que no sabe desenredar, la vergüenza y el miedo no se han ido. Quizás debería haber esperado, pensarlo un poco mejor antes de presentarse aquí sin plan. Ha pecado de impulsivo, otra falta más.

Pedri se gira confuso al final del pasillo, cerca del salón y lo mira con una ceja levantada y una sonrisa divertida. Su labio inferior es mucho más apetecible cuando sonríe así, relleno y jugoso como una fruta en verano. Se pregunta si al hundir sus dientes en la carne la sangre de Pedri le bajará por la barbilla, un hilo rojo sin rumbo haciéndose camino entre su barba y cayendo por su cuello. Traga saliva.

— ¿Ahora eres un vampiro o qué? —se burla el menor y se lame los labios sin pensarlo.

La imagen se transforma en un proyectil que cae directo en el centro del pecho de Ferran, revienta la masa negra que ocupa sus costillas.

— Yo…

— Entra, anda —ordena Pedri—. Que parece que va a llover y te me vas a mojar.

La casa de Pedri huele a galletas recién hechas, algo inusual, pero que lo ayuda a calmarse. Le recuerda a su propia infancia, a días más fáciles cuando la presión de las expectativas no se colgaban de su cuello y él podía soñar con lo que quisiese. Se siente casi como un niño, con un mundo lleno de posibilidades ante él. Sólo le queda dar el paso y atreverse a tomarlas.

— ¿Has hecho galletas? —pregunta sentándose en el sofá, en el sitio de siempre. Ha estado aquí tantas veces que ya se moldea a su cuerpo.

— Qué va, vino mi madre y las hizo —explica Pedri, que cae justo a su lado y se pega a él desde la cadera hasta la rodilla—. Si las hiciese yo, olería a quemado, eso te lo aseguro.

Se ríe suavecito mientras su amigo juguetea con el mando y busca un partido para que vean juntos. El Rayo Vallecano aparece en la pantalla y ninguno dice nada más, los ojos fijos en el juego.

Ferran sabe que ha venido aquí con un propósito claro, pero todas las emociones del día de hoy se han ido sedimentando en su estómago hasta crear un peso que le impide moverse. No sabe qué hacer ni por dónde empezar, porque decirle a su mejor amigo de hace tantos años "estoy enamorado de ti" se siente como una locura de proporciones cósmicas. No, hay tantas capas en su pecho ahora mismo y no sabe cuál pelar primero.

Se acomoda un poco y gira la cabeza para observar a Pedri de reojo. Nunca se va a cansar de mirarlo, de estudiarlo milimétricamente hasta aprendérselo. Su única meta en esta vida es llegar a ser capaz de reconocerlo a ciegas, usar como guía solamente el tacto de sus dedos sobre su frente, su nariz, sus labios.

— ¿Tengo algo en la cara? —pregunta Pedri sin separar la vista de la televisión, levanta la mano para frotarse la mejilla por si acaso.

— No —responde y se gira por completo, clavando sus ojos en él sin disimular.

— Entonces —Pedri lo imita, sus miradas se cruzan—, ¿qué tanto me miras?

¿Por dónde empezar?

— Quiero preguntarte una cosa —anuncia el valenciano, su amigo levanta las cejas con curiosidad—. Tú… ¿qué opinas del plan de Dios?

— ¿El… plan de Dios? —repite Pedri confuso y él asiente—. ¿Cómo que el plan de Dios? ¿Qué, acaso te ha invitado a salir de copas esta noche? —bromea.

— Oye —lo regaña Ferran, levanta un dedo para clavarlo en su costado y sonríe satisfecho cuando Pedri se remueve incómodo pero sin perder la sonrisa—. No, no es eso. Me refiero a… sabes que Dios tiene un plan para todos nosotros y espera que hagamos, no sé, algo específico con nuestra vida. ¿Tú qué opinas sobre eso? ¿Crees que salirnos del plan es algo, no sé, malo?

Pedri rompe el contacto visual y apoya la cabeza sobre el respaldo, sube la mirada al techo como si buscase algo. Arruga la boca en una mueca pensativa y Ferran siente de nuevo esas ganas de saltar sobre él, besarlo hasta la saciedad, hasta quedar empachado de sabor a Canarias y olor a jabón.

— Eh, no sé —acaba diciendo Pedri sin devolverle la mirada—. Sabes que yo no sé mucho de eso —se encoge de hombros—. Mi madre siempre dice que Dios nos hizo libres, que nos quiere tal y como somos —gira un poco la cabeza para mirar a Ferran a través de las pestañas—. Lo único que tenemos que hacer es amar al prójimo, creo. Ya sabes, no ser un hijo de puta.

— ¿Amar al prójimo? —es algo que sabe a la perfección, por algún motivo suena raro saliendo de los labios de Pedri.

— Sí. Mi madre tiene esta cosa que dice que… —Pedri frunce el ceño, buscando las palabras— como que Dios nos da mucho amor y hay que compartirlo con el prójimo, ¿sabes? Como que está mal quedárnoslo todo.

Tiene toda la razón del mundo.

El remolino en su pecho deja de girar ansioso durante un momento mientras Ferran piensa. Este deseo, estas ganas, ¿qué son, si no amor por Pedri? Traga saliva y siente las piezas en su interior acomodarse poco a poco, buscando su lugar. Su familia siempre lo ha llenado de amor, su comunidad, sus referentes, todo son distintas manifestaciones de amor. Lo han querido tanto que ahora ese amor se le escapa, lo llena tanto que duele a veces y su alma ha decidido que en vez de desperdiciarlo, mejor darle ese amor a Pedri.

Pedri, su Pepi, parte indispensable de su vida, es el recipiente del amor que no le cabe en el pecho. Lo mira despacio, fijándose en su pelo y sus pestañas, sus ojos cansados pero pícaros, sus mejillas sonrosadas y su boca. Oh, su boca. Sus labios que no ha podido quitarse de la cabeza desde el primer día, incluso antes de querer besarlos, incluso antes de hablar con él por primera vez. Tal vez el hambre que lo consume no sea pecado, tal vez sea la necesidad de compartir con Pedri lo que siente.

Este es su propósito.

Rompe la distancia que los separa y posa sus labios sobre los de Pedri. El sentimiento es mucho mejor de lo que se había imaginado, una electricidad que entra por su boca y baja directamente a su corazón, se reparte por todo su cuerpo con cada latido, le deja los dedos entumecidos y el pecho temblando. No cree que vaya a experimentar nada mejor en esta vida.

Pedri, sin embargo, se queda quieto.

Esta es una posibilidad que se le había olvidado contemplar. Ha estado tan absorto en sus propios pensamientos, tan oculto en su propia vergüenza que no ha pensado que a lo mejor Pedri no siente lo mismo, que quizás es alguien que concuerda con las normas del Levítico. La electricidad se convierte rápidamente en veneno y se dispone a separarse, pedir disculpas, cuando siente unos dedos fríos en su nuca.

La mano del canario sube por su cuello hasta enredarse en los mechones más largos de su pelo, le rasca la cabeza con las uñas, un gesto que deshace la rigidez de su columna y lo dejan mal colocado. La otra mano se posa en su mejilla, con el pulgar muy cerca de su boca y, por fin, Pedri lo besa de vuelta.

Empieza con una presión correspondida, labios que hacen fuerza contra sus propios labios en vez de quedarse inertes, pero en poco tiempo se vuelve feroz. Pedri tira de la mano en su pelo, lo echa un poco hacia atrás e inmediatamente lo aprieta para acercarlo más. La antítesis del movimiento lo toma por sorpresa y abre su boca en un jadeo, minúsculo y breve, pero que el otro chico aprovecha para introducir la lengua en su boca.

Ferran ha sido un buen cristiano toda su vida, así que en este momento se permite el lujo de usar el nombre de Dios en vano y comparar la sensación con el mismísimo cielo. Ninguna de sus fantasías, ni las más puras ni las más oscuras, se comparan a la realidad de estar besando a Pedri. Siente su lengua contra sus labios, sus dientes, recorriendo todos los rincones de su boca.

Levanta sus manos, que se habían quedado intertes en el sofá, para envolver a Pedri entre ellas. Su mano izquierda sube a la mejilla de Pedri, acaricia el borde sus ojos con el pulgar y desliza su palma hasta que sus dedos llegan a sus orejas y se enredan en su pelo. Con la derecha, se agarra de la cintura de Pedri como un náufrago a un salvavidas, es su única ancla al mundo real.

Por fin, tiene los labios de Pedri entre los suyos y no puede pensar, no es capaz de entender qué significa esto, si es bueno o es malo, si le importa o no que lo sea. No le queda ningún tipo de cordura porque cede a sus impulsos y muerde el labio de Pedri, siente la carne jugosa entre los dientes, sacia un poco el hambre que lo consume.

Pedri, por su parte, gime en su boca ante el abuso, lo empuja aún más contra él, buscando una cercanía casi imposible. Sus átomos están alineados a la perfección, entre ellos no cabe ni una molécula de aire. Ferran se traga el gemido y vuelve a morder y se traga el siguiente, un ciclo interminable que parece calmar su apetito al mismo tiempo que aumenta sus ganas de más, más Pedri, más todo. Teme pecar de gula, que todos estos sonidos y sensaciones vayan a llenar el pozo de ansias que tiene dentro, pero que para él no sea suficiente, querer más y más. Su mano se mueve sola, se pasea por la cintura de Pedri y acaba en su espalda, abajo, abajo, rozando el límite de lo correcto.

La nube en su mente está tomando forma de nuevo, poco a poco, cuando siente esos mismos dedos fríos que estaban en su pelo pasearse por el bordillo de su camiseta, trepar perezosos por su abdomen. Algo tira de él, desde su coronilla hasta los talones, y se tensa por completo.

Es todo demasiado, los labios de Pedri contra los suyos, los jadeos y gemidos que lo alimentan, el pelo entre sus dedos, los dedos en su tripa. Necesita aire, espacio, antes de que la vergüenza vuelva a comerlo vivo, antes de arruinar lo más bonito que le ha pasado en la vida.

— Ey, ey —escucha la voz ronca del canario contra sus labios.

Pedri se separa un poco de él, le pasa los dedos por las mejillas y entre las cejas. No se había dado cuenta de lo mucho que había fruncido el ceño. Mantiene los ojos cerrados mientras Pedri los acomoda un poco mejor en el sofá. Siente las yemas pasearse por su cara, un movimiento sin sentido que lo calma, lo trae de vuelta al mundo real.

— ¿Estás bien? —susurra Pedri contra su frente, acuna su cara entre las manos, el riesgo de explosión en su estómago ha acabado.

— Sí, sí —asiente despacio, tomando aire con calma—. Perdona.

— Nada de qué disculparse, tonto —asegura el canario con una caricia en sus párpados—. ¿Me miras, porfa? —le pide con una voz tan pequeñita que a Ferran se le parte el corazón.

Abre los ojos lentamente y ve a Pedri debajo de él, con las pupilas dilatadas pero la mirada llena de preocupación. Tiene los labios rojos y brillantes, Ferran distingue la marca de sus dientes en una esquina. Quiere volver a besarlo.

Le da un pico rápido y siente como Pedri imita su reacción de antes, se tensa por completo en un segundo. Se culpa a sí mismo de nuevo, nada de esto le está resultando fácil.

— Yo… Pepi, yo…

— ¿Tú querías besarme? —lo interrumpe su amigo, se muerde el labio nervioso.

Ferran no puede resistirse al hambre, a las ganas, ya no, así que saca la mano de entre el pelo de Pedri y la coloca sobre su boca, liberando la carne de entre los dientes. Acaricia el lugar del mordisco con cariño, pidiendo mentalmente que no se haya hecho daño.

— Yo siempre quiero besarte —confiesa sin pensarlo. Por primera vez hoy, la honestidad le resulta fácil.

— Vale, vale, bien —exhala Pedri y mueve sus ojos por toda la cara de Ferran, sin encontrar el punto en el que quedarse—. Es solo que… perdona por tocarte sin pedir permiso, no quería, eh, que estés incómodo o algo.

Baja la mirada, avergonzado. Ferran nunca jamás quiere que Pedri se vea así, él ya ha tenido que aguantar vergüenza suficiente por los dos.

— Pepi, yo… tú sabes como me he criado, sabes lo que dice la Iglesia, la Biblia —explica, ve como el canario frunce el ceño, traicionado—. Pero… hoy he ido a, bueno, a confesarme, más o menos. Y… y he entendido que la Biblia no siempre tiene la razón y que muchas veces se equivoca y…

— ¿Y por eso has venido? —Pedri se ve confuso, dolido, los dedos sobre sus mejillas se quedan quietos y hace presión sobre sus pómulos sin darse cuenta.

— Pedri, yo te quiero —suelta sin rodeos—. Quería, quiero besarte, llevo tanto tiempo queriendo besarte. Y sé que no está mal, ¿vale? Lo sé perfectamente, te quiero y es el sentimiento más bonito de mi vida, no está mal —asegura con certeza, traga saliva antes de decir lo que le queda, porque le duele en el alma sentirse así—. Pero… tienes que entender que llevo muchos años escuchando muchas cosas, sobre… la gente que se siente, que nos sentimos, así, que sé, entiendo, que no son reales. Pero han hecho mella en mí, ¿vale? Yo… —no sabe cómo seguir, no sabe si una promesa será demasiado, no sabe siquiera si Pedri siente lo mismo.

El canario se remueve entre sus brazos y él aprieta su agarre, temeroso de que vaya a alejarse, mandarlo a la mierda por no saber decidirse o, incluso peor, rechazarlo. Su corazón le recuerda que Pedri jamás haría eso y lo ve acomodarse un poco mejor entre los cojines, la luz de la tele reflejándose en sus mejillas.

— Vale, Ferri, lo entiendo, no te preocupes. Cálmate, ¿sí, mi amor? Sé que no es fácil para ti pero estoy aquí, ¿vale?

Pedri es un regalo más de Dios, está seguro, el mejor regalo. Ni su carrera ni sus títulos ni su fama. Lo mejor que le ha dado la vida es al hombre que tiene entre sus brazos.

— Perdóname, Pepi, perdóname —ruega con voz temblorosa—. Te quiero, mucho, muchísimo.

— Yo también te quiero, tonto —asegura Pedri con una sonrisa—. Estuve meses esperando que me besases, puedo esperar un poco más —se encoge de hombros para quitarle importancia.

— ¿Meses? ¿Tú… lo sabías?

— Ferran —se limita a decir Pedri, ladea la cara y levanta las cejas.

Meses. Ferran siempre ha sido transparente, un libro abierto para cualquiera que quisiese leer, pero creía que había disimulado mejor. Se pregunta si toda esta angustia, esta vergüenza que lleva meses acompañándolo, ha servido de algo. Si la gente de su alrededor lo sabe, si todos han sido capaces de ver lo que siente por Pedri, ¿sigue sirviendo de algo la vergüenza que va y viene y se asienta en su estómago cuando Pedri lo toca por debajo de la camiseta?

Son preguntas difíciles y está cansado de pensar, cansado de cuestionarlo todo. Quiere sentir, vivir, ser él mismo sin arrepentirse después.

Sonríe de lado y ve cómo Pedri frunce el ceño antes de bajar la cabeza y darle besos por toda la cara. Son besos cortos, pequeños, pero se asegura de recorrer cada milímetro con sus labios. Empieza en la frente, cerca del pelo, y baja por la sien, se para en la ceja, le deja dos besos en los párpados y sigue bajando por la mejilla hasta llegar a la mandíbula. Continúa por la línea que marca el hueso y se para en la barbilla, sube un poco, recorre su boca con más picos, empieza en la comisura de un lado y acaba en el otro, trepa por su nariz hasta el entrecejo, de vuelta a la frente. Y repite el trayecto.

Bajo su cuerpo, Pedri se revuelve, se ríe bajito y ligero, pequeñas bocanadas de aire que chocan con el cuello o la cara de Ferran. Cada risa, cada jadeo sacian su apetito, gota a gota. Lo que tenía era ganas de Pedri, de tenerlo entre sus brazos así, despreocupado y feliz.

No sabe exactamente qué le depara el futuro, pero si el plan que Dios tiene para él es amar a Pedri todos los días de su vida, ¿quién es Ferran para negarse?

Notes:

a ver, first and foremost, yo no apoyo, no he apoyado y nunca apoyaré la iglesia católica como institución. lo que le ha hecho el vaticano y la religión organizada a la espiritualidad y la cultura en occidente es práticamente criminal. AHORA BIEN, me crie en una familia católica y fui a un colegio concertado porque mi madre quería que me críase con esos valores. es difícil separarlos de mí y de mi persona. me soltaban muchas gilipolleces, pero entre toda la mierda conocí gente que tenía perspectivas diferentes en cuanto a la religión y como vivirla, más como una elección y no una imposición. y a pesar de que yo crecí y a día de hoy solo creo en mí misma y en la amistad de bts, todavía pienso que esa postura era respetable.

no me gusta tener que explicarme o explicar lo que escribo, pero para mí este es un tema delicado y asumo que para otra gente también. espero que a través del cambio en Ferran y el discurso de Luis Enrique se entienda un poco mi postura.

en fin, espero que os haya gustado. la palabra basorexia me gusta mucho, me parece el uso más bonito del sufijo "orexis" (apetito), he intentado hacerle justicia. pues eso, ya nos leemos la próxima vez <3

Series this work belongs to: