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Shivers

Summary:

Julián se entera que Enzo finalmente decide volver con Valentina. Ya lo imaginaba. Era inevitable. Así como también lo era que le doliera tanto.

Notes:

Disclaimer: es todo ficción, pero en mi mente es canon.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Era un domingo inusualmente frío en Madrid. 

Julián había salido a correr aunque era una noche helada, ese frío que te cala hasta los huesos. No era el clima para hacer deporte sino más bien para estar acurrucado en un sillón, con una manta en las piernas y un té caliente entre las manos. Había empezado a llover, al principio de una forma casi imperceptible, pero con mayor intensidad con el paso de los minutos. 

Era tarde, por lo que el barrio de La Moraleja se encontraba increíblemente tranquilo, casi como la escena de una película post-apocalíptica. El único ruido que Julián podía escuchar era el de la lluvia, el de las suelas de sus zapatillas contra el pavimento húmedo, el de su respiración agitada. Aunque tenía los auriculares puestos, la lista de reproducción había terminado hacía ya un rato largo. El futbolista del Atlético Madrid seguía corriendo como si la ruta fuera interminable. Las casas seguían pasando a su lado como manchas borrosas y monótonas. Sus pensamientos seguían persiguiéndose en círculos entre sí, volviendo siempre al mismo lugar. Los minutos se sucedían uno tras otro de forma intrascendente. La lluvia le había mojado ya la ropa, mezclándose con el sudor, confundiéndose con su propia piel. 

Las palabras de Enzo se habían repetido en su cabeza por días. 

Voy a volver con Valentina. 

Julián había creído que era el final inevitable, incluso desde antes de que el morocho se lo dijera. En su cabeza, había tenido todo el sentido del mundo cuando el futbolista del Chelsea se lo había contado. Enzo se había separado y, en el fondo, Julián sabía que había sido con la esperanza de que algo cambiara entre ellos dos. El cordobés podía ser un poco inocente a veces, distraído incluso, pero no era tan tonto. 

Un año atrás, cuando Julián todavía estaba viviendo en Manchester y Emilia estaba en Argentina, Enzo se lo había confesado. Se acordaba como si hubiese sido ayer, con una nitidez que a veces lo asustaba. Entre risas e historias en el sillón de su casa, entre todas esas cosas de las que hablaban cuando por fin podían verse cara a cara, el morocho le había contado que no estaba seguro de querer seguir con su pareja de hacía años y la madre de sus hijos. La confesión lo había tomado a Julián por sorpresa, pero aquella escena no había abandonado su mente desde aquel entonces. En su cabeza, el cordobés no había dejado de imaginar todas las formas en las que podía haber contestado a aquella noticia. No había dejado de pensar en todo lo que podría haber dicho para cambiar las cosas. 

La mano de Enzo había rozado la suya y Julián había sentido un profundo escalofrío, que nada había tenido que ver con la gélida noche del invierno inglés o la calefacción eligiendo uno de los días más fríos del año para dejar de funcionar. El cordobés tenía aquella sensación grabada en la piel, incluso un año después. Los dos habían compartido una mirada, de esas que podían decir muchísimo más que cientos de palabras entre ellos. En aquel momento, Julián realmente había creído que tenía la fuerza y la voluntad para que las cosas cambiaran, pero no lo había dicho. Nunca había dicho nada.  

Aquella noche en el Reino Unido, Enzo y Julián habían terminado en un hotel en las afueras de la ciudad, cuando el frío de la casa del cordobés parecía amenazar con congelarlos mientras dormían. Aunque no había parecido una idea muy lógica salir a aquellas horas de la noche, estaba haciendo tanto frío que incluso en la calle se estaba mejor que adentro de la casa. La fina llovizna, que era una constante de Manchester, los había acompañado a ambos por la oscura noche inglesa. Aunque habían intentado no llamar la atención, Julián había dudado que alguien estuviera en la calle con aquel frío a esas horas sin estar bajo la influencia de alguna sustancia. Nadie los iba a recordar, incluso si los veían y sabían quiénes eran.  

Cuando los dos habían llegado a un cuarto genérico de una cadena de hoteles en las afueras de la ciudad, Enzo había corrido a encender la ducha mientras Julián subía la calefacción. Hacía tanto frío que ambos estaban tiritando, pero no habían podido dejar de sonreír ante el absurdo de todo. Los dos jóvenes se habían sacado la ropa, metiéndose a los golpes abajo de la ducha para ver quién podía acaparar mayor parte del spray primero, con el agua saliendo más caliente de lo recomendable para cualquier ser humano. El baño pronto se había llenado de vapor y el frío de la calle había quedado momentáneamente olvidado en aquel cuarto de hotel. 

—Dale, movete que estoy cagado de frío —le había dicho Enzo, empujándolo suavemente pero tomándolo por el otro brazo para que no se resbalara—. Sos el peor anfitrión del mundo. 

Julián se había reído cuando sus rostros habían quedado bajo el agua pero Enzo seguía empujándolo contra la pared para poder ganar más espacio en el cubículo de la ducha, que no era lo suficientemente amplio para que estuvieran cómodos los dos. 

—¿Y yo qué culpa tengo ahora del frío que hace en esta ciudad de mierda? —le había dicho Julián, volviendo a empujarlo, quedando los dos a escasos centímetros del otro, sus frentes casi pegadas. 

Enzo se había reído, esa risa que era solamente para él, y le había dado un rápido beso en la mejilla, casi en la comisura de la boca. La pelea por la ducha en sí realmente había dejado de importar hacía rato. 

—Solamente por vos puedo venir hasta acá —le había dicho el más chico, cerrando los ojos mientras el agua le pegaba en la cara y el pelo se le adhería a la frente, sin dejar de sonreír—. Es una bosta esta ciudad. 

Aunque habían sacado un cuarto con dos camas separadas, Enzo y Julián habían terminado por compartir la cama individual, como tantas veces habían hecho ya en sus años juntos. Habían visto un partido de River hasta altas horas de la madrugada, desde un enlace de dudosa procedencia, y habían gritado tanto los goles que les habían tocado la puerta para pedirles que bajaran la voz. Habían terminado riéndose histéricamente por la vergonzosa situación hasta que les había dolido la panza. Habrían terminado abrazados, como siempre, como nunca, como todas esas veces que conseguían escaparse una o dos noches de la realidad. 

Los dos se habían acurrucado sobre la cama que inicialmente había ocupado Enzo, Julián con la cabeza en el pecho del más alto y un brazo sobre su cintura. En el exterior había una quietud absoluta, ese silencio helado del invierno pasada la medianoche en las afueras de la ciudad industrial. Hacía calor en el hotel, pero aún así estaban tapados. Sus cuerpos todavía se estaban recuperando del frío que habían pasado, como la excusa perfecta para mantenerse el uno junto al otro, para no soltarse bajo ningún punto de vista. Probablemente iban a terminar con una gripe, pero a ninguno de los dos lo tenía muy preocupado en aquellos momentos. 

—¿Por qué te querés separar? —le había dicho el castaño, rompiendo la quietud en un delicado susurro pero sin separarse de su pecho, volviendo a la conversación que habían tenido antes.

Enzo no le había contestado inmediatamente y el corazón de Julián había empezado a latir un poco más rápido, ilusionándose tontamente con la posible respuesta. El futbolista del Chelsea no era tan ingenuo como para creer que Julián no tenía una razón para hacer esa pregunta, aunque tampoco iba a poner toda la carga sobre él. Enzo nunca lo hacía. 

—Porque no estoy enamorado de Valentina —le había dicho con voz ronca, con sus ojos todavía fijos en el techo y su brazo alrededor de sus hombros. Los dos parecían estar congelados en aquella posición, tan quietos como la calle afuera—. No quiero estar más con alguien si no estoy enamorado. 

Había habido un extraño silencio entre los dos, de esos que parecen tener palabras ocultas en ellos, palabras que pueden escucharse claramente. Era el tipo de privacidad que compartían, donde siempre había cosas que no se decían porque no hacía falta. O quizás eso creía Julián, que a veces daba por sentado que Enzo sabía exactamente lo que pasaba por su cabeza. Tanto así, que muchas veces se olvidaba de decir las cosas que sentía. Demasiadas veces, quizás.  

Enzo nunca le había hecho demandas. Siempre lo había dejado tomar sus decisiones, siempre había estado ahí con él y para él, pero sin exigirle nada. Julián era consciente de lo increíblemente egoísta que era desear que Enzo hubiese sido un poco más demandante con él. A veces deseaba tanto que su compañero lo hubiese obligado a mandar todo a la mierda alguna vez. Pero nunca había sido ese el tipo de relación que tenían. El morocho sentía un profundo respeto por Julián y sus decisiones, de la misma forma que el chico de Calchín aceptaba lo que el otro había elegido para su propia vida desde que era un adolescente.  

El recuerdo de aquella noche en Manchester parecía algo irreal para el cordobés, algo que había pasado casi en otra vida. Enzo iba a volver con Valentina, pero no se había sentido real hasta que realmente había pasado. 

Qué bueno, me alegro por ustedes dos y por los chicos —había sido la respuesta de Julián aquella mañana de febrero, antes de que la noticia se hiciera pública, pensando en cómo las cosas habían cambiado en el transcurso de un año.  

El castaño había visto las fotos de los dos en Roma, que Enzo había compartido sólo entre sus mejores amigos de Instagram. Había visto las fotos que había subido Valentina para el catorce de febrero, un día después, echándole a todos en cara que las cosas entre ellos estaban bien. Julián estaba feliz por ellos, estaba feliz por el esfuerzo que estaban haciendo para que Olivia y Benjamin crecieran en una familia consolidada. Julián estaba feliz, aunque sus ojos estuvieran vidriosos mientras seguía corriendo por las calles del tranquilo barrio madrileño. 

Enzo tenía hijos. Enzo tenía una familia y Julián nunca se había querido meter entre ellos. Había una diferencia abismal entre la vida de los dos, algo que el morocho a veces no parecía ver —o no quería ver. Julián a veces envidiaba la forma de ser que tenía el más chico. A veces pensaba que, si hubiese sido un poco más como él, quizás las cosas entre los dos hubiesen sido de otra forma. 

El castaño siguió corriendo, un poco más rápido que antes, con una velocidad innecesaria para un trote nocturno por el barrio. La lluvia seguía cayendo con la misma intensidad. Su cuerpo se sentía inusualmente pesado. El silencio comenzaba a ser ensordecedor. 

En un mundo ideal, Julián hubiese hecho algo, hubiese sido sincero. En un mundo ideal, no hubiese habido en el medio novias e hijos, problemas y prejuicios. No hubiese habido kilómetros entre ambos, que sólo les permitían darse noticias importantes por mensaje o videollamada. En el mundo que Julián se había imaginado toda su vida, Enzo y él eran siempre ellos dos contra todo. Juntos.

En ese impulso masoquista que uno suele tener a veces cuando ya está tirado en el piso, Julián se preguntó si Enzo estaría de nuevo enamorado de Valentina. Se preguntó si había logrado volver a amarla como antes, o si simplemente se había conformado con estar con alguien a quien quería mucho pero no amaba, si habían seguido juntos por el bien de sus hijos. Julián no se sentía con el derecho a preguntarle pero sinceramente deseaba que Enzo hubiese encontrado lo que había estado buscando. El cordobés siempre le iba a desear todo lo mejor del mundo, incluso si no era para compartirlo con él. 

La relación entre ellos finalmente había vuelto a ser lo que había sido siempre. Iban a volver a ser esos dos mejores amigos que se encontraban sólo ocasionalmente, que pretendían que el mundo no existía por un par de días, que volvían a sus familias como si nada hubiese sucedido. Julián estaba bien con eso. Había estado muchos años bien con eso. Nada tenía por qué cambiar después de tanto tiempo.  

El futbolista se detuvo de golpe en el medio de la vereda, apoyando las palmas de las manos sobre sus rodillas. Respirando elaboradamente, sintió su cuerpo mojado agitándose por los escalofríos. No se había dado cuenta que tenía lágrimas en sus mejillas, pero el agua se encargó de llevárselas rápidamente. Sus hombros comenzaron a sacudirse con suavidad, con el peso de sus pensamientos haciendo que sus piernas se volvieran difíciles de mover. Cerró brevemente los ojos y dejó que las lágrimas fluyeran por un momento, lágrimas que no tardaron en transformarse en violentos sollozos que lo obligaron a tomar grandes bocanadas de aire. Todavía inclinado, se llevó la parte de atrás de una de sus manos a la boca, intentando mantener el silencio de la desierta calle a pesar del llanto. 

Aunque nunca había pasado, se había sentido como una ruptura. Se había sentido como un inevitable abandono, uno que Julián había esperado pero que no sabía que iba a dolerle tanto. 

Era un domingo inusualmente frío en Madrid. Era un frío peor que el que Julián había sentido en las calles de Manchester el invierno anterior, cuando había tenido la esperanza de que algo cambiara. Cuando Enzo había estado con su cálido cuerpo junto a él, diciéndole todo lo que había querido escuchar por años, y Julián había sido demasiado cobarde para hacer algo al respecto. 

Notes:

Estoy en mi Angst Era pero haciendo puchero mientras termino de escribir. La canción del título es esta https://youtu.be/dgeS8SkK-FA. Yo me quedé en este video hace tres años y nunca, nunca más volví.

Espero que les haya gustado. Perdón si hay algún error, estoy en cama y medio miope. Extrañaba escribir OS, así que seguro estaré seguido por acá. Necesito que nos den un poco de material nada más 🧡

Nos leemos pronto!
MrsVs.

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