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Enzo se había sentido físicamente mal cuando había olido aquel perfume en la cancha, ese perfume tan familiar que había hecho que le fallaran las piernas. Sentía como si alguien le hubiese dado un pelotazo en el estómago, dejándolo sin aire momentáneamente. Por unos instantes, todo lo que había podido sentir era aquel olor, anulando cualquier otra cosa a su alrededor.
—You ok, brother?
—Yes —había contestado con lo que le quedaba de voz, forzando una sonrisa.
No. Enzo no estaba bien. No estaba bien porque Reece tenía un perfume demasiado familiar, un perfume que el mediocampista conocía demasiado bien. Era una fragancia que se sentía igual y aún así no era lo que buscaba, como todo en su vida, pero que lograba despertar los recuerdos con una simpleza escalofriante. Un perfume que, de sólo sentirlo, a Enzo le aflojaba todo el cuerpo. Se sentía mareado y tenía ganas de vomitar, incluso cuando no había comido nada. Tenía un dolor en el estómago que solamente conseguían darle el anhelo y la nostalgia, aquella necesidad estúpida de estar junto a la única persona que conseguía desestabilizarlo por completo.
—El perfume… —Enzo se había alejado, caminando hacia atrás casi sin darse cuenta, sin pensar que en realidad su compañero no tenía por qué entenderlo.
—Oh, yeah, it’s new —dijo Reece inocentemente.
—¿Te hace mal el perfume? —preguntó con preocupación en su mirada Marc, que parecía confundido por la reacción.
Enzo giró y se alejó trotando suavemente, volviendo al entrenamiento mientras tomaba profundas bocanadas de aire fresco. Dejó que el viento frío y húmedo de marzo le llenara los pulmones, aquel aire de la tarde londinense que no olía a nada en particular. Empujando las comisuras de sus labios hacia arriba como siempre, como si no pasara nada, el argentino levantó el brazo e hizo un gesto con su pulgar para indicarles a sus compañeros que estaba bien.
Enzo a veces se sentía una persona horrible. Era un sentimiento que lo avergonzaba, que jamás había compartido con nadie y probablemente nunca lo hiciera. Era algo en lo que intentaba no pensar, que intentaba mantener adormilado en un rincón de su cabeza, pero que se despertaba de las formas más tontas.
En un sentido amplio de pensar en su vida como un todo, Enzo sabía que tenía una que podía creerse casi perfecta. Sabía que la gente lo había llamado boludo y otros tantos sinónimos por romper la familia ideal que tenía, por haberse separado y querer buscar algo más. Un pibe de San Martín, que había cumplido su sueño, que había conseguido el hito máximo de su carrera, que había jugado junto a su ídolo, que era parte de la mejor liga del mundo. Un chico cualquiera que tenía una mujer increíble a su lado, una que lo había bancado en todas, dos hijos hermosos por los que hubiese dado su vida y años para disfrutar junto a ellos sin tener que pensar en nada más.
La vida perfecta.
Y sin embargo, algo tan simple como un olor lograba ponerle el mundo patas para arriba de una forma vergonzosa. En los tiempos muertos, siempre miraba la misma fotografía, sentía la misma voz, la misma risa. Esa fotografía grabada a fuego en su cabeza, esa que tenía por todos lados, esa que a veces estaba tentado a romper pero para lo que jamás tendría la fuerza de voluntad que necesitaba. Ese perfume que se le aparecía cada vez que cerraba los ojos, que por momentos pensaba si lo había imaginado, si estaba impregnado entre su ropa o en algún punto de su piel. Esos brazos que se cerraban alrededor de su cintura, esos brazos que no eran los de la persona que dormía junto a él, pero que a veces parecían tan reales como el pasto sobre el que estaba corriendo.
Enzo creía que estaba bien. Realmente, la mayor parte del tiempo, sentía que su vida era, efectivamente, perfecta. Si no lo analizaba demasiado, de verdad creía que lo era. Sin embargo, sólo podía sentirse así por un tiempo, hasta que algo, lo más mínimo y estúpido, volvía a desencajar toda aquella fachada y reducirla a nada. Y todos los recuerdos llegaban de golpe, tan vívidos que le sacaban el aire, que lo derrumbaban en segundos. Esas despedidas en los aeropuertos que jamás tendrían que haber sido, aquellos abrazos apretados de los que ninguno quería irse, esos roces que querían prolongarse hasta que el resto del mundo dejara de existir.
Enzo a veces no entendía por qué era tan difícil, por qué esas despedidas incomprensibles no podían transformarse en volver juntos a casa, en encontrarse, en permanecer lado a lado incluso después de los compromisos que compartían. Por qué la vida ideal tenía que tener ese espacio innecesario entre los dos, esa distancia que ellos mismos habían puesto porque sí, porque el qué dirán, por lo complicado que podía volverse su presente y su futuro. El futbolista realmente había creído que podía enfrentar todo eso, pero las decisiones eran de a dos. Esas decisiones siempre eran de a dos. Y nada le había roto el corazón como saber que no bastaba con su voluntad, no bastaba sólo con todas las cosas que él sentía. Lo que le pasaba y el valor para enfrentarlo nunca habían sido suficientes. La predisposición y toda la motivación de quererlo con todas sus fuerzas no servían de nada porque, si uno de los dos decía no, no había pelea que fuera suficiente.
E incluso cuando Enzo había desarmado su vida por él, había estado dispuesto a apostarlo todo por él, la silenciosa respuesta había sido no. Siempre había sido no.
Pero todo lo que sentía seguía ahí.
Enzo tenía el perfume impregnado en la nariz mientras corría por Stamford Bridge como si su vida dependiera de ello, mientras entrenaba con más intensidad de la necesaria para olvidarse de todo. Ese perfume que le desarmaba todos los sentidos de una forma tan ilógica, tan irracional que nunca iba a poder explicarlo, parecía reacio a desaparecer mientras él seguía en movimiento.
El perfume de Julián.
Las cosas habían continuado con su curso normal cuando Enzo se había separado, pero estaba bastante seguro que una parte de él se había desvanecido cuando Julián no había dado el brazo a torcer. Cuando la vida del cordobés había seguido como si nada, mientras su propia vida se caía a pedazos por voluntad propia, el futbolista del Chelsea había sentido que algo se había roto. No alcanzaba si era sólo él quien estaba dispuesto a dejar todo atrás. No alcanzaba nunca si era solamente él.
Enzo había vuelto al punto de partida poco tiempo después, sabiendo que no había otra manera de hacer las cosas. Si eso era todo lo que podía tener, estaba bien, y si no lo estaba, iba a tener que conformarse. Tenía que aceptar que no había más opciones que esas. Los mensajes, las miradas, los abrazos, los toques casuales… Nada podía significar más de lo que lo era si Julián no lo quería así.
Y cuando Enzo se acostaba en su cama, cuando se acostaba junto a alguien que no era él, volvía a repetirse que tenía la vida perfecta. Aquella mantra seguía siendo efectiva hasta que algo pasaba, hasta que algo volvía a llevarlo a aquel extremo de desesperación, ese que lo hacía pensar que tomarse un avión privado solamente para verlo estaba bien, que era algo normal. A pesar de tener la vida que todos creerían inmejorable, que el mismo había creído siempre como ideal, era difícil decir que era perfecta cuando tenía lejos lo más importante en ella. Y se sentía una persona horrible, siempre volvía a sentirse horrible, porque su familia estaba con él. Lo que debía ser lo más importante, por aquellos breves instantes de irracionalidad, no lo era.
Enzo trataba de pensar que, fuera de esos momentos, estaba bien. Cuando estaba cansado, cuando estaba al límite, cuando sentía que los brazos que lo abrazaran no eran los que quería, con el sabor amargo de saber que alguien más lo estaba abrazando a él también, Enzo trataba de pensar que ese momento pronto iba a pasar. Trataba de convencerse de que los pensamientos intrusivos no eran más que eso, no eran más que ideas suyas, cosas que no podía cambiar. Se había conformado con el afecto que podía tener, aquel que parecía mejor que la soledad, acallando el recordatorio ocasional de que no era él. Enzo ya lo sabía. Nadie más podía llenar el lugar de él.
Las náuseas siguieron al futbolista todo el día durante el entrenamiento, como una advertencia persistente de lo frágil que era su fuerza de voluntad cuando se trataba de Julián. Cuando llegó a su casa en las afueras de la ciudad, ya con el cielo oscuro cubriéndolo todo, se sentía un poco enfermo.
Y conformarse era lo único que Enzo podía hacer, conformarse con las pequeñas cosas, con las migajas de una relación que era ideal para los ojos externos. La relación de los dos compañeros y amigos incondicionales, perfecta como todo parecía en su vida, pero tan vacía para quien siempre estaba buscando más. Las fotos, las sonrisas, los abrazos cómplices que tenían los minutos contados para no parecer demasiado íntimos. Los besos compartidos a escondidas que no podían ser más que promesas que no podían cumplirse.
Y aún así, Enzo no quería a nadie más.
Se había dado cuenta que con la soledad era aún peor. Cuando no había nadie en la casa, cuando Valentina y los chicos no habían estado con él, a veces tomaba su celular pero volvía a dejarlo, repitiendo aquellas acciones hasta el cansancio. Quería saber qué estaba haciendo, con quién, por qué. Pero Julián no era de él. No tenía ninguna justificación, ningún título que le diera aquel lugar. Y aún así, se creía con algún tipo de poder. ¿Acaso quererlo más que la persona junto a él no lo hacía merecedor de algún derecho exclusivo? Y si no era así, ¿por qué en su mente siempre parecía de esa forma?
Enzo a veces creía que no tenía sentido seguir pensando en eso, pero no lo podía controlar. En los momentos más cotidianos, totalmente aleatorios, había algo que volvía a desencadenar toda aquella serie de cuestionamientos. Y tenía que detenerse a sí mismo para no escribir, para no llamar, porque no estaba bien agarrársela con Julián. Pensaba receloso en las fotos, en los mensajes, en los y sí que nunca habían tenido una oportunidad. Porque había una diferencia abismal entre los dos, una diferencia que los dividía entre querer cambiar las cosas y dejarlas como estaban. Una diferencia, quizás, en la manera que cada uno tenía de querer al otro.
Y Julián tenía su vida sin él. Él tenía su vida junto a alguien que no amaba, porque Enzo iba a jurar siempre que podía ver a través de él. Julián no estaba enamorado de Emilia y le dolía verlo, le dolía no ser ella. Sabía que era un odio injustificado, quizás mutuo, pero uno que no podía manejar. Odiaba pensar que aquella debería ser su vida, su lugar, sus momentos. Que todos los días los pasaba con ella, cuando debería ser con él. Era un pensamiento que rozaba lo infantil y caprichoso, lo egoísta incluso, pero ¿qué más daba? Podía sentirse así a veces, aunque fuera solamente dentro de su cabeza. Ocasionalmente se cansaba de ser un adulto, de no hacer un berrinche por lo que quería, aún cuando nunca salía de su boca. Sabía que en la vida real un capricho así era mucho más complicado de lo que podía permitirse.
Y en los encuentros esporádicos, aquel tira y afloje que tenían no era suficiente. Enzo no quería ser algo de unos días, de algún encuentro casual para aquellas fechas de convocatoria nacional, pero no podía hacer más que aceptar lo poco que podía tener. A veces creía que era mejor que nada, aunque otras no estaba tan seguro.
—Por ahí me tengo que mudar a Madrid —le había dicho más de una vez a Julián cuando estaban juntos en España.
Y el castaño lo miraba como si realmente lo quisiera, como si la cercanía fuera a cambiar algo que no había cambiado en tanto tiempo. Enzo lo había seguido a Inglaterra con aquella misma esperanza. Lo hubiese seguido hasta el fin del mundo si le prometía que las cosas entre los dos iban a ser de otra forma.
—Imaginate si terminamos jugando de nuevo en el mismo club —le había dicho Julián, con la emoción filtrándose ligeramente en su voz—. Si no necesitamos más tomar un avión para vernos en cualquier momento, si podemos vernos todos los días…
Enzo sabía que no tenía derecho a ilusionarse con aquellas palabras, que el cordobés no lo decía con malas o segundas intenciones. ¿Pero cómo podía no ilusionarse si se lo decía así, si se le iluminaban los ojos cada vez que hablaba de la posibilidad de estar a un breve viaje en auto de distancia? El morocho soñaba con eso, incluso si implicaba jugar en el equipo rival y no junto a él. Aquello aplicaba a tantos aspectos de su vida en lo que refería a Julián. Estar con él, sin importar las condiciones, parecía ser algo que nunca iba a cambiar.
—¿Te gustaría que me mude acá? —había presionado Enzo, sabiendo la respuesta, queriendo simplemente escucharlo.
—¿Cómo no voy a querer que te mudes acá?, ¿vos sos loco? —le había dicho el cordobés, acariciándole suavemente la mejilla y con aquella sonrisa que solamente tenía para él.
—Por ahí preferís que esté lejos —había insistido el morocho mirándolo a los ojos, en aquel impulso infantil de que le dijera lo que pensaba, de que le dijera todas aquellas cosas que Enzo sabía pero igualmente siempre quería volver a oír.
—¿En qué universo podés creer que quiero que estés lejos mío, eh? —había sido la pregunta retórica en respuesta, con aquella mirada cálida que Julián siempre tenía para él—. Aunque te voy a tener todo el tiempo acá tratando de ganarme al PES, no sé si me conviene ahora que vengo invicto —había murmurado luego, con la sombra de una sonrisa, con los chistes entre ambos, los comentarios con doble intención, aquellas cosas que alivianaban siempre la tensión entre los dos.
Julián lo había abrazado después de aquella broma, escondiéndose en el hueco de su cuello como hacía siempre, cubriéndolo todo con su perfume cuando Enzo se ocultaba entre su pelo, cuando los pensamientos se perdían y las cosas simplemente estaban bien. Cuando estaban juntos todo estaba tan bien, al punto que Enzo se olvidaba de los reproches que tenía guardados en el fondo del pecho. Y el morocho se contentaba siempre con aquellas pequeñas cosas, con saber que era el único, incluso cuando no podía presumir del título en voz alta. Enzo era medio corto y no entendía ni pensaba mucho sobre universos y otras realidades, pero le gustaba creer que en alguna de ellas las cosas eran distintas. No porque Julián no lo quisiera cerca de él, sino porque lo quisiera tan cerca que nunca lo hubiese dejado irse de nuevo a los brazos de alguien más.
Cuando todos esos pensamientos se agolpaban en su cabeza volviéndolo loco, eran los días que Enzo terminaba con una dieta que nunca rompía, una dieta rigurosa que había roto solamente con alcohol sobre un estómago vacío. Cuando llegaba a su casa y no había nadie, cuando Julián seguía lejos de él, en otro país, se permitía algún desliz. Cuando empezaba a sentir las piernas flojas y la cabeza ligera, tomaba su teléfono y volvía a tirarlo sobre el sillón, sentándose luego junto a él. Sus dedos ardían por escribir, por abrir aquellas conversaciones que se deshacían en bromas y te extraño vacíos, que no cargaban el significado que Enzo deseaba, que estaban llenos de lo que no podía decir. El futbolista se contentaba con releer las charlas repletas de aquella ambigüedad de una relación que nunca habían definido, pero que quedaba siempre clara.
Y a veces Enzo quería cortar lazos con Julián, poner un poco de distancia con el silencio que le permitían los kilómetros entre los dos, pero aquel impulso moría rápidamente. ¿Para qué? Si siempre volvía al mismo lugar. Siempre iba a estar ahí para el cordobés, aunque él no quisiera nada más. Enzo iba a ser lo que Julián quisiera que fuera. Siempre había sido así, siempre iba a ser así. Incluso cuando los compromisos futbolísticos que los obligaban a encontrarse terminaran en algún momento, él siempre iba a estar. Alejarse no era una opción. Nunca lo había sido, aún cuando más de una vez lo había intentado.
Enzo le había contado a Julián su plan de recuperar a su familia. Había sido la única alternativa que había encontrado. ¿Para qué iba a romper aquella unión si no había nada por lo que hacerlo? Enzo era feliz, tenía la vida que cualquiera hubiese querido. Quería a Valentina. Amaba con locura a sus hijos y, si era racional, parecía lo más lógico hacerlo por ellos también.
—Qué bueno, me alegro por ustedes dos y por los chicos —le había dicho Julián.
—Sabés que no quiero a nadie más que a vos.
Lo había escrito y borrado tantas veces que ya había perdido la cuenta, que estaba seguro que sus dedos ya estaban marcados en aquellos espacios del teléfono. Enzo había esperado tanto algo más, que la respuesta de Julián parecía incompleta. Aquellas réplicas cordiales y correctas lo hacían siempre querer decir alguna otra cosa, escribir algo más. Quería preguntarle por qué, quería decirle la verdadera razón de todo, incluso cuando estaba seguro que el cordobés ya lo sabía. Quería escribirle algo hiriente incluso, si aquello generaba algún tipo de reacción real. Si conseguía que Julian finalmente le dijera que lo quería para él, que no quería verlo con nadie más.
Pero Enzo nunca había podido mandar nada. ¿Para qué complicar las cosas si ya estaba todo dicho? Si, aún cuando no se habían dicho nada, no había nada más que decir.
Cuando tenía días así y tomaba un poco, Enzo siempre pensaba en el espacio, en la angustia de aquella distancia. Por momentos, lo inundaba una desesperación que creía que podía atravesarlo de lado a lado, que lo dejaba paralizado. Se preguntaba si Julián también estaba pensando en él, si también le quemaba el pecho como si fuera algo lógico, como si fuera su culpa que no saliera de su cabeza. Se permitía dejar que los recuerdos inundaran su mente por completo, con todas aquellas cosas en la que creía que no debía pensar mucho, que se sentían como si pudiera comenzar a anhelarlas con más ganas si las pensaba demasiado. Todos esos deseos que escondía detrás de una sonrisa, de una carcajada, de una naturalidad que a veces sentía fingida. Esa pequeña forma en la que su corazón se aceleraba cuando veía sus notificaciones, sus comentarios en las fotos, como si fuera un nene inexperto, un tonto enamorado. Por algunos instantes, ocasionalmente, se permitía sentirlo todo.
Porque no quería a nadie más.
¿Pero qué se suponía que podía hacer cuando la única persona a la que quería era a la que no podía tener?
Enzo dejaba que aquellos pensamientos siguieran su curso sólo cuando Julián volvía a él, cuando podía sentir algo de él en medio de su vida. Cuando algo tan simple como su risa, su perfume, sus palabras se cruzaban en su día a día y volvían a meterlo dentro de ese ciclo de y si que siempre terminaba en nada, Enzo se permitía pensar en él así. Por unos momentos, dejaba que aquellos pensamientos sinceros pero destructivos lo ocuparan todo.
Faltaban solamente un par de semanas para volver a verlo, para volver a cuestionarse todo con solamente oler su perfume, sentir su risa o mirarlo a los ojos. Enzo no sabía si estaba preparado pero, en aquellos momentos de fugaz honestidad, sabía que no había nada que deseara más que tener a Julián de nuevo a su lado. Incluso si era solamente para tener que volver a despedirse, pocos días después, y regresar a su vida perfecta, donde tenía todo menos a él.
