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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-12-24
Updated:
2021-12-29
Words:
6,263
Chapters:
3/?
Comments:
1
Kudos:
14
Hits:
312

Los mil y un errores de Draco Malfoy

Summary:

Draco ha cometido cientos de errores a lo largo de su vida y de los que, de manera inminente, se ha avergonzado. Por mucho, éste fue el peor.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: El error más grande del siglo

Summary:

Problemas de ira, Pansy Parkinson y Defensa contra las artes oscuras son cosas que no tienen nada que ver la una con la otra. Hasta que todas ocurren y Draco no es capaz de controlar ninguna de ellas.

Chapter Text

Primera parte, antes.

 

1. La única (y errada) vez en que Draco Malfoy siguió un consejo de Pansy.

 

Cuando Draco menciona que ha tenido realmente una larga serie de errores desde que inició sus estudios en Hogwarts, el colegio de magia y hechicería, no miente. Aunque no sea porque no tiene idea de cómo hacerlo, él es un as en el asunto de mentir. Un completo experto. No importa la cantidad de comentarios contradiciendo ese punto en específico, porque Draco está seguro que sólo son ideas que las malas lenguas sueltan.

Para muchos podría ser esa una capacidad que no debería vanagloriarse, pero ese no es su caso. Mentir es un arte que al menos él, y toda su honrada casa de estudios, maneja virtuosamente. Una cualidad apreciable y digna de ser reconocida como tal. Le era tan natural como respirar y por mucho que odiara aceptarlo, era eso precisamente lo que lo llevaba a estar en innumerables problemas.

También tendría que ver que ocasionalmente tenía problemas con su ira, como una plaga que cada vez se volvía más violenta y menos fácil de controlar. Comenzó en el primer grado, cuando conoció a Harry James Potter, el niño que vivió. Y tal vez él era parte de eso también, una gran parte. Draco había estado tan emocionado por ser de la edad del chico, porque eso significaba que formaban parte de la misma generación, quizá de la misma casa, y podría ser su confidente.

Las cosas no fueron así.

El niño que vivió resultó ser un escuálido muchacho que lucía frágil a la vista y al tacto, poco saludable. Enfermizo. De baja estatura, hombros caídos y una arrebatadora tristeza en los ojos: estos eran de un llamativo verde botella intenso que le recordaban a los estandartes de la casa en la que soñaba ser sorteado junto con Harry y el resto de sus amigos de la infancia, ocultos tras unos feos anteojos viejos y rotos que le quitaban el protagonismo que merecían. El cabello opaco y sin vida, y una mirada despistada que era especialmente molesta. No obstante, Draco pensó que le aceptaría con los brazos de par en par y así le enseñaría cómo vivir sin lucir como un desastre, le enseñaría lo importante que era saber con quien era bueno relacionarse y con quienes no. Lamentablemente, Harry Potter no aceptó su mano y sus planes se fueron por el desagüe.

Ciertamente, Draco aprendió desde entonces que había cosas que no podía cambiar incluso si quisiera.

Por mucho que lo intentara, no podía cambiar las cosas en casa y hacer que su mamá dejara de ser quien era para tener una vida normal en la que pudieran salir al jardín y revolcarse en la hierba como un niño feliz promedio, en vez de enviarlo con los elfos y regañarlo por ensuciar sus costosas prendas. No importaba cuantos berrinches tuviera ni cuanto llanto derramara, su madre siempre se mantendría inflexible. Lo único que obtendría de ella sería insuficiente, distante, frío: posiblemente la vista el tiempo suficiente para mirarlo con desaprobación y negaría con la cabeza antes de seguir tomando té, ocultando licor en él.

No podía hacer que su papá volviera antes del trabajo, aunque lo llamase por red flú constantemente y hasta el cansancio. En las noches, cuando terminaba su turno, ni siquiera llegaba. Entonces Draco se quedaría esperando en el sofá del salón hasta tarde, antes de darse cuenta de esa gran verdad. Después, Lucius se deshacía en disculpas y le hacía promesas vacías dónde le aseguraba una recompensa en el fin de semana enseñándole a volar en escoba, pero cuando lo hacía ya no era lo mismo.

No podía hacer que sus padres se interesaran más en él, pero sabía fingir magistralmente ser el hijo perfecto, en quien se fijaban todas la miradas. Podía hacer que su dibujo fuera el más bonito de su clase y ser el que leyera más rápido, que su progreso en el piano resaltara entre todos. Podía hacer que lo eligieran primero cuando se formaban equipos para cualquier juego, que lo invitasen a todas las fiestas de cumpleaños y gustarle a todas las niñas.

Era hasta las noches, cuando toda las cosas de las que podría alardear se esfumaban. Y nada más importaba. Porque al final del día, no lograba cambiar nada al aprender de modales, de arte o de idiomas. No lograba que sus padres dejaran de discutir en voz baja tras las puertas cerradas, ni impedir que su madre se rompiera en lágrimas cuando su papá escapaba de sus problemas en los viajes de negocios innecesarios y volvía oliendo a un perfume que no era el suyo. Porque había muchas cosas que no se podían cambiar, así que era hora de empezar a aceptarlo. Todo lo que podría hacer era planear, poner límites, y controlar. Controlar tantas cosas como le fuera capaz. Pero, sobre todas las cosas, aceptar.

Pero Draco no pudo, no cuando Harry Potter era la razón inicial que hacía que sus planes perfectos salieran mal. Como un castillo de naipes en derrumbe. No pudo lograrlo, porque jamás quiso aceptar que la perfección que tanto ansiaba alcanzar era imposible. No quiso aceptarlo pese a las circunstancias; pese a la relación de sus padres, pese a sus propias relaciones. Pese a enterarse que no todos sus amigos le brindaban la lealtad que siempre había dado por sentado. Draco Malfoy seguía esperando alcanzar la perfección y con ella su felicidad si cuidaba tantos detalles como se pudiera, si respetaba los esquemas que él mismo había creado. Lamentablemente, y por mucho que lo deseara, él tampoco era perfecto y no podía cambiar cada cosa que deseaba cambiar.

Así que, de pronto, los ataque de furia llegaron.

Pansy le dijo que probablemente era porque estaba obsesionado con no obtener lo que quería, pero Draco no estaba tratando de sentarse y tener una conversación con ella sobre eso. Simplemente odiaba hacer ciertas cosas, pero si se veía obligado a hacerlas, se enojaría de todos modos, hablar no ayudaría.

—Lo haría—insistió Pansy, atrayéndolo de nuevo de su muñeca a su tercer intento de “la conversación de ira” ese mes.

—¿Quieres que te golpee, acaso?

—Que caballero—respondió la slytherin con desfachatez, apretando su agarre en el brazo de su mejor amigo —. Aún así, sabes que puedo golpear más fuerte que tú. ¡Sólo háblame! O habla con alguien, lo que sea. Vas a terminar metiéndote en más problemas.

—Estás loca si crees que hablar contigo ayudaría.

—¡Bien!—ella lo soltó, haciéndole tropezar hacia atrás sobre sus propios pies. Estaba enojado, incluso más enojado que cuando comenzó su conversación. Ella estaba fuera de su puerta antes de que él pudiera tomar represalias, por lo que se lanzó hacia la pared, haciendo una mueca cuando su puño hizo contacto con el yeso.

—¡Deja de ser un idiota!— Él la escuchó gritar.

Miró la pared y luego su puño, frunciendo el ceño. No lo hacía sentir mejor, solo le dolían los nudillos y había perdido la elegancia. Se arrojó sobre su cama, mirando al techo. Tenía tantas cosas atiborrando su agenda que apenas podría terminar todo si empezaba de una vez. No podía bajar su nivel y dejar que la sabelotodo Granger tomara su lugar, menos sabiendo de primera mano lo que sus padres opinaban al respecto. Desde que los ataques empeoraron, había estado fallando en clase y el único modo de salvar sus calificaciones de una caída asegurada era entregar trabajos de primera de ahí en adelante. Cerró los ojos, tratando de respirar adecuadamente, pero se sintió inquieto. Volvió a sentarse y miró la pared que había golpeado.

¿Por qué no ayudó? ¿No se suponía que debía hacerlo? Sacando tu enojo golpeando algo, siendo agresivo. Era lo que los chicos hacían. Trató de recordar los momentos en que se había puesto así, y lo que había hecho para calmarse, pero se estaba quedando en blanco. Nunca se había sentido tan frustrado hasta ese año. Donde tenían ciertas tareas que él no podía simplemente ignorar.

Apartó los ojos del techo y se dirigió a su tocador. Podría haberse sentado entonces e iniciado los trabajos atrasados de Transformaciones, Aritmancia y Defensa contra las artes oscuras. Pero su escoba recargada a un lado del mueble cambió su parecer. El quidditch, eso era lo que le importaba, eso estaba en su mente, mucho más prominente que ensayos de tres metros. Pasó a su escritorio, tiró los pergaminos enrollados en su bolso y lo cerró de golpe. Se puso su uniforme de quidditch y corrió escaleras abajo hacia la sala común.

Debería haber ayudado, pero cada vez estaba más frustrado consigo mismo. La snitch que su padre le regaló en su doceavo cumpleaños, con el grabado del escudo de la familia Malfoy, se había perdido en las nubes y no había podido encontrarla en una hora. Cuando finalmente la obtuvo, guardó la bolita bañada en oro en su bolsillo y aterrizó al suelo, pateando y mirando después la hierba maltratada. Antes de volver a la sala común. Volviendo más estresado que cuando salió, chocó directamente con su amiga.

—¿Qué?

—No se puede ignorar el problema jugando quidditch— dijo.

—Evidentemente lo sé ahora, Pansy. Gracias por la información que no te pedí—gruñó para luego empujarla fuera de su camino, tratando de hacer un salto hacia las escaleras que dirigían a los dormitorios. Pero ella disparó su brazo hacia el chico, se topó con el del chico y le dio la vuelta—. ¿Qué?

—Esto—sostuvo un cuaderno, uno de los pequeños de marco grueso que usaba para la clase de Estudio de Runas Antiguas—, toma esto.

—No quiero tu estúpido diario, Pansy.

—Es tuyo.

El rubio soltó una carcajada: —No, gracias.

—Si no quieres hablar, puedes escribir—ella lo empujó contra su pecho—. Ayuda. Solo trata de escribir sobre lo que te está enojando.

Draco enarcó una ceja, pasó el libro de Pansy y rebuscó entre las mesas una pluma y tintero. Cuando lo encontró, se inclinó sobre un mostrador, haciendo alarde de abrir el diario en la primera página y escribiendo en letras grandes: TÚ. Se la acercó y sonrió.

—¿Feliz?

La chica puso los ojos en blanco y lo empujó hacia atrás: —Estoy tratando de ayudarte, pequeño imbécil.

—Si quieres ayudarme, haz los montones de tarea que tengo acumulada.

Así que Pansy miró el diario y luego a su mejor amigo, pensándolo un momento bastante breve.

—Bueno, lo haré—Draco parpadeó hacia ella. ¿Ella iba a hacer su tarea? ¿Así como así?—Sólo si cada vez que estoy trabajando en tus tareas, tú estés escribiendo en ese diario.

El rubio miró el diario y pensó en las hojas de trabajo que estaban esperándolo arriba. Ese tonto libro fue definitivamente el mejor de los dos. Además, ella no dijo lo que tenía que escribir. Entonces él se encogió de hombros, eligiendo acertadamente.

—Está bien, trato—aceptó. Ella asintió, diciendo que fuera a buscar su tarea, y él volvió a la sala en un minuto con humor renovado.

Se sentaron en una de las mesas alrededor de la sala, con tareas separadas frente a ellos.

—¿Cuál es la postura que tomarás en tu ensayo de Transformaciones?— preguntó.

—No lo sé.

—Una idea debes tener: ¿Qué piensas sobre los animales que son transformados en objetos?

—¡No lo sé, Pansy! Ni me importa.

—Está bien, está bien, cálmate—gritó. La pelinegra diciéndole que se calmara siempre lo hacía sentir peor, como si estuviera enojado sin ninguna razón—. Cielos…

Había una razón, estaba justo delante de ella. Quería devolverle el grito, pero se detuvo, mirando el diario abierto con la palabra “TÚ” ya escrita. Podía escribir sobre Pansy, por qué ella lo estaba cabreando todo el jodido tiempo. Podía despotricar sobre su mejor amiga mientras ella estaba sentada allí haciendo los deberes por él. Él resopló, llevando su pluma al papel luego de haberla sumergido en el tintero.

Me estás obligando a escribir esto porque crees que no puedo controlar mi temperamento. Crees que soy inferior a ti porque pareces perfecta. Crees que tu consejo es siempre el mejor consejo. Es un total vituperio de tu parte.

Miró a Pansy, que estaba garabateando en el pergamino, sumida en sus propios pensamientos.

Pero terminaste haciendo mi tarea por mí, así que supongo que no me puedo quejar. No estoy enojado por eso, no creo. Estoy realmente feliz de no tener que hacerlo y sé que eres lo suficientemente competente para hacer mi trabajo al nivel de un Malfoy, pero eso no me exime de mis responsabilidades en clase.

Dejó de escribir y leyó lo que había escrito. Pasó la página rápidamente, comenzando desde arriba. Batió la punta de la pluma en la tinta por unos segundos y mantuvo un suspiro en su boca mientras escribía “DEFENSA CONTRA LAS ARTES OSCURAS” tal como lo había escrito con “TÚ” en la página anterior.

Siempre obtengo el segundo lugar como mejor de la clase, porque Potter se encarga de quitarme el primer puesto frente a mis narices. No tiene sentido. Él siempre ha sido tonto. Es inútil y aburrido, y aún así me hace lucir como un soberano idiota que no puede hacer un estúpido Patronus. Sin embargo, eso es cierto: no puedo hacerlo. Lo he intentado muchas más veces de las que quiero contar y nada. Lo peor de todo es que no es el único encantamiento que no es mi fuerte. Estoy harto. Soy mejor que San Potter, ¿no es así? Soy inteligente, capaz y audaz a niveles insospechados. Entonces, ¿Por qué es tan difícil competir con un inútil gryffindor de su calibre? Estoy seguro de que ninguna de sus calificaciones son bien merecidas, deben regalarle cada una de ellas sólo por tener la frente rajada. Cada vez deseo con más ansias graduarme y hacer mi propia vida lejos de la mansión, de mi familia y del jodido San Potter. Odio sentirme tan tonto, odio…

—Draco—escuchó que le llamaban, miró a su amiga, que estaba de pie, sonriéndole—Ya terminé—Ella le entregó la hoja de trabajo terminada. Y se animó a preguntar:—¿He de suponer que escribir ayudó?

El rubio se encogió de hombros, cerró el diario y lo deslizó fuera de la mesa.

—Supongo—, admitió. Sin saber que ese se convertiría más adelante el error más grande del siglo, (posiblemente estaba exagerando).