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El olor a huevos fritos llenaba la cocina de Elliott, donde Diego parecía el maníaco que era al pasearse mientras hacía gestos exagerados con sus brazos. Cinco observaba a sus hermanos desde el marco de la puerta, sus dedos temblaban el rededor del mango de la taza, y temblaba ligeramente de un frío que solo él podía sentir a pesar de tener encima las varias capas del uniforme de la Academia. Y claro, sumándole el entumecimiento que sentía en sus extremidades, y las heridas que cubrían su joven cuerpo, no le daban mucha libertad de moverse.
Entonces optó por quedarse quieto y escuchar.
—No, no lo entiendo. Me siguen todo el tiempo.
— ¿Quiénes? —preguntó Luther sin desviar su atención de la sartén.
—Esos holandeses sociópatas.
—Son suecos, idiota. Sicarios. Es claro que les pagaron, para matarnos y asegurarse de que no causemos daño en esta línea de tiempo —. Trato de mantener su voz estable, aunque había un ligero temblor al pronunciar cada palabra. Diego, por supuesto, lo notó, pero dado a que su hermano menor-pero-mayor estaba pasando por la pubertad por segunda vez, tal vez eran solo las hormonas atacando sus cuerdas vocales.
—¿Y por qué ahora ?
—¿Sabes? Estuve bien tres meses antes de tu aparición —. Dijo Diego mientras su rostro se contorsionaba de frustración, chasqueando los dedos como para enfatizar sus palabras.
—Si, yo estuve aquí un año sin que se metieran conmigo —. Su gemelo añadió, despegando su vista de su comida para dirigirse a ver a Cinco con el ceño fruncido. Diego extendió los brazos en victoria cuando Luther se puso de su lado.
Pero la mirada de Cinco se pasaba en la sartén rebosante. El aroma y la vista de la comida eran suficientes para que su estómago se retorciera y emitiera un pequeño rugido.
—Aunque fuera mi culpa, cosa que no es, solo tenemos seis días antes del fin del mundo. Y lo más cerca que alguno de nosotros estuvo de papá fue en el consulado.
—Bueno... Eso no es del todo cierto.
Diego y Cinco intercambiaron una mirada antes de dirigirse a Luther.
—¿De qué hablas? —preguntó Cinco, dando un paso adelante.
—Yo lo ví.
Luther terminó de cocinar, sirviéndose una basta porción de huevos en un tazón, y sentándose en la pequeña mesa mientras relataba un detalle su pequeño, inútil y humillante encuentro con Reginald en donde se suponía era la Academia.
—Qué patético...
—Si, bueno... Al menos no me pateó el trasero.
—No, hermano, te pateó el corazón.
Cinco presenció las familiares dinámicas entre Diego y Luther, aunque mitad de su atención estaba parcialmente enfocada en el vacío de su estómago y el plato lleno de comida. Una mueca apareciendo en su rostro por unos segundos cuando su estómago volvió a retorcerse, y las náuseas que había tratado de ignorar aumentaron.
—Esa es mi bata? — Entró Elliott a la habitación, rompiendo el momentáneo silencio.
—Eh... No.
—Oigan, no me interesa lo que papá pateó; él sabe sobre viajes en el tiempo.
—Ah... ¿Por qué no haces eso que tú haces y nos transportas en el tiempo? —Elliott volvió a abrir la boca, pareciendo en todo caso incluso entretenido.
Cinco suspiro, y los segundos de silencio sucumbieron ante el sonido rugido que emanaba del abdomen del chico. Cinco se levantó de su silla, dirigiéndose a la jarra de café en la mesa de la cocina.
—¿Alguien quiere explicárselo?
—La primera vez, el idiota se quedó varado en el apocalipsis—. Explicó Luther con expresión cansada, aún masticando un bocado de huevos.
—La segunda vez, acabó sin vello en las pelotas-
Diego se calló al instante en que vio que a Cinco se le resbalaba la taza de la mano y caía al suelo, haciéndose añicos en las baldosas, y temblaba...
—¿Cinco? ¿Estás bien? —preguntó con evidente preocupación en su tono, olvidando su frustración por completo. Se levantó y se acercó a su hermano. Luther abandonó su comida y también se levantó. Elliott solo observaba con curiosidad, aunque también había algo de preocupación en sus ojos.
—No... No puedo sentir... Mis manos, n-ni mis pies...—. Soltó las palabras con un último aliento, su voz sonaba ronca y temblorosa. Y antes de que alguien más pudiera reaccionar. Cinco calló al piso como si estuviera en cámara lenta. Diego corrió a su lado y sujetó el pequeño cuerpo de su hermano, —¿Qué es lo qué le pasa? —. Susurró más para sí mismo. Entonces recordó el momento en que Cinco había colapsado en el ático de Harold Jenkins en 2019... No iba a correr el mismo riesgo otra vez.
Rápidamente llevó a Cinco al sofá, notando lo delgado y ligero que era - más ligero de lo que debería ser. Su corazón dió un vuelco al ver a su hermano en él sillón; pálido, pequeño, cansado... No importaba que el gremlin tuviese 58 años, seguía siendo su hermano . Y Cinco claramente no estaba bien.
Elliott sacó un kit de primeros auxilios y Luther parecía verdaderamente asustado por su gemelo. Sin perder un segundo Diego le quitó la chaqueta y el chaleco, la camisa estaba algo manchada de sangre y suciedad, pero no parecía haber algún sangrado evidente.
Retiró la camisa, y la vista lo dejo impactado...
El chico estaba más delgado de lo que recordaban - sus costillas se marcaban en la piel de forma desagradable, los huesos de sus caderas más prominentes de lo que deberían, y el estómago se le estaba hundiendo... Eso sin contar que el cuerpo del chico se había vuelto en un lienzo lleno de moretones que iban en varios degradados de amarillo y morado, rasguños, cortes, y lo más impactante; los puntos de una herida de bala. una herida que sin duda reconoció.
Se quedó en shock por unos segundos antes de reaccionar al quejido que salió de la boca del número Cinco.
—Cinco... ¿Puedes oírme? ¿Sabes dónde estás? —preguntó Luther que estaba tan preocupado como Diego, su mirada recorría las varias heridas que marcaban el cuerpo de su hermano.
Cinco soltó otro gemido involuntario, su garganta sintiéndose tan seca como el Sahara, y tan irritada como si se hubiera tragado un cactus. Trató de sentarse, mala idea, su visión se volvió negra por unos instantes. Sentía que la cabeza le hiba a explotar, y se esforzó por tragarse la bilis que amenazaba con subirle por el esófago.
—¿Cinco? ¿Cómo te sientes? —trató de nuevo Luther con cautela, notando que Cinco parecía enfermo, y como parecía que empeoraba al minuto.
—Parece que me han descubierto... —dijo Cinco al darse cuenta de que solo tenía la camiseta desabrochada como capa protectora, incluso si revelaba demasiado sobre lo delgado que se había puesto, y los horribles moretones, heridas y marcas de pelea. Trato de cerrarse la camisa tan rápido como podía, pero era difícil con el hormigueo en sus extremidades y su debilidad en general.
Hubo un incómodo momento de silencio mientras trataba de cubrirse, aunque solo logró que Diego le diera un suave empujón para que volviera a recostarse.
Su estómago se volvió a rugir, y Cinco se estremeció ante el dolor en su abdomen. <<que alguien me traiga un maldito sándwich o algo>>
—tranquilo, ¿Está bien? — Diego trato de mantener quieto y consciente mientras empezaba a tratar sus heridas. Cinco se volvió a tensar, pero está vez de dolor cuando Diego limpiaba, desinfectaba, aplicaba ungüento y vendaba o parchaba cada una de sus heridas.
Perdieron el pasaje del tiempo mientras Diego atendía a su hermano con impresionante delicadeza y cuidado.
—muy bien... ¿Cómo estás? ¿Te sientes algo mejor? —insistió al ayudar a Cinco a sentarse en el sillón, teniendo cuidado de no lastimarlo más cuando le ayudaba a cambiarse de ropa - una camiseta y pantalones prestados de Elliott mientras se lavaba su uniforme.
—Si... Ahora mismo solo quiero algo de comer... —se incorporó lentamente en el sillón. Justo entonces, Cinco sintió un fuerte calambre en el estómago, y se encorvo, maldiciendo ante la repentina y fuerte oleada de hambre que hacía que sintiera vértigo.
Elliott rápidamente se acercó a un cubo en caso de que vomitará, y Cinco casi se hubiera reído de las expresiones de cautela de sus hermanos de no ser porque se moría de hambre.
el hambre no era ajena para Cinco, al estar atrapado en un mundo post apocalíptico en ruinas y llamas; la comida era escasa. Y Cinco se arriesgó más de una vez a quedarse atrapado en escombros, caerse de alturas aterradoras, fracturarse, o incluso incrustarse alguna barra de metal solo para conseguir una lata extra de comida.
Y llegó un momento donde el hambre se volvió su constante compañera a parte de Dolores. Como una distracción o una simple incomodidad de fondo. Se acostumbra a sentirse vacío y con hambre todo el tiempo, a nunca tener lo suficiente para saciar el vacío en su pecho y estómago.
A Cinco le impresionó un poco sentir esa clase de hambre. No había creído volver a sentir esa clase de vacío desde que La Encargada lo sacó de él apocalipsis. Pero ahora no podía concentrarse en algo más que el vacío que le corroía las entrañas.
—Si, supongo que eso es estar bien para ti —habló Luther aunque no había verdadero veneno en su voz.
—Estoy bien, idiotas... Tengo hambre. Mucha. No he comido en... En... ¡En por mucho tiempo que haya pasado! —Cinco soltó, aunque su estómago seguía prestando contra el vacío en su interior. Se sentía incómodo, sus ojos húmedos ahora.
Diego y Luther intercambiaron miradas, discutiendo silenciosamente que hacer a continuación. Los Hargreeves nunca fueron buenos con las emociones. Diego se aclaró la garganta, incómodo.
—Sabes... Queremos ayudarte, Cinco... Se que nunca hemos sido los mejores hermanos, y que realmente no somos la familia más ordinaria. Pero... En verdad te extrañamos, solo que no lo supimos demostrar correctamente. Eres nuestro hermano, y te amamos después de todo. Te vamos a cuidar...
Está vez las lágrimas salieron más rápido de lo que a Cinco le hubiera gustado. Soltó un pequeño sollozó. Diego se sentó a su lado y posó una mano sobre su espalda.
Los músculos en la espalda de Cinco se contrajeron, pero luego se relajó y se recargó levemente contra Diego, que en respuesta lo atrajo cerca, pasándole el brazo sobre los hombros temblorosos. Cinco rara vez había llorado de niño, e incluso que le temblará la voz o se le humedecieran los ojos era de rara ocasión. Así que verlo llorar sin ningún filtro o vacilación era algo... Preocupante o alarmante incluso, eso por decir lo menos.
—Oye... Está bien... Puedes sacarlo....
Cinco no pudo parar las lágrimas a tiempo, y siguieron cayendo como pequeñas cascadas.
—Guau... Entonces los extraterrestres del futuro también se enferman y sufren los efectos de la hambruna prolongada... —comentaba Elliott con un dejado de curiosidad mientras veía a Luther cocinar más huevos y buscar entre los gabinetes por más comida. Al cabo de unos minutos más se acercó a Cinco con plato en mano, cuyas lágrimas se secaban en sus pálidas mejillas.
Cinco prácticamente se abalanzó sobre la comida: era simple, huevos y un plátano. Pero no podía ser selectivo ahora. Y no podía quejarse cuando su estómago por fin se llenaba, incluso si quería darle un puñetazo en la cara a Diego por como lo miraba con esa pequeña sonrisa de rana.
—Sabes, Cinco... —empezó Luther —. Solo hubieras dicho que tenías hambre, y que necesitabas respirar un poco... Escucha, desde niño fuí un imbécil con todos ustedes. Supongo que papá me manipuló lo bastante bien como para siempre pensar en ser el Número 1, y como para olvidar que ustedes son mis hermanos, y lo único que tengo en realidad...
—Ves? Sabía que eras más sensible debajo de todos esos kilos de músculos, Spaceboy.
—Bueno, al menos yo no lloraba cuando papá me decía que no era suficiente y que siempre sería el Número 2.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Diego, Luther suspiro y Cinco ya buscaba por algo más que comer, luciendo algo mejor después de que sus heridas fueron tratadas y tenía comida en su sistema. Aunque seguía escuchando a cada palabra de sus hermanos.
—Vaya, si que somos unos idiotas... —dijo con la boca llena de pan y crema de cacahuate —. Pero supongo que seguimos siendo una familia. Una muy extraña si me lo preguntas. Y déjenme decirles, aunque papá nos haya manipulado y roto de distintas formas, al menos dense algo de crédito por haber sobrevivido por ustedes solos...
—Guau, no creí que el gran Cinco tenía sentimientos... —. Comentó Diego, algo impresionado pero tratando de ocultarlo.
—Cállate o voy a considerar seguir los pasos de papá y clavarte tu propio cuchillo.
—Yo si quisiera ver eso —habló Elliott, que todo esté tiempo los había estado observando como si fuera un reality show de calidad.
—No, no quieres... Es como un chihuahua enojado y drogado en cafeína.
—Está bien, pero ya en serio, Cinco. Siempre hemos sido siete, cuando huiste y los números se descompletaron... Nos destrozaste. Solo no queremos perderte de nuevo...
Los ojos verdes de Cinco se llenaron de lágrimas de nuevo, y tuvo que morderse el labios para no volver a romper en sollozos. Odiaba recordar lo frágil y roto que en verdad era en el interior...
—Los extrañé mucho a todos... Mi única razón de por qué seguir adelante por tantos años era por ustedes, idiotas. Mis idiotas. Bueno... Retomando el tema. Tal vez deberíamos de volver a reunirnos con la Academia Umbrella.
—Claro... Una reunión familiar.
Y con eso Cinco desapareció en un zumbido de energía azul, curado, alimentado, y sintiéndose más ligero desde que regresó.
