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Amor al prójimo

Summary:

Sin poder faltar a su religiosa crianza, Rei se ofrece samaritanamente a cuidar al convaleciente y engreído idol de Three Lights.

Work Text:

Prompt 12. A se lesiona y B lo cuida 

Pairing: Rei x Yaten

Concluía el segundo semestre del año escolar y Rei había sido designada como la líder de grupo para coordinar la entrega de trabajos por parte de sus compañeras. Entre esas tareas, se encontraba la recopilación de los trabajos de reflexión del seminario permanente de Estudios Bíblicos.

La hermana Ángela, profesora de la asignatura, le había encargado llevárselos a su cubículo por la tarde. Allí, le había dejado el mensaje de que por favor se los llevara a la dirección escrita en una tarjeta.

Las indicaciones la habían llevado a aquel edificio que antaño conociera, cuando ella y sus amigas asistieron a uno de los ensayos de Three Lights para su primer musical. Todo parecía indicar que su estimada profesora continuaba ejerciendo su actividad como directora de teatro musical y, seguramente, se encontraba montando un nuevo proyecto.

Ingresó al lugar y preguntó por la directora Akane Gushiken. Una vez que se identificó, le indicaron el camino a la sala de ensayos y la estudiante, con la pila de trabajos entre sus brazos, se dirigió allí.

Apenas cruzar el umbral, fue testigo de la conmoción que se desarrollaba. En el suelo, Yaten, era revisado por lo que parecía ser un médico o terapeuta y, su alrededor, la hermana Ángela, Seiya, Taiki y varios bailarines miraban atentos y preocupados. Rei infirió que el menor de los Kou había sufrido un accidente o similar.

—Una torcedura de tobillo. Deberá reposar dos semanas en lo que pasa la inflamación de la articulación. Sugiero que, mientras dure el ensayo de hoy, descanse en la enfermería.

La parte del médico de la Compañía Teatral se hizo saber entre los presentes, incluyéndola. Y no fue hasta ese momento, que la profesora del colegio católico se percató de la presencia de su alumna.

—Señorita Hino, siento haberla hecho venir hasta aquí con todos esos trabajos. Tuve que mover este ensayo por problemas de agenda y no me fue posible quedarme más tiempo en Santo Tomás. De saber que esto pasaría, hubiéramos dejado el ensayo para después. Por el día de hoy tendremos que suspender.

—Ya le dije que estoy bien, no es necesario que el ensayo se suspenda —habló Yaten desde su lugar en el suelo y, por un momento, sus ojos se cruzaron con los de Rei, reconociéndola.

—Yaten, escuchaste lo que ha dicho el médico. No voy a arriesgar tu salud ni el éxito de esta obra por tu capricho. Eso no es profesional. Reagendaremos este ensayo para otro día.

—¿Y por qué tendríamos que reagendar? El equipo de producción y los bailarines están listos ahora mismo. Si es porque pretende que uno de estos dos —señaló Yaten a sus dos hermanos—me cuide, no se preocupe, puedo cuidarme solo.

La mujer se deshizo de sus gafas y masajeó el puente de su nariz. El menor de los Kou tenía razón en que no era justo para todo el personal cancelar de pronto el ensayo.

—Pero no me sentiría tranquila si…

—Yo puedo cuidarlo —soltó Rei y todos se volvieron a ella, observándola. Ni siquiera la misma doncella se explicó de donde había salido su espíritu samaritano. Quizá había leído demasiados salmos y parábolas.

—¿De verdad, señorita Hino? ¿Nos haría ese favor? —preguntó la directora, esperanzada de aprovechar aquella cita y el esfuerzo de todos los presentes.

—Claro, sólo será lo que dure el ensayo. ¿Cierto?

La hermana asintió.

—No necesito que nadie me cuide —protestó Yaten—, mucho menos una niña loca que…

—¿Prefieres que se cancele el ensayo? —confrontó la pelinegra, poniendo un alto a sus quejas.

El ojiverde apretó los labios y bufó, inconforme. La interpretación general de aquel gesto fue que, a regañadientes, se había rendido a la propuesta.

—Te lo agradecemos mucho, Rei. Por favor, te encargamos al cascarrabias de nuestro hermano —dijo Seiya, sonriéndole franco.

—Sí, de verdad nos haces un gran favor. No nos tomará mucho tiempo —complementó Taiki, preparándose para reanudar las actividades de práctica.

La heredera Hino alargó una sonrisa por toda respuesta y asintió, recibiendo su gratitud. El médico ayudó a Yaten a incorporarse para llevarlo a la enfermería y Rei tomó las pertenencias que le indicaron eran del idol, yendo detrás de ellos.

Una vez en el consultorio, el médico lo situó en la cama en que descansaría durante todo el rato y le colocó un vendaje en el tobillo. A los minutos, regresó al salón de prácticas para seguir supervisando la actividad, luego de que la autonombrada guardiana de su intolerante paciente le aseguró que podía volver tranquilo.

Yaten simplemente había chasqueado la lengua.

«Tú te metiste solita en esto, querida», se recordó, ignorando la falta de modales del convaleciente. Iba a ser un rato muy largo. Muy incómodo y muy, muy, muy largo.

Decidió que la estrategia más inteligente para tragar aquella hiel que le confería nuestro Señor, era armarse con su más alta dosis de paciencia y pensar en él como un costal de patatas sin ánima e inerte.

Inmersa en ese estado de meditación, Rei fue de un lado a otro de la habitación, ordenando las cosas que, con el ajetreo de la llegada del paciente, habían quedado fuera de su lugar. Después, se concentró en lo que había cargado desde la sala de ensayos y determinó colocar todo en el maletín de piel que supuso pertenecía al cantante. Antes de cerrarlo al concluir su labor, atisbó un videojuego portátil y una idea se formuló en su mente.

—¿Quieres esto? ¿O lo guardo? —inquirió alzando el PSP.

Los ojos del idol brillaron ante la vista del objeto, pero empecinado como estaba en no socializar con aquella niña entrometida, simplemente extendió la mano para indicarle que se lo diera, sin responder ni uno ni lo otro.

Sin embargo, para Reiko, eso había sido el clarísimo «Lo quiero» de un niño berrinchudo y, reprimiendo una sonrisa divertida por tan infantil acción, la doncella le dio el deseado videojuego y cerró el maletín.

Con Yaten absorbido en su juego y ella entrando en su invocado estado de meditación (con el propósito de ignorarlo), el silencio se instaló entre ellos. Al cabo de unos cinco minutos, Rei extrajo de su maletín un libro de teología bíblica.

Aquel mutismo consensuado se extendió por unos treinta minutos, tras los cuales, Yaten comenzó a sentirse inquieto. Juraba que para ese instante la tendría parlando tonterías y colmándolo de preguntas insulsas, no la sombra de lo que asemejaba un calmo fantasma. Y no es que deseara lo primero, pero el hecho de que su predicción no resultara según su proyección también lo ponía nervioso, pues significaba que el escenario era completamente impredecible. Y lo impredecible, asusta.

Con sigilo, sus pupilas fueron de la pantalla de su PSP a la chica sentada en el incómodo banco, al pie de la cama. La encontró concentrada en la lectura de un libro que ostentaba «Teología sistemática» en su portada. Su mano izquierda sostenía el ejemplar firmemente y sus pestañas aleteaban cada tres o cuatro segundos, siguiendo la línea de las palabras. El peso de su mirada provocó que Rei, en un reflejo, alzara sus ojos.

—¿Quieres un poco de agua? —preguntó, notando que, efectivamente, él la miraba y supuso que quería algo, pero no se animaba a pedirle un mísero favor.

El idol se turbó por la emboscada y, viéndose descubierto, asintió, tomando la excusa que ella blandía. La chica entonces abandonó su lectura y se incorporó en busca de una de las botellas de agua que el médico había dejado en su escritorio.

—No sabía que iban a participar en un nuevo musical —enunció la pelinegra al entregarle una de esas botellas.

—No ha sido difundido en los medios. Es un evento sorpresa para los fans —respondió Yaten, rompiendo con su disposición de no hablar con la mujer. Abrió el recipiente y bebió, notándola volver a su lugar en el incómodo banco.

—Si es así, ten paciencia. Si te quedas quieto y atiendes las recomendaciones del médico, estoy segura de que sanarás en unos cinco días.

Sus palabras fueron neutras, sin rastro de la condescendencia que detestaba identificar en la gente que simplemente pretendía darle por su lado. Más bien sonaba a un llamado a la mesura y calma.

—Puedes pedir a alguien del equipo de producción que grabe el ensayo de hoy para que lo puedas revisar más tarde. Eso te sería útil —sugirió la doncella, recuperando su libro y hojeándolo para volver a la página en que se había quedado.

Yaten, por su lado, determinó tomar su consejo y le escribió a un asistente de la agencia para que lo hiciera. Resultaba que la señorita Hino ofrecía más soluciones que dolores de cabeza.

Otro episodio de silencio que se prolongó por unos diez minutos suscitó que Yaten volviera a mirarla con curiosidad. Su atención recayó en el título de su libro y temática.

—¿No eres miko de un templo? ¿Qué haces leyendo eso?

El cuestionamiento la tomó por sorpresa. No esperaba que iniciara una conversación.

—Asisto a un colegio católico y, aparte de las ordinarias, son obligatorias las asignaturas de teología.

—No me hace sentido —expresó el peliplata y Rei enarcó las cejas por su súbita franqueza—. ¿Por qué asistir a una escuela católica y no a una pública con tus ruidosas amigas?

Rei rodó los ojos. Franco o no, Yaten seguía siendo Yaten.

—Pregúntaselo a mi padre —indicó en un tono irónico, regresando al bendito libro.

Yaten se enfurruñó por su respuesta, creyendo que, con tal frase, la sacerdotisa quería zanjar el diálogo. Ahora que él estaba un «poquito» dispuesto a entablar una conversación.

—Supongo que para mantener al pajarillo en su jaula —murmuró la chica al pasar de página.

—¿Dijiste algo?

—Ah, no. Leí en voz alta —mintió y sus violetas se evadieron de los jades de él. Yaten creyó divisar un matiz sombrío surcar su pálido rostro y, por un inexplicable motivo, ese halo extraño no le gustó.

—Oye, Hino.

La aludida atendió.

—Gracias por tu ayuda.

La sacerdotisa abrió los labios, desconcertada por las palabras que parecían provenir de cualquier parte, incluso de la santísima trinidad, pero no de ese engreído.

—¿Qué? —se obligó a preguntar.

—No voy a repetirlo —aseveró el cantante y retomó su videojuego, no sin antes advertir la sonrisa tímida y alegre que Rei delineó en sus labios por un segundo.

Yaten apreció que ese gesto y esa sonrisa iban más con ella.

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