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EL UNIVERSO NO PIDIÓ PERMISO

Summary:

Samuel siempre creyó que lo peor de su vida era ser el chico pobre del salón.

Hasta que empezó a enfermar.

Migrañas, vómitos, hambre constante y una sensibilidad extraña a los sonidos y olores. Los médicos no encuentran nada. Los perros huyen cuando se acerca. Los animales parecen observarlo como si supieran algo que él todavía no comprende.

Mientras intenta descubrir qué está pasando con su cuerpo, Rafael —su amigo de la infancia, el chico perfecto que siempre parece tenerlo todo bajo control— permanece a su lado.

Pero Samuel no sabe que Rafael lleva mucho más tiempo cambiando.

Algunas cosas que la humanidad creía haber olvidado todavía viven dentro de nosotros.

Notes:

Samuel está enfermo.
Los médicos no saben por qué. Los animales parecen saberlo.

Mientras su cuerpo cambia y un hambre que no puede explicar comienza a aparecer, su mejor amigo Rafael guarda un secreto mucho peor.

Porque algunas cosas no deberían despertar.

Y la evolución no siempre olvida.

Chapter 1: Capitulo 1- El niño del jabon

Chapter Text

El sol de la mañana, aún tibio, se colaba entre los barrotes de la escuela "Los Almendros".

El recreo era un hervidero de gritos, risas y mocos mal disimulados. Algunos niños se balanceaban en los columpios como si quisieran alcanzar el cielo de concreto; otros, sentados en el borde de la jardinera, comían sus propios hallazgos nasales con una concentración casi filosófica. Entre todo ese caos, una figura caminaba despacio, como si llevara el peso de un mundo que no había pedido.

Samuel era moreno, de ojos almendrados como dos semillas de tamarindo, y su pelo negro y lacio caía sobre su frente como una cortina que escondía sus pensamientos. Llevaba una mochila negra, gastada en las esquinas, y sus pasos eran tan silenciosos que parecía flotar entre el bullicio. Era nuevo, pero no el único. A su alrededor, otros niños también miraban con cara de mapa sin brújula, tratando de descifrar si aquel colegio sería territorio amigo o campo minado.

Entró al salón como quien entra a una cueva desconocida. El aula olía a tiza, a pegamento y a sueños aplazados. Se sentó en la esquina, junto a la ventana, donde la luz entraba en ángulo y dibujaba cuadriláteros dorados en su pupitre. No habló. Solo observó. La maestra, una señora de lentes redondos y voz cansada, repartió tareas como quien reparte condenas. Pero Samuel no escuchaba; su mente ya estaba en otra parte, en ese espacio donde el lápiz se vuelve extensión del alma.

Amaba las clases de artes. No porque fueran fáciles, sino porque en ellas podía dibujar. Y dibujaba gatos.

Gatos de todos los tamaños, algunos flacos, otros gordos, otros con ojos enormes como lunas. Los gatos, para él, eran animales que entendían el silencio, que no necesitaban explicarse. En sus trazos ponía todo lo que no decía en voz alta: su soledad, su ternura, su rabia contenida.

En el recreo, Samuel abría su lonchera. Pero no era una lonchera cualquiera; era una caja de jabón Axion, limpia y vacía de jabón, pero llena de arroz con huevo que su mamá había preparado con esmero. La botella de plástico, reutilizada hasta el cansancio, contenía jugo de maracuyá. Mientras comía, algunos niños se le acercaban, pero no para compartir.

—Mira, el niño del jabón —decía uno, señalando la caja, y los demás se reían.

Samuel bajaba la mirada y seguía masticando,

como si el arroz pudiera tragarse también las palabras.

Pero lo que más le dolía no era el jabón. Era ella. Isabela. La niña de pelo largo y piel blanca, con una sonrisa que parecía haber sido robada de un cuento de hadas. Para Samuel, ella era un dibujo que no sabía cómo terminar. La miraba desde su esquina, y en su libreta, entre garabatos de gatos, aparecía su perfil una y otra vez. 

Pero... Isabela solo tenía ojos para Rafael.

Rafael, el niño de piel clara, pelo castaño claro y ojos verdes como el musgo de los bosques que Samuel solo había visto en documentales. Era alto, demasiado alto para su edad, y su inteligencia parecía pesar más que su propia espalda. Todas las niñas querían algo con él; Isabela era la más insistente, lo abrazaba por detrás, apoyaba su cabeza en su espalda, pero Rafael solo ladeaba los ojos, como si todo eso fuera un ruido que no merecía su atención.

Samuel, cada vez que escuchaba el nombre de Rafael, sentía como si alguien le apretara el pecho con un puño invisible. En su mente, la lista de insultos crecía como una planta venenosa: "patán de feria", "muñeco de escaparate", "monigote con suerte". A veces, en sus fantasías más oscuras, se imaginaba agarrándolo del cuello hasta que sus ojos verdes pidieran clemencia. Pero luego recordaba que Rafael era más alto, más fuerte, y que probablemente él terminaría en el suelo con la cara llena de polvo.

Así que Samuel solo bufaba, y dibujaba un gato más, con los ojos tristes y las orejas caídas.

Al día siguiente llegó al colegio con los pies arrastrando, como si cada paso fuera un acuerdo a regañadientes con la gravedad. Se sentó en su esquina de siempre y sacó su cuaderno de dibujo, gastado, con manchas de jugo de maracuyá. Tomó su lápiz mordisqueado y empezó: primero, una figura patilarga con una cabeza diminuta —Rafael convertido en mono, con corona de plátanos—; después, los niños que se burlaban de su lonchera, dibujados como cerdos con corbata. Cada trazo era una venganza silenciosa.

Pero cuando llegó a Isabela, su mano cambió. Los trazos se suavizaron. Le dibujó alas traslúcidas, un vestido de luz de luna, una sonrisa apenas un susurro.

—Qué bonito dibujas, Samuel —dijo la maestra, apareciendo detrás de él como un fantasma de tiza.

Samuel no dijo nada. Solo bajó la cabeza y cerró el cuaderno de golpe.

Entonces llegó el momento que más odiaba. La maestra, repartiendo las tareas corregidas, alzó la voz:

—Y Rafael, como siempre, excelente trabajo. Un ejemplo para todos. Nuestro angelito.

Angelito de mierda, pensó Samuel, mordiendo la esquina del cuaderno hasta sentir el papel ceder entre los dientes. Miró a Rafael, que recibía el halago con cara de mármol, como si todo le resbalara. La envidia le ardía como una fiebre que no podía bajar.

El timbre del recreo sonó y el salón explotó. Samuel se levantó con lentitud —él no corría, era más de pasillos vacíos— y caminó por el corredor rozando las paredes con la yema de los dedos. Le gustaba la textura áspera del cemento, el frío que se deslizaba bajo su piel. Cada roce era un saludo silencioso al edificio que lo veía pasar.

Sin saber por qué, sintió una cosquilla en el pecho que lo empujó a moverse. Alzó los brazos como si fuera un avión y corrió por el pasillo dando saltitos, la mochila rebotando en su espalda, una sonrisa tonta asomándose en su cara. Se sintió ligero, libre, invisible.

La libertad duró poco. Se detuvo frente a la puerta del salón —estaba prohibido entrar durante el recreo, la maestra lo había repetido mil veces— pero tenía una curiosidad inquieta: quería revisar su mochila, asegurarse de que sus gatos no se hubieran escapado. Entró despacio, como un ladrón de su propia vida.

Dejó la mochila en su pupitre y empezó a revisar. Todo estaba en orden. Entonces sintió un toque fuerte en el hombro.

Samuel pegó un brinco, gritó, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Cerró los ojos con fuerza, como si al no ver la amenaza fuera a desaparecer. Cuando los abrió, Rafael estaba frente a él, mirándolo con curiosidad, sin ninguna prisa por nada. Sus ojos verdes parpadeaban lento, como los de un gato que ha encontrado algo extraño.

—Tienes un olor curioso —dijo, inclinando la cabeza.

Samuel se quedó helado. No sabía si era un insulto, un cumplido o una burla, así que hizo lo que mejor sabía hacer: ignorarlo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, con la voz temblorosa pero tratando de sonar firme—. Está prohibido entrar en el recreo.

Rafael no respondió. Solo siguió mirándolo, y esa mirada era más incómoda que mil burlas. Samuel sintió un calor extraño en el cuerpo. Bajó la vista y lo vio: un charco pequeño y oscuro se extendía en sus pantalones. Se había orinado encima. Del susto.

La vergüenza le golpeó como una ola de agua hirviendo. Quiso desaparecer, quiso ser uno de sus gatos dibujados para escapar por la ventana. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no las soltó. No delante de él.

—No... no fue nada —murmuró, y su propia voz le dio pena.

Pero Rafael no se rió. No señaló con el dedo. No llamó a los demás. Solo se agachó despacio y extendió una mano.

—Levántate —dijo, sin burla, sin sarcasmo.

Samuel miró esa mano. La misma que Isabela abrazaba, la que todos querían tocar. Sintió un nudo en la garganta.

—No necesito tu ayuda —murmuró, pero el cuerpo no se movió.

Rafael no insistió. Solo dejó la mano ahí, esperando. Samuel odiaba el contacto visual —le daba la sensación de que lo desnudaban por dentro— pero en ese momento no había escape. Levantó la vista apenas un segundo y vio que Rafael no lo juzgaba. Solo lo veía, como se ve a un animal herido en el bosque: con distancia, pero sin crueldad.

Con un movimiento torpe, tomó la mano. Fue un roce rápido, apenas un segundo, pero sintió que era fría y firme. Se puso de pie, con los pantalones mojados y el alma hecha un desastre.

—Gracias —dijo, tan bajito que ni él mismo lo escuchó.

Rafael asintió y, sin decir más, salió del salón.

Samuel se quedó solo, temblando, mirando el charco en el suelo. Y en su cabeza, la lista de insultos que había construido para Rafael empezó a desmoronarse, ladrillo por ladrillo, como un castillo de naipes.

 

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Samuel nunca entendió por qué le gustaba tanto Isabela.

 No era la más inteligente del salón —esa era otra niña, la de las tareas hechas con regla y colores— ni la que mejor jugaba fútbol; de hecho, cuando pateaba un balón parecía pedirle permiso primero. Ni siquiera hablaba mucho con él. Pero cada vez que sonreía, Samuel sentía que el recreo hacía menos ruido, y no sabía explicar esas cosas.

En realidad no la conocía. No sabía cuál era su comida favorita, ni qué programas veía, ni si tenía hermanos. Solo conocía la versión que había inventado dentro de su cabeza: una Isabela amable con todo el mundo, que nunca decía groserías ni se sacaba los mocos. La realidad era otra —tres días antes la había visto perseguir a un niño y acertarle un borrador entre los omóplatos con una puntería envidiable— pero Samuel decidió olvidar ese detalle. Los héroes también tenían malos días.

El recreo seguía siendo el momento más extraño del colegio. Siempre pasaba algo: un niño metiendo una piedra en un hormiguero para ver si "las hormigas sabían karate" (no sabían, pero sí mordían), dos compañeros discutiendo veinte minutos sobre si las palomas eran robots del gobierno sin saber muy bien qué era el gobierno. 

Samuel prefería caminar mientras los demás corrían detrás de un balón, tocando las paredes con las yemas de los dedos. La de tercero era más fría. La de cuarto tenía pequeñas grietas. La del laboratorio era lisa. Nunca entendió por qué le gustaba hacer eso. Simplemente le gustaba. Era como saludar al colegio sin usar palabras.

Sin embargo, hacía unos días había empezado a notar algo raro. Cada vez que levantaba la cabeza, Rafael estaba mirándolo. No siempre. Solo algunas veces. Desde el otro extremo del patio, desde un corredor, desde la cancha. Y cuando sus ojos se encontraban, Samuel era siempre el primero en apartar la mirada.

—¿Qué tanto mira? —murmuró un día, fingiendo revisar una cartelera del sistema solar sin ver un solo planeta, solo esperando que Rafael se aburriera.

Volvió a levantar la cabeza. Ahí seguía. Con esa misma calma, como si estuviera resolviendo un problema de matemáticas.

—Qué raro es ese niño —bufó, y se fue al otro lado del patio.

Cinco minutos después, Rafael seguía ahí. Desde otro lugar. Mirándolo otra vez.

Una pelota le golpeó la espalda.

—¡Perdón! —gritó alguien desde la cancha.

Samuel levantó el pulgar para indicar que seguía vivo, aunque por dentro acababa de perder otros cinco años de esperanza de vida.

Ese mismo día, mientras guardaba sus cuadernos, sintió una presencia detrás de él. Giró. Era Rafael. Otra vez.

—¿Qué...? —preguntó.

Rafael lo observó unos segundos, como organizando las palabras dentro de su cabeza.

—Hoy hueles diferente.

—¿Qué?

—A jabón.

Samuel bajó la mirada hacia sus manos. Su mamá había cambiado de detergente esa semana porque el otro estaba en promoción en el D1. Él ni lo había notado.

—¿Cómo sabes eso?

Rafael se quedó pensando. Tanto que Samuel creyó que ya no iba a responder.

—No sé —dijo al fin, y se fue caminando.

Samuel se quedó inmóvil. Se olió las manos. Nada. Se olió la manga del uniforme. Nada. Hasta olió la correa de la mochila. Seguía sin notar nada distinto.

Un niño pasó por su lado, lo vio oliendo el tirante y preguntó:

—¿Se dañó?

—Estoy haciendo ciencia —respondió Samuel, muy serio.

—Ah —dijo el niño, y siguió caminando, porque a los diez años esa explicación era perfectamente suficiente.

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Samuel comenzó a notar un patrón. No como los de matemáticas, que tenían lógica; este era un patrón raro. Rafael aparecía. Siempre. En todos lados. No lo seguía como un detective de película —era más sutil, como si tuviera un radar que detectaba dónde estaba Samuel y, por casualidad, siempre terminaba cerca.

—¿Qué haces? —preguntó un día, apareciendo detrás de él mientras dibujaba en el suelo del patio con una tiza.

Samuel dio un salto.

—¡¿Qué quieres?!

Rafael se sentó a su lado sin pedir permiso.

—Nada. Solo preguntaba.

—Pues no preguntes —murmuró Samuel, volviendo a su dibujo.

Pero Rafael no se fue. Se quedó mirando el gato flaco, de orejas caídas y expresión de "no me importa nada".

—Tiene cara de triste.

—Los gatos no tienen cara de triste —respondió Samuel, sin levantar la vista—. Tienen cara de gato.

Rafael se quedó callado un momento.

—Mi abuela tiene un gato que se llama Don Pancho. Es gordo y ronca más fuerte que mi papá.

Samuel levantó la cabeza, extrañado.

—¿Por qué me cuentas eso?

—No sé.

Y se quedó ahí, sentado, viendo dibujar a Samuel, sin decir nada más. Samuel sintió una mezcla rara entre incomodidad y algo parecido a compañía. No supo cómo llamarlo. Decidió ignorarlo.

Los días siguientes fueron iguales. Rafael encontraba excusas tontas para acercarse.

—Samuel, ¿tienes un lápiz?

—Samuel, ¿qué hora es?

—Samuel, ¿crees que los elefantes tienen miedo a los ratones?

—¿Por qué me preguntas eso? —dijo Samuel, frunciendo el ceño.

—Vi un documental anoche —respondió Rafael, como si fuera la explicación más normal del mundo.

—¿Y por qué me lo preguntas a mí?

Rafael lo pensó unos segundos.

—No sé.

Esa frase se estaba volviendo su favorita. Samuel empezó a notar que Rafael se metía en cualquier conversación cuando él estaba presente, respondiendo con monosílabos a los demás, pero mirándolo siempre a él cuando hablaba.

Esa noche, en su casa, mientras debía estar haciendo la tarea de ciencias, Samuel dibujó algo distinto: un niño alto, de pelo castaño claro y ojos verdes, mirando por una ventana; abajo, otro más pequeño, moreno, con mochila negra, caminando sin saber que lo observaban. Lo miró un buen rato. Luego lo tapó con un gato. Pero no lo borró.

Una tarde caminaba por los pasillos vacíos con su peluche de Pikachu en la mano —lo llevaba por si acaso, a veces lo necesitaba— cuando dio la vuelta a una esquina y ahí estaba Rafael, parado, como si hubiera estado esperando.

Samuel pegó un grito. No de miedo. De "ya estoy harto".

—¡¿Tú otra vez?! —exclamó, apretando a Pikachu contra el pecho como un escudo.

—Estaba caminando —dijo Rafael, sin moverse.

—¡Estabas espiándome!

—No.

—¡Sí!

—No.

—Rafael, te voy a acusar con la maestra —bufó Samuel, con las mejillas rojas—. Dices que no me sigues, pero siempre estás ahí. En el patio. En el salón. En los pasillos. ¡Hasta en el baño!

—En el baño no.

—¡Una vez sí!

Rafael lo pensó.

—Ah, sí. Pero fue porque yo también necesitaba ir.

—¡Y te quedaste en el lavabo hasta que salí!

Rafael guardó silencio. Y entonces, lentamente, su rostro cambió: los labios se curvaron apenas, los ojos verdes se achicaron. Sonrió. No era burlona. Era tierna, como la de alguien que encuentra un animalito en la calle.

Samuel abrió la boca para seguir gritando, pero la sonrisa lo desarmó.

—¿Qué... qué haces? —preguntó, confundido.

Rafael se acercó un paso.

—Eres gracioso cuando te enojas.

—No soy gracioso —murmuró Samuel, mirando al suelo, las mejillas calientes por otra razón esta vez.

—Sí lo eres.

Y soltó una risa corta, apenas un suspiro. Samuel la escuchó. Y sin saber por qué, también se rió. Un poquito. Pero fue real.

A partir de ese día, Rafael dejó de usar excusas.

—Oye, Samuel, ¿quieres jugar canicas?

Era la primera vez que le ofrecía algo. Samuel se quedó en blanco.

—¿Canicas?

—Sí —dijo, sacando una bolsita de tela de la mochila—. Las traje hoy.

Samuel no era bueno con la puntería, pero Rafael lo miraba con una mezcla de expectativa y algo que no supo identificar.

—Está bien —dijo, sin mucho entusiasmo—. Pero si pierdo, no te rías.

—No me río —dijo Rafael, muy serio.

Mentira. Se rió varias veces —pero no cuando Samuel perdía, sino cuando se concentraba tanto que sacaba la lengua sin darse cuenta, o cuando saltaba de emoción al encestar una canica, o cuando el Pikachu se le caía del bolsillo y lo recogía con toda la dignidad que un niño de diez años puede reunir.

Otros niños se acercaron a ver.

—¡Yo también quiero jugar!

—¡Yo tengo canicas!

Rafael levantó la cabeza, sin cambiar la expresión.

—No. Estamos ocupados.

—Pero hay espacio...

—Dije que no.

No fue grosero. Tampoco agresivo. Fue firme, como si fuera la respuesta más lógica del mundo.

Los niños se fueron murmurando.

Samuel lo vio todo en silencio, sin entender por qué Rafael no quería sumar a nadie más. Pero tampoco preguntó. Solo siguió jugando, y en algún momento, sin darse cuenta, dejó de sentir esa incomodidad que siempre lo acompañaba.

 

Llegó el día del torneo de relevos en Educación Física.

Samuel sintió que el mundo se derrumbaba —siempre era el último en ser elegido, el que quedaba solo porque nadie quería emparejarse con "el niño del jabón"—. Se sentó en la orilla de la cancha, abrazando las rodillas.

—Samuel —dijo Rafael, apareciendo a su lado.

—¿Qué quieres?

—Vamos a ser pareja.

—No quiero.

—Ya sé.

—Entonces...

Y entonces Rafael hizo algo que no esperaba: se inclinó y, con la suavidad de un gato curioso, le lamió la mejilla.

Samuel pegó un salto, limpiándose la cara con la manga como si le hubiera caído ácido.

—¡¿QUÉ HICISTE?! ¡ESTÁS LOCO!

—Ahora eres mi pareja —dijo Rafael, con total seriedad—. Es una tradición. El que lame primero elige.

—¡¿QUÉ TRADICIÓN?! ¡NADIE HACE ESO!

—Yo sí.

Y lo agarró del brazo con firmeza, sin lastimarlo, arrastrándolo hacia la línea de salida mientras Samuel pataleaba, rezongaba e insultaba a Rafael en su cabeza con palabras que jamás diría en voz alta.

El profesor dio el silbatazo. Samuel era torpe, se tropezaba, casi se cae dos veces; en una entrega de testigo el palito se le resbaló y rodó por el suelo. Pero Rafael estaba ahí.

—Tranquilo —le dijo, con esa voz que parecía no conocer el estrés—. Respira.

Samuel respiró. Corrió. No era rápido, pero Rafael no lo presionaba: cuando dudaba, lo animaba; cuando se equivocaba, lo arreglaba. Poco a poco empezó a sentirse seguro, como si Rafael no fuera un enemigo sino un compañero.

Ganaron el torneo. La clase aplaudió, el profesor les dio un 5.0 y, de premio, dos hot dogs. Samuel se los tragó en menos de diez segundos.

—¿Te gustaron? —preguntó Rafael, con una mezcla de sorpresa y diversión.

—Hm —masticó Samuel, como un hámster desesperado.

Rafael sacó una servilleta de su bolsillo y se la ofreció. Samuel la tomó sin mirarlo.

—Gracias —dijo, con la voz un poco más suave.

De pronto, la imagen de Rafael lamiéndole la mejilla volvió como un flash.

—¡Pero no me vuelvas a lamer! —gruñó, frunciendo el ceño.

Por un segundo pareció que Rafael iba a disculparse. En cambio, sonrió.

—No prometo nada.

Samuel abrió la boca para responder algo. Pero se quedó en blanco. Y en su cabeza, por primera vez desde que llegó a esa escuela, la lista de insultos no apareció. Solo quedó el eco de la risa de Rafael, el calor del hot dog en el estómago, y la sensación extraña de que quizás tener un amigo no era tan malo. Aunque ese amigo lamiera caras.

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Hola. 👁️👄👁️ xdddd

Es la primera vez que publico una historia, así que estoy un poquito nerviosa. Gracias por darle una oportunidad a este proyecto. Cualquier comentario o teoría será más que bienvenida.