Chapter Text
"Nunca creí en las historias de fantasía: criaturas mágicas, dragones como en los cuentos que solía leer, otros universos... esas historias donde las aves surcaban los cielos y recorrían el mundo entero con absoluta libertad.
Soy un erizo sencillo, con los sueños normales de cualquier Mobian de mi edad. O al menos eso pensaba."
—¡Sonic!
"Imaginaba que viviría una vida común, aburrida incluso, dejándome arrastrar por las influencias sociales que me tendrían prisionero. Nací como un omega, parte de la baja sociedad. Tuve la suerte de crecer con buenos padres, que me dieron la mejor educación que pudieron, con principios, con amor... Pero al entrar en la adolescencia descubrí la cruda verdad: ser un omega era como llevar una maldición. Una prisión invisible que me ataba al destino impuesto de una pareja designada. Creí que todo estaba sellado cuando conocí a un alfa llamado Silver."
"¿Mi pareja destinada?"
"No fue obligación. Lo nuestro surgió como cualquier relación normal: salimos, nos conocimos, nos enamoramos. Las dos familias nos apoyaron y todo parecía sencillo, prometedor."
—¡Sonic...! ¡Ayúdame!
"Mi vida parecía escrita de antemano: casarme, tener hijos, un hogar. Envejecer junto a él. Morir tranquilo.
Pero estaba equivocado.
Jamás imaginé que todo cambiaría en cuestión de minutos. Todo fue tan rápido, tan irreal, que contarlo suena como una locura. Yo tenía apenas quince años cuando el mundo se precipitó en un abismo infinito. Humanos y Mobians por igual estaban condenados a extinguirse."
—¡Sonic! —gritó Silver, forcejeando para bloquear la puerta de la tienda de mascotas en la que habían quedado atrapados.
—¡¿Q-qué está pasando?!
El erizo azul se encogía detrás del mostrador, con las manos tapándose las orejas sin poder entender que estaba sucediendo. No podía ser verdad. Tenía que ser una pesadilla. El ladrido desesperado de un perro a su lado era lo único claro entre el estruendo y los alaridos que sacudían las calles.
—¡Sonic! —la voz de Silver se quebró al llamarlo— ¡Necesito que me ayudes!
Sonic alzó la mirada y se encontró con los ojos dorados y aterrados de Silver, húmedos de lágrimas. Su mandíbula temblaba de rabia y miedo, mientras se esforzaba por mantener cerrada la puerta.
—¡Despierta! — Exclamó.
Sonic reaccionó al fin. Tomó un garrote de hierro y juntos lograron atrancar la puerta metálica. No bastaba, Silver lo sabía. Él también lo sabía. Era cuestión de tiempo antes de que cediera y esas cosas... Mobians que ya no eran Mobians... irrumpieran.
Empujó una estantería contra la entrada y Silver lo ayudó a reforzarla. Ambos jadeaban, con las manos temblorosas aferradas a sus improvisadas armas.
—¿Q-qué vamos a hacer, Silver? —balbuceó Sonic, viendo cómo la puerta vibraba bajo los embates de fuera.
—No lo sé… —la voz del erizo plateado era tensa, pero firme.— Pero escúchame, no voy a dejar que te pase nada. ¿Está bien?
Se acercó y sostuvo el rostro de Sonic entre sus manos, obligándolo a mirarlo. Con el pañuelo que siempre llevaba en el cuello le limpió la sangre y el polvo del pelaje. Sintió alivio al comprobar que no era de él.
—Debemos buscar otra salida. Esa puerta no aguantará.
Sonic asintió en silencio. Prepararon un par de mochilas con lo que encontraron, cargaron al cachorro de pastor alemán que los seguía desde antes y subieron al techo.
Desde allí, la visión era apocalíptica. Las calles ardían en caos: Mobians huyendo sin rumbo, militares disparando sin piedad, autos chocando entre sí, y civiles desgarrándose unos a otros como bestias rabiosas.
Sonic tragó saliva y apartó la mirada. No quería ver más sangre. Era como presenciar una película de terror, solo que el hedor metálico impregnado en su pelaje y el recuerdo de su propio vecino lanzándose sobre él confirmaban que aquello no era ficción.
No. Era real.
Corrían por sus vidas, y el horror apenas comenzaba.
El erizo azul apretó con fuerza la mano de Silver mientras avanzaban sobre los tejados. Intentaba ignorar los gritos, los disparos, las explosiones. Intentaba no pensar.
Y, aun así, en medio del desastre, se aferró a una certeza: la calidez de esa mano firme que sujetaba la suya. Su única prueba de que no estaba solo.
Solo... Era una horrible pesadilla.
