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Reparando pedazos

Summary:

Lucerys y Aemond están listos para adoptar un bebé y tener una familia. Pero diferentes intentos y tantos rechazos han roto lo suficiente las ilusiones de Lucerys. ¿Es momento de desistir o continuar luchando hasta alcanzar su más grande anhelo?

Long one shot |Angst with Happy Ending | No Underage

Notes:

Advertencia: Homofobia internalizada y comentarios homofóbicos. Discusión. Angst (la terapia es el final :3)

Lucerys tiene 26 años, y Aemond tiene 28.

Disclaimer: Los personajes son propiedad de George R.R Martin, sin fines de lucro.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

 

“—Quiero tener un bebé.”

Eso fue lo que dijo Luke, tan osado y directo como suele ser cuando tiene una meta en la cabeza a la cual ha decidido apuntar. Lo dijo con una sonrisa ancha, y ojos tan tintineantes como efusivos. Sus orbes café brillaban con tal determinación, que Aemond tuvo la certeza de que estaba hablando muy en serio.

Al principio, el Targaryen pensó que su esposo estaba pasando por una epifanía, un sueño pasajero que iba a disolverse con el tiempo. Antes de que Luke le compartiera tal meta, habían cuidado de Jaehaera, Jaeherys—los hijos de Helaena y Jacaerys—, y a Gaemon—el hijo de Aegon—por casi una semana. Fue una locura, su departamento nunca había estado tan ruidoso desde que les encargaron cuidar a tantos niños. Despertarlos, prepararles el desayuno—y asegurarse que no fueran alérgicos a nada de lo que comían—, llevarlos a la escuela, luego turnarse para recogerlos e ingeniárselas para mantenerlos entretenidos. Lucerys le dejaba ver películas animadas, jugar videojuegos—sobre todo con Gaemon, él era una copia de su padre—, e incluso jugar a las escondidas con los gemelos. Por otro lado, Aemond solo les entregaba una tablet—nunca su teléfono, porque Gaemon le descargaba muchos juegos—, y disfrutaba tiempo leyendo cuentos con la tranquila y adorable Jaehaera.

Cuando los niños se fueron, Lucerys estaba más callado de lo normal, más reflexivo. Y de ahí, su determinación por proponer la idea de adoptar un niño. Tenían influencias. Tenían dinero, y una vida estable. Esos fueron los argumentos del castaño, tan confiado y decidido como nunca.

A Aemond le costó procesar la idea de adoptar a un bebé.

“—Una cosa es estar con nuestros sobrinos una semana. Un hijo no es un juguete, va a depender de nosotros de manera económica y emocional. ¿Lo entiendes, Taoba?”— fue su respuesta, escéptica y poco convencida. 

Por el momento, el albino creía que él y Luke estaban bien así, siendo sólo ellos dos. Les había costado muchísimo llegar hasta donde estaban, en una casa cómoda en el Dominio, con trabajos cómodos, y además, el apoyo de su familia. No fue fácil vivir aquella realidad, después de las rencillas familiares, el rencor de Aemond por su pelea personal con Lucerys después de una riña infantil, y además los prejuicios de la sociedad. 

Un bebé era algo completamente nuevo, una nueva etapa. Para Lucerys era un nuevo objetivo en su plan de vida, mientras que para Aemond era un terreno desconocido.

No obstante, después de algunas conversaciones, largos meses de reflexión e investigación, Luke recibió un grata sorpresa por parte de su esposo.

Estaban haciendo una limpieza de fin de semana, algo rutinario en su vida en pareja, cuando el albino se acercó hacia él. Estaba parado a su lado, rígido como un militar, con la quijada apretada; el castaño le pareció tierno porque le recordaba a las poses de un Aemond más pequeño.

—Deberíamos buscar una agencia de adopción confiable que nos ayude con todos los trámites burocráticos.

El Velaryon dejó lo que estaba haciendo para mirarlo estupefacto, batió las pestañas y luego de unos segundos procesando aquellas palabras, abrazó al Targaryen con fuerza. Sus ojos marrones adquirieron una luz tan intensa, tan etérea como nunca antes le había visto. Sintió que se enamoró más.

 

****

Gris.

Nunca había visto su apartamento tan gris.

El clima de la ciudad podía variar entre días nublados y otros más soleados. Este día era soleado, algunos rayos ingresaban en los vidrios de las ventanas, pero su departamento era grisáceo. Monócromo. Silencioso como no lo había escuchado desde antes. 

A Aemond le gusta el mutismo, la melodía tan dulce de la calma, aquel susurro confortable de la soledad. Hoy por hoy, siente que ese silencio sepulcral es un taladro en sus oídos, peor que cualquier ruido estridente de los que suele despreciar.

Cuando vivía solo le gustaba que su departamento lo recibiera en silencio, y solo con los gruñidos perrunos de la vieja Vhagar. Sin embargo, desde que vivía con Lucerys no se imagina estar en un escenario así; el chico solía hacer ruido por donde sea que pasara. Iba de un lado a otro hablando por teléfono, escuchando música a volúmenes inhumanos revienta-tímpanos, reía de cualquier cosa, hablaba con su Basset Hound, Arrax. Y luego, cuando sus ojos se cruzaban, dejaba lo que sea que estuviera haciendo para recibir a su esposo con una dosis de besos traviesos y después lo rodeaba con sus brazos para atraparlo ahí.

El albino avanza por la solitaria sala, luego por la cocina. Nota que Lucerys ni siquiera ha comido algo; el chico tiene la manía de prepararse tazas de té de la tarde, para luego dejarlas repartidas en cualquier rincón inhóspito de la casa. Aemond siempre tiene que recogerlas y lavarlas.

Ahora no hay ni una sola taza de té, así que el platinado teme que Luke no hubiese cenado.

Camina por el corredor del apartamento, y siento como se le aprieta el pecho cuando pasa por una habitación cerrada con llave. La ignora. La ignora al redondo porque de no hacerlo puede desencadenar en cosas peores que afectarán a su pareja. 

Se acerca a su propio dormitorio y visualiza a su esposo dormitando entre unas frazadas polares. A sus pies está Arrax, quien levanta un poco las orejas cuando lo ve ingresar. Normalmente él y Arrax se llevan fatal, el canino suele gruñirle, le muerde el borde de sus preciados pantalones y nunca pierda oportunidad para ladrarle, sobre todo cuando quiere acercarse a Lucerys en su presencia. Ahora mismo, el perro no hace más que gimotear un poco, con sus ojos cristalizados y las enormes orejas caídas. Si Aemond usará un poco su imaginación, creería que el perro le está informando de la situación. “Hoy tampoco fue un buen día”.

—Hola. —dice el albino.

Recibe un gruñido agudo, luego un resoplido.

—Hola. —le contestan desde la cama.

—¿Qué tal te fue en el trabajo?

Lucerys solo vuelve a resoplar.

—Lo mismo de siempre.

El Targaryen tiene que obviar que se le hace un nudo en el estómago al oír eso. Lucerys amaba su trabajo, amaba ser traductor en la compañía de su abuelo Corlys. Siempre le contaba las anécdotas de la profesión, de la oficina y uno que otro chisme de pasillo. Solían conversar del trabajo en la cena, ya sea que comieran comida congelada—algo que Aemond detestaba, pero por Luke lo que sea—o cocinaran algo entre los dos. Desde hace unos cuatro días, el castaño prefiere evadir las cenas o comer solo.

—¿Y tú?

—Igual, creo. ¿Qué quieres cenar?

—Come tú, yo no quiero nada.

Ha estado así desde hace casi una semana, pero para Aemond era una eternidad. 

Aunque autómata, Lucerys solo podía reproducir en su cabeza un recuerdo que le producía dolor. Rememoraba una y otra vez en su cabeza el momento en el que les notificaron que la familia de su bebé los había rechazado.

Imagina albergar una ilusión que es como una pequeña nube, la cual poco a poco va tomando forma hasta sentir tan palpable que sabes que se hará realidad. El mundo te asegura que esta vez se hará realidad. Después de trámites, papeleos, malditas evaluaciones, entrevistas, y más papeleo, por fin la ilusión se transforma en realidad. Tan cerca de la meta. Hasta que de repente, alguien te arrebata ese sueño con palabras soeces, frías, pero contundentes. Palabras que suenan a sentencia.

Y la ilusión se ha ido. Así como llega, también se va. Empero, te deja algo: Un vacío. Un hoyo negro. El sueño se rompe, pero también se lleva algo de ti.

Lucerys se sentía vacío, roto, decepcionado, hecho un trapo. Siente que lo arrojaron al piso varias veces y lo dejaron en el suelo, maltrecho y apenas recuperable. Aemond ha intentado levantarlo, pero por más que lo intente, Luke solo reproduce recuerdos que lo lastiman. 

“Dicen que no los consideran adecuados. El bebé se quedará con su familia materna” eso fue lo que les dijo su abogada, Mysaria, amiga del padrastro de Lucerys. Ella estaba acongojada, y solo con verla supo que eran malas noticias.

En ese momento, Luke sintió que el corazón se le había roto. 

El bebé. Su bebé, por el que tanto se había preparado, mentalizado, y esperado, no iba a regresar con ellos a casa. Habían ido hasta el hospital de Kings Landing para conocerlo, y se fueron de ahí con una silla para bebés vacía.  En el apartamento los esperó una habitación climatizada para el bebé y una cuna dolorosamente solitaria.

Luke lloró de impotencia esa noche, abrazando una ballenita de peluche que había comprado especialmente para la ocasión. El castaño dejó que los sollozos murieran en ese dormitorio—el que iba a ser de su hijo—, mientras Aemond lo abrazaba por detrás, solo escuchando. Tan solo estando ahí, quieto como una estatua, sin decir absolutamente nada, a la par que Lucerys repetía en su cabeza una y otra vez la escena.

“Los familiares del bebé han mencionado que ellos lo van a criar”

Estábamos tan cerca…

“No desean que el niño sea criado por extranjeros. Por extraños. No están de acuerdo con su estilo de vida.”

…TAN cerca.

El corazón de Lucerys se volvió de cristal, el cual se rompió pedazo por pedazo. Fragmento por fragmento,  que Aemond tuvo la sensación de que podía escucharlo quebrarse.

Los días posteriores a tan fuerte desilusión fueron grises, justo como hoy. Desayunaban y cenaban amargura; fue agridulce tener que llamar a sus familiares y decirles que lamentablemente no llegaron a concretar la adopción. Ni siquiera les dieron la oportunidad de conocer a su bebé, al cual había estado esperando por largos meses. En el caso de Lucerys, había sido años. Años de trámites burocráticos, entrevistas, baches y tratar de convencer a Aemond de no tirar la toalla.

¿Ahora? Tener que repetir todo otra vez, y Lucerys no estaba de ánimo para ello, no si tenía que pasar por ese dolor de nuevo.

—¿Qué quieres de cenar? —pregunta Aemond, pasando la mano por su espalda, sobre las sábanas.

—No tengo hambre. —dice el castaño.

El albino frunce el ceño.

—Tienes que comer algo.

—No quiero.

—Lucerys.

—He dicho que no.—espetó el joven como si se tratara de un niño pequeño.

Aemond resopló y se alejó de la habitación.  Cerró la puerta, sabe que Luke se lo pedirá si no lo hace, y después se va a terminar un informe para su trabajo. Antes tenían un pequeño estudio el cual también funcionaba como una pequeña biblioteca, en la cual Aemond iba a leer, a trabajar desde la comodidad de su hogar, o tener reuniones online. Lucerys siempre le llevaba una taza de té y podían pasar un largo rato ahí, tan solo conversando.

Ese despacho se volvió la futura habitación del bebé. Al Targaryen le costó adaptarse a aquella idea, ya que la oficina era el único sitio donde podía estar tranquilo y tuvo que renunciar a ello por Lucerys.  Al principio bufó mientras movía su escritorio, su librero y su archivero, pero después, poco a poco, se hizo a la idea que era por el bien del bebé. 

Un bebé que nunca conocerán.

Esta noche, al igual que otras, Aemond cenó en soledad, recordando las veladas en las que compartía la cena con Lucerys. El castaño tenía la pésima manía de poner música a todo volumen y parlotear más de lo que ayudaba en la cocina, pero él era el principal factor que llenaba de vida su cocina, mientras se sentaba en la encimera y hablaba sin parar de su día, de su trabajo. Y después, los días próximos a la adopción, no dejaba de hablar del futuro bebé.

“En honor a mi padre, se llamará Laenor”—decretó el castaño una noche. Su sonrisa iluminaba más que todos los focos de la cocina.

Creí que elegiste Baelor…”

“Cambié de opinión”

“¿Y luego la volverás a cambiar? Ya decídete.”

El Targaryen posa las manos en la encimera y por primera vez en mucho tiempo odia el silencio. Lo detesta, le zumba la cabeza estar en la cocina vacía, consciente de que su esposo está deprimido en la recámara odiando sus monótonos días y con el corazón hecho pedazos.

Al irse a la cama siente que Luke está dormido pero sabe que está fingiendo. Desde que eran niños y dormían todos juntos en las recámaras de la casa veraniega de los Targaryen, aprendió que Lucerys tiene la manía de hacerse el dormido porque finge una respiración acompasada y le tiemblan las pestañas, justo como ahora. Minutos más tarde, siente el sonido del colchón y un peso vacío a su costado. Posterior a ello, oye los pasos pesados de su pareja, arrastrando los pies y saliendo de la habitación que comparten. También siente las patitas pequeñas de Arrax siguiendo a Lucerys.

Sabe que Luke va a la recámara infantil, dolorosamente vacía, sin dueño. Va todas las madrugadas ahí y deja que los sollozos mueran en ese lugar abraza roponcitos de bebé contra su pecho, a la par que Arraz gimotea a su costado.

Aemond ya no sabe qué hacer.

Sospecha que solo el tiempo puede ser la mejor solución.

 

****

 

Ha pasado un mes y Luke está un poco mejor. Han vuelto a cenar juntos como solían hacerlo antes, y conversan de algunos temas distintos. Nunca mencionan al elefante en la habitación. Aemond no habla de ello, y Luke siempre evade el tema, pero el Targaryen cree que eso tal vez sea bueno, que solo sea cuestión de darle tiempo para que el castaño tome una decisión. 

Con sus parientes ha sido más complicado, sobre todo con Aegon, siendo un bocazas indiscreto que una noche les preguntó qué harían con las cosas del bebé. Lucerys no volvió a sonreír en lo que restaba de la noche, y Aemond se quedó con las ganas de golpear a su hermano. Para él era sencillo hablar, tenía un hijo cuya custodia la compartía con su ex-novia, y además Gaemon vivía los fines de semana con él. 

Tenían días malos, días buenos y días neutrales, y ahora mismo pasaban por más días neutrales, en los que Luke estaba con mejor disposición.  

Hasta que una cena familiar, Alicent se le ocurrió decir algo que desataría la furia de Lucerys. La gota que rebasó el vaso. 

Tal vez sería buen momento de comenzar a donar algunas cosas, ¿no lo crees, hijo? —sugirió la mujer—. No me malentiendas, sé que es duro, pero quizá sea momento de regalar algunos juguetes. Por ejemplo, podrían cederle la cuna a tu hermana, Maelor sí va a necesitarla. Consideralo un donativo para familias que sí lo necesitan.

Aemond se sintió incómodo a pesar de la cautela de las palabras de su madre, pero Lucerys enfureció en silencio. Al irse a casa Luke estuvo con el ceño fruncido todo el camino, rojo de furia y extendiendo sus fosas nasales con solo respirar, casi como si botara humo. Al llegar, cerró la puerta del auto con ira y se adentró al apartamento dando fuertes zancadas. Iba a explotar.

El platinado fue detrás de él con un gesto parco, sabiendo que encontraría una cara furibunda en su esposo.

—¡Ni se te ocurra defenderla! —exclamó Luke al llegar a la sala. Su voz estaba cargada de enojo y frustración.

El Targaryen no pudo evitar encajar una ceja.

—No he dicho nada.

—¿Acaso no te enoja? ¿Ni siquiera un poco?

Aemond frunció el ceño:—¿Enojarme de qué?

—¡Por favor, tú la escuchaste! ¿Cómo se le ocurre sugerir que regalemos las cosas de…?—el castaño tuvo que tragar saliva antes de que se le quebrara la voz—. ¡Eso no debería importarle!

—Luke, mi madre solo hizo una sugerencia. —dice el albino, tomando una bocanada de aire y utilizando un tono que trataba de ser conciliador—. Ella solo piensa que quizá ya sea hora de regalar cosas a Maelor. Es nuestro sobrino.

—Esas “cosas” como dijo tu madre, son los juguetes y la ropa de nuestro bebé. 

El platinado se pasó una mano por el cabello lacio.

—Lucerys…

—¿Qué?

Se había enfrentado al enojo de su esposo en un par de ocasiones; Lucerys no tenía tendencia a enfurecer más allá de unos pocos arrebatos que tenía en defensa propia. No se enojaba demasiado, al menos no para sacar a relucir lo filosa y furiosa que podía sonar su voz, usualmente pacífica y afable. Ahora sus orbes estaba llenos de molestia y  frustración. 

Lo que más enojaba a Lucerys era la gelidez en el vacuo ojo amatista de su pareja. Mientras él estaba hirviendo en indignación y enojo, Aemond parecía sereno. Ofuscado. Como si la impotencia de Luke fuese algo con lo que lidiar, en vez de apoyar.

—Mi madre tal vez no lo dijo de la mejor manera, pero quizá tenga razón. Tal vez sea momento de donar las cosas de la habitación del bebé.

—¿Qué diablos quieres decirme?

El albino frunció un poco más el entrecejo.

—Escúchame, sé que es duro. Para mí también fue indignante la manera en la que nos trataron, fue un insulto y al mismo tiempo frustrante lo que nos hicieron —comenzó a hablar—. Pero tenemos que aceptar la realidad, no hay ningún niño en camino y esa habitación que está cerrada con llave desde hace un mes te hace daño, Luke. Fue una mierda todo lo que pasó, pero no te puedes estancar en esto.

Estancar.

Estancar es la definición más precisa que Aemond encontró para el dolor de Lucerys. Estancarse.

Mientras que para Lucerys ahora solo existían días grises en los que tenía que tener la mente en blanco y quedarse hundido en el trabajo con tal de olvidar que hay una habitación vacía en casa. Una ilusión vuelta vidrios rotos que perforar su corazón todos los días. Pero para su tío eso era estancarse.

Fue un impulso errático el que le hizo sacar una pequeña risilla irónica, la cual era más enojo que propia gracia.

—Claro, tiene sentido. —dice el chico, con una sonrisa ácida.

—Luke…

—¡¿Por qué no me sorprende que digas eso?! ¡Tú ni siquiera querías tener a ese bebé en primer lugar! —escupió el enfurecido Velaryon—. ¡Se notaba tu falta de entusiasmo todo el tiempo! Las compras, las salidas, tampoco participaste para elegir su nombre. Sólo…Sólo estabas ahí, frunciendo la cara como de costumbre. ¡Como si me estuvieras haciendo un favor!— sus carrillos se pusieron rojos, a la par que sus ojos se cristalizaron hasta ser agua amenazando con surcar las mejillas.

Aemond, quien no se caracterizaba por ser una persona paciente, se olvidó de contar hasta diez y llevar las cosas con calma.

—¡No hables de cosas que no sabes! —contestó el Targaryen, dando un paso al frente—. ¡Estuve contigo todo este tiempo, me indigné tanto como tú cuando nos dejaron plantados en Essos! 

—¡Te enojó la situación, no que nos quitaran la oportunidad de ser padres! 

—¡Porque sabía que podíamos volverlo a intentar!

—¡ESE NO ES EL MALDITO PUNTO! —gritó el segundo de los Velaryon de manera tan estridente que por un momento no parecía su propia voz—. ¡Ese no es el punto! ¡No es el punto! —repitió tantas veces como su garganta se lo permitiera, aún aunque le doliera—. Esperamos por esto durante años. Pasé por más trámites y entrevistas de las que puedo recordar. Me acoplé a las reglas, me mordía la lengua cada que alguien venía con su mierda retrógrada y sus prejuicios. Lo hacía porque…porque sabía que si aguantaba todo eso, podríamos tener una familia. Nuestra propia familia.

Lucerys ni siquiera sintió cuando las lágrimas pasaron por cara, deslizándose hasta el suelo. Todo le ardía. El rostro, el corazón, la piel misma. Todo le ardía como nunca en su vida.

Frente a él se hallaba un ojo dilatado de color amatista, contemplándolo fijamente. No se molestó en adivinar el sentimiento que transmitía aquél único orbe.

—El hecho de que no lo haya dado a luz, no significa que no lo hubiese esperado con mucha ilusión. Yo ya lo amaba, Aemond. Él iba a ser nuestro Laenor. 

El Targaryen tuvo la sensación que le atravesaban el ojo que le quedaba con un filoso cuchillo. Él estaba intacto por fuera, pero por primera vez sintió en carne propia la verdadera dolencia de Lucerys. Si antes había escuchado como se rompía el corazón de su esposo cuando los rechazaron como padres, ahora mismo podía oír el suyo quebrarse como nunca. Como cuando se accidentó y perdió el ojo, o como cuando perdió a Vhagar.

Sin embargo, Lucerys no se detuvo ahí.

—Estoy cansado de esto, Aemond. Cada vez pasamos por lo mismo, lo volvemos a intentar, nos volvemos a ilusionar, nos preparamos para tener una familia, cuando en realidad nos tenemos que preparar para otra decepción. Un trámite que no proceso, o un entrevistador escéptico. Y luego tener que iniciar todo otra vez. —tomar bocanadas de aire ya no servía, ahora apenas podía ver correctamente por las lágrimas en sus orbes—. Lo peor es que todos creen que ya pasará, que no es tan grave y le restan importancia.

Como Aegon, como Alicent. Como la familia entera de Aemond, sacando a Helaena de la ecuación. 

—...Luke.

—Sí, yo sé que podemos intentarlo. Pero yo no quiero que me vuelvan a hacer lo mismo otra vez, me niego a pasar por este dolor de nuevo. No quiero que me vuelvan a lastimar. —Lucerys levantó una mano para limpiar sus lágrimas y no dijo absolutamente nada más.

“Dí algo” —decía la mirada del Velaryon “Grítame. Dame la contra. Defiéndete. Abrázame. Haz algo. Lo que sea”

El platinado abrió y cerró la boca un par de veces, empero, se quedó en su posición a pocos metros de distancia que en estos meses se volvieron kilómetros. El sonido del mutismo era más insoportable que nunca, y el dolor se sentía en la lengua. 

Lucerys desapareció por el corredor y no volvió a salir de su habitación. Esa noche, Aemond durmió en el sofá.

Al día siguiente, por la tarde, el castaño se fue a Rocadragón a pasar unos días con su madre.

 

****

Estar en Dragonstone con su madre fue algo relajante, se sintió confortado y consolado como siempre que se refugiaba en los brazos de Rhaenyra. Le recuerda a los días en los que aún era un niño y la noche estaba llena de sombra y pesadillas que le aterraban. Su madre le acarició los rizos, besó su frente y lo dejó llorar en su regazo, ambos sintiendo la pena como si fuera una.

Rhaenyra le comprendía, ella había perdido su séptimo embarazo cuando Luke tenía catorce años. Visenya. Ese iba a ser el nombre de su hermanita, a la cual nunca pudo conocer más allá de lo que vio su habitación pintada de rosa pastel y blanco, junto con unos pequeños vestidos que jamás se iban a usar. Recuerda a la albina llorando en la soledad de la vacía recámara, tragándose los sollozos para no despertar a sus hijos. Rememora que nadie mencionó el tema durante un mes, en el cual la mujer intentó verse tan fuerte e inquebrantable como siempre, aunque estaba más callada y reflexiva de lo habitual. Sus ojos amatistas estaban tristes y apagados.

—Vienes aquí cuando estás pensando en algo que no te gusta —dice  su madre, con voz tersa y dulce. Ambos están sentadas en el sofá, cerca al ventanal que da una vista esplendorosa a la playa—. ¿Llamaste a Aemond?

Luke le da un sorbo a su té de limón.

—Él sabe que estoy aquí.  Le dije que estaría de vuelta en unos días.

La fémina asintió y bebió de su propio té.

—Lo creas o no, Daemon habló con él por teléfono. Fue una charla muy civilizada.

Lucerys parpadeó entre la sorpresa y la confusión. Rhaenyra sonrió al saber que tenía la atención de su hijo.

—Llama todo el tiempo, ¿sabías? A mí, y a Daemon. Nos pregunta cómo estás y si necesitas alguna cosa. —continuó la Targaryen—. En circunstancias normales le diría que te llame él mismo, pero sé porqué lo hace. Daemon hace lo mismo cuando nos distanciamos, le gusta tantear el terreno antes de aterrizar. —ríe un poco y se alegra internamente cuando Luke también suelta una pequeña risilla—. Son parecidos, tienen reacciones similares. Aunque claro, Daemon es un canalla, y mi medio hermano es demasiado frío para su propio bien. Seguro lo sabes mejor que ello.

El castaño resopló.

—Más de lo que me gustaría.

Hubo un pequeño silencio en el cual solo las olas del mar y el aroma del té fueron los protagonista. No importa cuantos años pasaran, Lucerys siempre se sentía protegido y en paz cuando estaba con Rhaenyra.

—Duele demasiado cuando el hombre que te ama también te decepciona. Lo sé porque a mí también me pasó. —musitó la mujer antes de darle un nuevo sorbo a su bebida caliente. Al finalizar, miró directamente los ojos de su querido hijo—. No se lo he contado a nadie, ni siquiera a Alicent. Pero cuando…—tomó un suspiro de valor—. Cuando pasó lo de tu hermana, cuando la perdí, esperé por Daemon. Lo esperé por horas. Alejé a todo el mundo de la recámara y solo lo quería ver a él. Sé que Jace lo llamó varias veces y recién contestó cuando tu hermano se puso firme con él. —continuó. Su nariz enrojecía—. Cuando fue a mi habitación se quedó quieto en la puerta, no ingresó, no habló. Solo nos miramos en la distancia, yo quería que entrará, pero él solo se quedó el umbral. No hizo nada. No dijo nada. Bajó la cabeza y se quedó ahí por minutos. —Luke podía adivinar que a su madre le dolía la garganta al tragar en seco—. No hablamos del tema por semanas. Meses. Hasta que exploté. Ustedes no estaban, había ido de viaje a Marcaderiva con sus primas y tanto Aegon como Viserys se hallaban dormidos.  

Rhaenyra se acarició las sienes, cerró los ojos y solo los abrió cuando Lucerys estrechó fuertemente sus manos. No le incitaba a continuar, sino a confortarla con una caricia.

—Peleamos por una tontería de la corporativa, idioteces del trabajo. La pelea escaló a tal grado que le mencioné a Visenya y exploté. Dioses, Luke, le dije hasta de lo que se iba a morir y él solo se quedó frente a mí, con la cabeza agachada como si lo estuviera regañando. Le reclamé al decirle que a él no le importaba nuestra hija.  Luego levantó la mirada y me dijo: “Cuando supe que el extraño nos la quitó, solo quería matar a ese hijo de puta y arrancar a mi hija de sus garras” eso fue lo que confesó. Ahí me di cuenta que ambos llevábamos la pena de forma diferente, pero en ningún momento lo conversamos como pareja. Jamás nos dimos el tiempo de abrir la herida juntos y sanar a la par. Él a su manera, yo a la mía, pero juntos.

La albina dejó escapar una lágrima  fría por el ojo izquierdo, mientras que Lucerys lo hacía por su orbe derecho. Ella estrechó sus dedos y los acarició como cuando era pequeño, y luego sonrió.

—Daemon y Aemond no son tan diferentes en ese sentido, no les gusta abrir sus heridas porque los hace sentir vulnerables. Daemon no quiso abrirlas porque quería transmitirme fortaleza, y fracasó. —espetó la fémina—. Parece que Aemond quiere intentar la misma estrategia y le salió igual de mal, dulce niño

Lucerys suspiró, sollozó en su asiento y se abrazó a su madre, quien le prometió que las cosas saldrían bien de ahora en adelante. Se lo juraba.

Esa tarde Lucerys regresó a su apartamento junto con Arrax. Sabía que Aemond no regresaría hasta el anochecer; conocía al platinado y tenía el presentimiento de que se enfrascó en su trabajo en la editorial The Reach antes que regresar a una casa más vacía que nunca.

El castaño fue a recostarse en su cama, con Arrax haciéndose un espacio en el suelo y compartiendo el silencio. Miró hacia la ventana y a la pequeña garúa que se intensificaba afuera, distrayéndose con el aroma.

Cuando el sueño fue venciendo y las pestañas le pesaban más sintió que la puerta se abría. Pasos pesados y contundentes se escucharon en el pasillo, hasta que sintió la sombra helada y los cabellos plateados de Aemond. Ahí estaba él, en el umbral de la puerta con su clásico abrigo de color negro y las hebras algo húmedas por la lluvia.

—Hola. —saludó el joven.

—Hola. —respondió el mayor, saliendo de su estupor. 

Lucerys tuvo un dejavú cuando eran niños y se reencontró con Aemond en el funeral de su tía Laena, se saludaron de una forma cortante pues el mayor siempre fue algo resentido con los hijos de su media hermana. En ese entonces no se llevaba bien ni tenía una buena relación más allá de que Luke fuese parte del séquito de niños que le tocaban las narices a su tío, siendo liderados por Aegon. En ese momento el pequeño castaño no lo sabía, pero solía tomarle el pelo a Aemond con tal de llamar su atención, y sólo años después caería en cuenta de ello.

Se preguntó si el albino estaría tan resentido como antaño.

—Quería…yo..—el hombre menor se acarició la mejilla, nervioso—. Regresé.

—Sí, ¿Te encuentras mejor? —fue la cuestión de su esposo. No un reclamo. Ni un monosílabo cortante. Sino una pregunta en tono serio pero bañado en docilidad.

Lucerys apretó los puños en la sábana.

—Algo, ¿y tú?

—Bien, eso creo. —ladeó la mirada y frunció los labios. El cuarto de los Targaryen solía hacer eso cuando se quedaba sin qué decir en alguna situación, lo hacía desde que era niño—. ¿Cómo está Rhaenyra?

—¿Mi madre?

—¿Hay más Rhaenyras en Rocadragón? Creí que con una ya teníamos suficiente—inquirió con algo de sarcasmo.

—¡Oye! —Lucerys puede sentir como una sonrisa traicionera se esboza en su cara—. Sí, sí, ella está bien, Aemond. Te manda saludos.

—Vale, pues igualmente. 

El silencio se vuelve a extender entre ellos dos. El castaño mira hacia las paredes, al armario y a otros puntos muertos de la habitación. Luego mira hacia las sábanas y después al platinado, quien también intercala miradas hacia otro extremo de su dormitorio, como si fuesen dos niños regañados. Incómodos e impulsivos tontos que no saben qué hacer en esta situación.

—¿Quieres cenar algo? —al Velaryon se le escapa tal sugerencia de los labios de forma veloz.

Aemond parpadea y luego asiente.

—Bien, vale.

Ese día preparan un aperitivo simple. No hablan mucho, sino que disfrutan de la compañía del otro. Aemond es el que cocina, mientras Lucerys arregla la mesa y se compromete a lavar los platos. En algún momento que el platinado está ocupado con la hornilla, el castaño se acerca por detrás, con remilgo y el corazón latiendo a mil, temiendo un rechazo. Desliza sus manos temblorosamente hacia la espalda de su esposo, luego se aferra a su camisa. Siente el aroma de su perfume sobrio en su nariz, ese perfume que en anteriores ocasiones le dice que es una fragancia de ancianos pero que nunca puede dejar de aspirar porque ama todo lo que es Aemond Targaryen. 

Se quedan quietos en esa posición, sin decir nada. Lucerys se atreve a deslizar las manos hasta el pecho del albino y se mantiene en ese lugar, apoyando la cabeza en su espalda. 

Lo siento. —musitó en su lengua materna, alto valyrio,  después de dejar un beso en un lugar pequeño entre el hombro y el cuello del más alto.

Pensó que el platinado no le diría nada, que se quedaría tieso en su lugar y tal vez después de unos instantes le contestaría; jamás pudo prevenir que el más alto se voltearía sobre su propia posición y lo estrecharía en un beso profundo. Ese beso fue una explosión de emociones arrolladoras, como la primera vez, cuando aún fingían odiarse para ocultar sus sentimientos. Fue como volar y caer al mismo tiempo; vértigo y emoción. Era convertirse en fuego artificial.

No tardó en corresponder de inmediato, aferrándose a las solapas de su camisa. ¿Hace cuánto se había besado así? Era consciente que todos los besos con Aemond era como morir y revivir en microsegundos, pero esta vez se sentía volver a la vida. Al lugar y al momento que deseaba pertenecer.

Fue casi un reto separarse porque sus labios se sincronizaron como imán y metal, necesitando más que para respirar. Tuvieron que improvisar una cena rápida y cenaron en el sofá, siendo seguidos por un perezoso y dormilón Arrax. Vieron una película confort que se suponía que era cómica, mas no les sacó ninguna risa. Lucerys disfrutó de las caricias en su espalda y de los roces del pelo de su esposo en su mejilla.

Al irse a su recámara los besos perezosos y adormilados prosiguieron por un rato más hasta que al hacer contacto visual, Lucerys se dio cuenta que era momento de hablar. La discusión que habían tenido días atrás fue una catarsis que agravó el problema más allá de resolverlo, en el cual Luke escupió fuego debido al dolor y a la frustración que sintió. 

—Aemond…—musitó escondido en los pliegues de la almohada, el mayor lo abrazaba por la espalda, uniendo sus manos en la cintura y entrelazando los dedos—. Yo…

—Tenías razón—dice el albino con voz aterciopelada. Era extraño que él utilizara un tono tan suave y terso más allá de la intimidad—. No estuve contigo. Ni en las compras, ni cuando pensabas un nombre para el bebé, ni después de todo eso. —su dedo índice y medio comenzaron a jugar con los suyos, se deslizaban entre el espacio de sus fanales—. Nunca te lo dije porque estabas muy emocionado pero yo tenía miedo porque no sabía qué clase de padre iba a ser. El mío nunca me conoció por completo, y más allá de ello, todas las ‘figuras paternas” que he tenido, de una u otra forma me terminaron decepcionando.

Claro. Viserys. Otto. Criston Cole. Aegon.

Lucerys había contado con la figura de un padre y una madre emocionalmente presente. Y por si no fuera poco, tenía el apoyo de su padre biológico, Harwin Strong, y además contaba con el cariño y la protecciónde su padrastro, Daemon Targaryen. Todas sus figuras fraternales, incluyendo a sus hermanos, habían estado presentes en todas las facetas posibles. Lo conocían. Lo querían. Lo apoyaban. Lo amaban.

Aemond tuvo que conformarse desde niño.

—Me daba pánico que una criatura inocente tuviera que depender completamente de mí. Tenía terror de no quererlo como tú, o de una forma u otra, terminar convirtiéndome en mi abuelo y poniendo demasiadas expectativas en él. Hablar con mi madre no sirvió mucho, ya sabes que ella apenas ha aceptado lo nuestro a regañadientes —tomó un pequeño bocado de aire y coraje, mientras que Luke le acariciaba uno de los brazos—. De nada sirvió hablar con Aegon, porque él mismo se considera un “tío buena onda” para Gaemon. Luego conversé con Helaena y ella me sugirió conversar estas cosas contigo y con Daemon.

—¿Daemon?

—Lo creas o no, fue útil charlar con él. Además de advertirme sobre lo que pasaría si te lastimaba, me dijo que él también sintió algo de vértigo cuando supo que Laena estaba embarazada de las gemelas. 

—Vaya, Daemon asustado es difícil de imaginar.

—He dicho vértigo. —corrigió el albino antes de chasquear la lengua—. Dijo que de lo único que estaba seguro es de que iba a proteger a todos sus hijos así fuese lo último que haga. Me preguntó si yo haría lo mismo, y le dije que sí. “Con eso basta” me respondió. 

Ambos permanecieron en un cálido mutismo, perdiéndose en la estufa encendida en la recámara. Luke se acurrucó un poco más en el pecho de su compañero hasta que lo sintió vibrar en una respiración temblorosa. Iba a continuar.

Aemond prosiguió:—Un día que saliste fui al cuarto que preparaste para él y vi una pequeña estantería llena de peluches. Pensé que eran demasiados peluches que parecía una juguetería, típico de mi señor Strong. —gruñó un poco al escuchar la risilla sin gracia de su esposo—. Supuse que sería buena idea comprar cuentos o algunos libros infantiles, no creí que al bebé le gustara que lea informes de manuscritos y planificación de maquetación todas las noches mientras lo hago dormir. Luego me puse a pensar en posibles colegios donde iría a estudiar.

—Aem, es muy pronto para pensar en eso.

—¿Sabes lo difícil que es encontrar una vacante en la Primaria de la Ciudadela?

—¡¿En serio consideraste la Ciudadela?!

—Un hijo mío irá a la mejor escuela, eso no está discusión,

Lucerys iba a voltear para reír mientras le reprochaba aquello hasta que escuchó algo que lo detuvo. Hijo mío. Mi hijo.

El hijo que nunca pudieron conocer y al que esperaron por largos meses.

Ambos se dieron cuenta de eso, y el castaño volteó súbitamente hasta encarar a Aemond, y la imagen le apretó el corazón. El Targaryen nunca lloraba, ni siquiera cuando perdió el ojo en un accidente o cuando falleció el abuelo Viserys. La única vez que lo vio quebrarse fue cuando falleció su vieja pastora inglesa, Vhagar. Para ese entonces ambos ya vivían juntos y esa había sido la única ocasión que el albino sollozó escondido entre el cuello y el hombro de su chico.

Luke vio lo mismo en este momento, como su ojo amatista se cristalizaba y obtenía un brillo tan doloroso como desgarrador.

Ahora lo entendía.

—Planeabas un futuro en el que estuviera nuestro hijo.

El abrazo entre ellos se fortaleció.

—No tenía porqué ser de otra forma. 

No tenía.

…No tenía porqué.

Era tan injusto.

Lucerys trató con todas sus fuerzas no sollozar, no gimotear ni derramar una sola lágrima. Tenía que ser fuerte por los dos, porque ahora le tocaba a Aemond sangrar, permitir aquella faceta de vulnerabilidad que no le mostraba a nadie más que a él.

Y al igual que su esposo, Daemon y Rhaenyra, falló.

Lucerys sollozó y tembló en sus brazos, y más pronto que tarde, Aemond lo siguió. No jadeaba. No gimoteaba  ni sorbía la nariz. Solo dejó de endurecer su ojo sano y tomó más bocanadas de aire mientas su respiración se volvía más y más temblorosa.

Estaban lastimados. Vulnerables. Rotos.

No obstante, se encontraban juntos.

 

***

 

Meses le siguieron a aquella charla y posteriormente, sintieron se sanaban como pareja. Una parte dura del proceso fue ordenar los juguetes para el bebé e ingresar a la habitación. Guardaron algunos ropones para Maelor, el bebé de Helaena, y también algunas cosas para donar a la caridad. Lucerys lloró un poco. Aemond lo abrazó, también muy sentido por la situación. Se abrazaron. Se besaron, y después de un tiempo, continuaron.

—Lo peor ya pasó, Taoba. —había musitado para Luke y para sí mismo.

Ese año se fueron de viaje a Volantis, a las conocer playas hermosas y pasar las vacaciones en soledad, tan solo ellos dos reconfortando con el calor de sus caricias hasta incrementar en placer. Al regresar, aún tuvieron que lidiar con preguntas indiscretas y comentarios de doble intención, pero incluso Aegon había tomado el tema con pinzas y no tocó demasiado aquella fibra sensible. 

Lucerys sintió una pequeña punzada de dolor cuando Rhaena le llamó para contarle que estaba embarazada, pero aún así se sintió feliz por ella y la ayudó a realizar algunas compras para su bebé. Le gusta comprar, y a su prima/mejor amiga también, así que pasaron toda una tarde en el centro comercial mientras que sus respectivas parejas iban detrás de ellos sirviendo de percheros para las bolsas de compras.

—He estado en contacto con un socio de Misarya, ¿sabes? por un trabajo de desfile de modas. —comentó la joven mientras devoraba su helado—. Hay una buena agencia de adopción, y yo puedo hacer que se te faciliten algunos trámites, sabes que tengo muchos contactos —sugirió la chica, sujetando la mano de Lucerys.

Aemond se tensó un poco, al igual que Garmund. A pesar del largo tiempo que había pasado, la adopción aeun era un tema sensible para ambos.

Lucerys fijó su vista en el helado antes de contestar.

—Estamos bien, Rhae.

La muchacha frunció el ceño, no tan convencida.

—¿Seguro?

—Sí —dice el castaño, plantado su mirada sobre la de su esposo, uniendo sus dedos por debajo de la mesa—. Queremos esperar.

El mayor de los Targaryen asintió respaldando a su pareja.

Rhaena les regaló una sonrisa comprensiva y no volvió a insistir con el asunto.

Esa misma noche Lucerys contactó con la antigua agencia de adopción, tentado a hacer algo de lo que no estaba muy confiado. Quitar su nombre de la lista de espera.

Lo pensó  una, dos, tres veces.

Sabe que Aemond respaldará su decisión, que lo va a apoyar. Lucerys tiene miedo de volver a realizar todo el proceso con el riesgo de que lo vuelvan a lastimar como hace tiempo. Tiene terror de romperse otra vez, pero tiene aún más pavor de renunciar a su sueño.

Al final, no puede concretar aquella solicitud y solo deja que el tiempo ponga las cosas en su lugar.

 

****

 

Un año después

 

Ya se está comenzando a extrañar de que Arrax no le ladre o le gruña cada vez que entra al apartamento. No es el favorito del can, pero ya no se llevan fatal como cuando recién vivía con Lucerys. El canino ahora levanta las orejas y mueve la cola cuando lo recibe, y eso le parece extraño.

Más extraño le parece cuando ve a Lucerys algo silencioso en el sofá de la sala de estar, tomando una taza de té que a leguas se nota que se enfrió. Teme lo peor. Teme muchas cosas catastróficas y está a punto de cuestionarle a quién tiene que matar, hasta que su orbe morado choca contra el de Luke, y nota un brillo precioso en esos ojos chocolates que tanto ama.

—Llamaron de la agencia de adopción. —dice el Velaryon, y Aemond abre su ojo tanto como puede. Traga saliva.

Hay una pausa de dos segundos que se la hace una eternidad y el albino casi le exige que le diga de una vez qué está pasando, pues el suspenso lo asesina lentamente.

—¿Y bien? —no puede evitar que le salga un minúsculo temblor cuando cuestiona a su esposo.

Lucerys enseña su celular y en él hay una pequeña bebé de mofletes redondos, regordetes, un poco de cabello marrón oscuro y ojos igual de marrones, incluso de un tono más oscuro que el de su chico Strong. Aemond parpadea un par de veces sin entender el silencio y las acciones de Lucerys.

—¿Qué…?

—Es de Yi-Ti. Al parecer los burócratas de la agencia piensan que seremos buenos padres para ella…

La cabeza la está vibrando y apenas puede entender las palabras del castaño. Le están hormigueando los brazos y las piernas.

….¿Esto es real?

Respira un poco más profundo.

Por un instante se imaginó llevando a su hija a su primera clase de esgrima, y lo tenso que estaría para que nadie la lastimara con las espadas de entrenamiento.

—¿Lo qué quieres decir es que…?

—Aemond si…—el chico balbucea, apenas sosteniendo el móvil entre sus temblorosos dedos—...si todo s-sale bien…Ella podría…s-sería nuestra bebé. —la boca y los labios le tiemblan, y la voz poco a poco sale entrecortada—. Tengo miedo, Aemond. ¿Esto está pasando?

El Targaryen siempre fue el que menos expresaba sus emociones. No era carismático como Daeron y Rhaenyra, tampoco tan efusivo como Aegon, o tan dulce y empático como su dulce hermana Helaena. Era más bien arisco y antipático. Tuvo que trabajar en esos defectos para lograr que su relación con Lucerys y con todos los seres que amara funcionaran. 

Fue impulsivo, pero lo encerró en sus brazos. Lo atrapó entre ellos y besó los rizos que tanto amaba. Un beso tras otro. 

—Sí, está pasando, taoba.

—Tengo miedo, Aemond. —confiesa el castaño—. Dioses, tengo tanto miedo…¿qué pasa si..? ¿Si ocurre otra-?

No puede terminar antes de que lo besen en los labios una, dos, tres veces.

—No digas eso. —lo besó de nuevo—. No pienses en eso, porque no va a ocurrir.

—¿Cómo lo sabes..?

—Porque lo sé.

“Porque sino, quemaré esa agencia del demonio y dejaré cenizas.”—agregó para sí mismo.

—Aemond…

—Esto es lo que va a pasar, viajaremos a Yi-ti y conoceremos a nuestra hija. Luego volveremos aquí y estaremos los tres.

Lucerys sujetó las mejillas de su esposo antes de dejar un suspiro sobre la boca ajena.

—Aún tienes esa habilidad para asustarme y enamorarme al mismo tiempo. —confesó el castaño de rizos—. Tienes razón. Prepararemos todo y luego conoceremos a Aemma.

¿Aemma?...

—Aemma. —repitió Aemond. Tenía entendido que ese era el nombre de la fallecida abuela de Luke, y la primera esposa de Viserys. Pronunciar ese nombre antes le hacía sentir extraño, y ahora mismo le parece un nombre adecuado. Un sonido bonito—. Suena bien.

—Es por honor a mi abuela.

—Ya lo sé.

—Y porque es la versión femenina de Aemon y Aemond. 

Sellaron su promesa con un beso.

—¿Lo intentamos otra vez? —inquiere Luke con un brillo intenso en sus orbes marrones. Tan hermosos. Tan llenos de energía y fuerza.

Aemond, quizá por primera vez, extiende una sonrisa libre de soberbia y malicia. Un gesto que pocos podían ver a través de las capas de su personalidad.

—Otra vez.

Juntos.

 

****

Aemma Targaryen-Velaryon  es una bebé ruidosa, con fuertes pulmones, mofletes suaves y exigente atención. Su cabello es castaño oscuro—más oscuro que el de Luke— y lacio, lo cual es fácil al momento de hacerle algún peinado. No se queda dormida fácilmente y le encanta gatear por toda la casa. Adora perseguir a Arrax y a veces seguirlo hasta su pequeña camita. No se queda quieta, sino todo lo contrario.

Sin embargo, también es una niña adorable de ocho meses, que sonríe por reflejo, luce unos mamelucos de conejo y de dragoncito. Es curiosa, y sus manitas son tan pequeñas como tiernas. Les hace el día soleado a sus padres, a pesar de que el clima es nublado. 

Esa noche a Aemma—o Amy, de cariño—no desea ir a dormir, ha llorado y gimoteado, hasta que Lucerys se da con la sorpresa que Aemond está en la butaca de la sala, con los anteojos puestos, leyendo un manuscrito de su oficina mientras que sostiene a la bebé en su regazo, quien mira atentamente hacia los papeles, como si de verdad los leyera.

Lucerys parpadea confundido hasta que interrumpe la lectura en voz alta de Aemond.

—¿Qué se supone que hacen ustedes dos?

Aemond se acomoda las gafas.

—Aemma no quiere ir a dormir, y yo aún tengo manuscritos que leer para ver si pasan a digitalizarse.  —explica el albino—. Resulta que a nuestra hija le aburren los cuentos para niños, pero le gusta escuchar historias sobre guerras civiles medievales.

—¡¿Para la bebé?! —exclama el castaño.

—Eso parece gustarle. —se encoge de hombros.

—Pff, ¿a quién se parecerá? —dice Lucerys, sentándose en la butaca de al lado y alzando una mano para acariciar la mejilla de su hija, quien corresponde con reflejo de sonrisa mientras estira sus propias manos pequeñas—. Mi madre dice que Amy llora más que mi hermanito Aegon cuando era pequeño. Dice que eso es normal.

—Mi madre piensa lo mismo. —comenta el albino—. Se vio entusiasmada cuando conoció a Aemma. Mi madre tiene una debilidad por los bebés.

Lucerys asintió, pues era cierto. Alicent siempre tuvo algo que contra de su relación y tampoco fue un apoyo constante en todo el proceso de su matrimonio, así como tampoco se vio entusiasmada cuando anunciaron su idea de adoptar un bebé.Sin embargo, cuando conoció a Aemma fue una de las primeras en cargarla, atenderla e incluso darles consejos para cambiar pañales. Si no fuera poco, les había hecho unos gorritos de lana que su hijita usaba en los días fríos.

No iba a mentir, Luke estaba gratamente sorprendido. Además era gracioso ver como Rhaenyra y Alicent competían entre ellas para pasar más tiempo con Aemma.

Rhaenyra compraba regalos, no reparaba en gastos, mientras que Alicent era una abuela tradicional que tejía con gancho sus propios obsequios. Era algo muy risible.

Luke se entretuvo viendo a Aemond leerle a Aemma hasta que los ojos marrones de su hija cruzaron con los suyos y gimotea por su atención. 

—Voy princesa.—anunció el castaño.

 Su esposo le cedió a la bebé hasta que Luke la meció entre sus brazos con una nana valyria que sabía desde que era niño. 

Aemma tardaría en dormir y eso no importaba. Lloraba fuerte y eso daba igual. Aemma era perfecta.

Mientras la bebé se quedaba dormida, sintió los brazos de su esposo rodear su cintura y unos labios fríos besar su cabeza llena de rizos.

—Es hermosa, ¿verdad? —musitó el castaño.

—Lo es. —pronuncia el platinado, embelesado con su esposo y su hija—. Tú y Aemma son mi hogar.

Lucerys sonrió con los ojos enrojecidos de la felicidad. Parecía que todas las cosas negativas del pasado como los obstáculos, los prejuicios, y el dolor, habían sido una pesadilla.

—Yo pienso lo mismo. —musitó el castaño—. Los dos son mi mundo. —besa la barbilla de su esposo, y luego afianza el abrazo a su hija.

Aemma aún era una bebé, pero bastaba con verla dormir cómodamente y confiada en los brazos de sus padres para demostrar lo protegida que se encontraba en ese pequeño lugar. Era su lugar seguro.

Su Hogar.

Notes:

Este one shot se basó en uno de los capítulos más tristes de Modern Family, cuando a Mitchell y Cameron les rechazan la oportunidad de adoptar un segundo bebé. En toda la temporaba los ves intentando adoptar un bebé, impresionando a las agencias y viendo muchas posibiliades; aunque es cómico, en el capítulo final viajan para conocer a su bebé y la familia los rechaza, por lo que Mitchell no puede más y rome a llorar delo frustrante y doloroso que fue y ambos regresan a su casa destrozados y muy desilusionados,con el corazón roto. Yo lloré en ese capítulo, me pareció demasiado doloroso lo que tuvieron que sufrir. Es frustante como tuvieron que pasar tantas cosas, y cuando están cerca de tener a su bebé, les quitan la esa ilusión.

Aemond sí quería tener un hijo con Luke, pero por su propia inseguridad sumado a sus daddy issues, tenía miedo de ser un mal padre.

Una de las cosas que más me gustó de escribir este capítulo fue el final, y también la charla entre Nyra y Lucerys. Nyra es demasiado buena madre.

Espero que les haya gustado, les dije que habría final feliz :3

Nos leemos.